Los antidisturbios de la Casa Real, desalojados del hotel por impago
El dispositivo de
seguridad que refuerza la protección de la Casa Real en Palma se quedó sin habitaciones. Según el hilo, los agentes antidisturbios desplazados a Mallorca tuvieron que abandonar el hotel donde dormían porque no se cubrió el pago de las noches siguientes. La imagen, según el planteamiento que abre la conversación, resulta difícil de digerir: los mismos cuerpos que desalojan a ciudadanos por impagos se ven en la calle por un impago ajeno. El asunto se convirtió, para los participantes, en un retrato incómodo de la administración que gestiona la seguridad de la institución.
Qué pasó con el alojamiento de los antidisturbios en Mallorca
El relato que recoge el hilo es sencillo. Un grupo de policías nacionales destinados al refuerzo de la seguridad de la Casa Real en Palma se alojaba en un hotel. Al no cubrirse el pago de más noches, el establecimiento les pidió que se marcharan. No hubo incidentes, no hubo comunicado: simplemente dejaron de tener cama. La escena, contada así, tiene poco de épica y mucho de
tercermundismo administrativo para quienes la comentan.
La primera reacción que recoge la conversación apunta a la contradicción evidente. Si el desplazamiento es una misión oficial, ¿por qué el alojamiento depende de que alguien firme a tiempo? Hay quien lo resume con retranca: que denuncien a su empleador. Y ahí aparece el nudo del asunto, porque el empleador es el Estado y el impago lo firma la misma administración que exige a los agentes rigor en el cumplimiento de sus obligaciones.
El agravio comparativo que nadie desmiente
El segundo foco del descontento es el contraste. Mientras los agentes desplazados buscan dónde dormir, la conversación recuerda que otros colectivos con menos funciones de seguridad han visto resueltas sus necesidades de alojamiento con más diligencia. La comparación no se hace con datos cerrados, pero la sensación de agravio es el hilo conductor de buena parte de las intervenciones.
Se argumenta, sin prueba documental en la conversación, que ciertos cuarteles abandonados habrían pasado a alojar a personas migrantes llegadas desde Canarias, con mejoras incluidas. No hay verificación en el material y conviene tratarlo como lo que es: una afirmación que circula y que alimenta el malestar. Lo que sí es un hecho es que el desalojo del hotel se percibe como una humillación innecesaria para quienes están de servicio.
La respuesta del colectivo policial: obediencia y desencanto
El tercer bloque del asunto es el más incómodo para la institución. La conversación recoge un desencanto que no se limita al hotel. Hay quien sostiene que los agentes deberían recordar esta situación cuando les ordenen proteger a políticos, a ocupas o a colectivos con los que no simpatizan. La idea de fondo es que la obediencia debida tiene un límite cuando la administración no cumple su parte.
Otra corriente, más dura, directamente retira la simpatía: los problemas de la policía no son sus problemas. Y una tercera línea, más institucional, recuerda que en las unidades de intervención policial hay voluntarios y que quien no esté conforme puede volver a patrullar a su plantilla. Tres posturas que no se reconcilian y que dejan al lector con una pregunta incómoda sobre la lealtad institucional.
El contexto que amplía el problema
El desalojo del hotel no se lee en el vacío. La conversación lo conecta con un malestar más amplio sobre el coste de la vida, la okupación y la sensación de que las instituciones fallan en lo básico. Hay quien avisa de que lo de los antidisturbios es solo el primer aviso y que después vendrán otros servicios públicos con el mismo problema de financiación.
La comparación con la sanidad aparece varias veces. Se sostiene que las enfermeras emigran a países nórdicos donde cobran en cuatro meses lo que aquí en un año, y que la consecuencia será una atención con menos recursos. No hay cifras oficiales en la conversación, pero la conexión entre el impago del hotel y el deterioro de los servicios públicos es el marco en el que se interpreta todo.
El dato que descoloca no es el desalojo. Es que nadie haya dimitido por él.