Ucrania prohíbe salir del país a los hombres de 18 a 60 años
En Ucrania, ningún hombre de entre 18 y 60 años puede cruzar la frontera. La misma soberanía que el país invoca para defenderse de la invasión es la que le sirve para retener contra su voluntad a buena parte de su población masculina. Soberanía nacional y soberanía individual chocan de frente, y no hay salida elegante. La prohibición convirtió una obligación legal en una frontera física que separa a quienes pueden irse de quienes no.
Qué supone la prohibición para los hombres de 18 a 60 años
La norma es de manual. Los varones en edad de servir no pueden abandonar el territorio, y quien lo intenta se expone a ser devuelto en la misma línea fronteriza. No es una medida improvisada ni exclusiva de este conflicto: el reclutamiento obligatorio existe desde la Antigüedad y en casi toda guerra de invasión los Estados cierran la salida a los varones movilizables.
El razonamiento oficial cabe en una frase. Un país que se defiende necesita soldados, y los soldados no aparecen solos. Bajo ese paraguas, el Estado suspende derechos individuales y los subordina a la supervivencia colectiva. Lo llamativo no es la suspensión, sino su precisión quirúrgica: la obligación recae sobre
un tramo de edad concreto y un solo sexo.
Quién se libra de la quinta
En paralelo corre la discusión de las excepciones. Hay quien sostiene que de la obligación se libran quienes tienen dinero, contactos o una posición que el poder necesita. Se menciona a familiares de altos cargos, banqueros y millonarios que, según estas versiones, no habrían recibido la misma presión que un vecino cualquiera. Son afirmaciones que circulan sin verificación y que conviene tratar como lo que son: sospechas sobre un sistema de reclutamiento que casi nunca es homogéneo.
La historia de las levas es la historia de esas grietas. Siempre hay una vía de escape: pagar un sustituto, tener padrino, resultar imprescindible. Si esas vías existen hoy, la cuestión deja de ser la soberanía y pasa a ser la clase. Y ahí no hay ley que valga, porque el que puede pagar siempre encuentra puerta.
Mili obligatoria: la comparación que aparece en España
El asunto se mira desde España con nostalgia y con trampa. Aparece la propuesta de recuperar el servicio militar obligatorio, pero esta vez para hombres y mujeres por igual. La idea tiene defensores y detractores: unos la ven como un reparto justo de las cargas; otros, como el rescate de una institución vieja que ya cumplió su ciclo.
El detalle incómodo es el trato distinto entre sexos. En Ucrania las mujeres pueden salir y los hombres no, lo que reabre la pregunta de si las obligaciones deben repartirse por igual o seguir colgando del mismo lado. En esa misma fecha, ya en plena guerra, el Ministerio de Igualdad anunciaba un plan dotado con
20.319 millones de euros, una cifra que algunos usaron para contrastar prioridades. Que el contraste se hiciera con retintín no lo hace menos real.
Esclavitud o deber: dos marcos para el mismo hecho
La palabra
esclavitud aparece pronto. Una parte considera que un Estado que impide a un adulto salir de su territorio lo trata como propiedad, no como ciudadano. Es la tesis de que la soberanía individual es un derecho irrenunciable que ningún gobierno puede pisotear, ni siquiera en guerra.
La otra tesis es la del deber. Los hombres han ido a las guerras desde el principio de los tiempos, y una sociedad que no se defiende desaparece. Desde este marco, quedarse no es servidumbre sino la condición de la ciudadanía: derechos y deberes vienen en el mismo paquete. Es un argumento duro, y tiene su coste: quien se queda puede acabar muriendo por intereses que no controla ni entiende.
Ambas cosas pueden ser verdad a la vez. El Estado que te protege puede también disponer de ti. La guerra solo hace visible esa paradoja que en tiempos de paz queda arrumbada, como una cláusula que nadie lee hasta que se activa.
Vale, ¿y de quién es el cuerpo?
Queda el interrogante que ninguna ley resuelve. Pertenecen los cuerpos a su país o a sí mismos. La frontera ucraniana ofrece una respuesta incómoda, y cada vez más Estados la observan con atención por si algún día les toca copiarla. Mientras tanto, la única certeza es que hay hombres que no pueden cruzar un puesto de control y mujeres que sí. Explicar por qué es más fácil que justificarlo.