Gran ciudad o pueblo: la brecha de oportunidades que no se mide
Quien nace en una gran capital arranca la partida con ventaja. No por mérito propio, sino por geografía: un mercado laboral más denso, una red de contactos que se hereda y, a menudo, un activo inmobiliario que, según un forero, se paga a
6.500 euros por metro cuadrado en el centro de Madrid. Ese es el punto de partida. El matiz aparece al ponerle precio al otro lado de la balanza.
El planteamiento sostiene que la ciudad concentra el poder político y económico, el comercio y el empleo, hasta el punto de que, según su autor, incluso en empleos de baja cualificación la oferta permite encontrar algo en poco tiempo. Añade un segundo pilar: la variedad de gente. En un núcleo grande hay más probabilidades de encontrar afinidad; en un pueblo pequeño, el círculo se agota en lo que tocó. Quien no lo valora, viene a decir, desaprovecha una lotería que no eligió.
¿Por qué la capital tiene más oferta de empleo?
Según quien abre el hilo, porque allí se concentran el poder político y económico, el comercio y el empleo, de modo que hay salida para casi cualquier perfil. El argumento, sin embargo, aguanta hasta el primer recibo. Hay quien sostiene que un treintañero en Madrid no pasa de
2.000 euros de salario y destina la mitad a un piso pequeño, y que los empleos de baja cualificación dan solo para malvivir en la ciudad. En el hilo se apunta además que buena parte de los jóvenes de la capital siguen viviendo en casa de sus padres.
El detalle que suele olvidarse es que la gran ciudad no es homogénea: según un forero, la clase media alta que trabaja en Madrid no vive en la capital, sino en municipios del norte y el oeste del área metropolitana. La ciudad concentra las oportunidades, pero no reparte el resultado.
6.500 euros el metro: el coste de quedarse
La otra cara del privilegio es el precio. Uno de los participantes cifra en
400.000 euros un piso de 60 metros cuadrados, con una o dos habitaciones y, en muchos casos, sin ascensor. En el escenario que plantea el autor del hilo, quien hereda una vivienda en el centro se encuentra con un patrimonio que puede alquilar caro o vender para financiar otra vida; quien no la hereda, compite por ella.
Ahí está la grieta del relato. El mismo activo que multiplica el patrimonio familiar expulsa a los que llegan después. Se argumenta que la masificación y la homogeneización comercial de los centros han rebajado el atractivo de la ciudad histórica, y que la oferta cultural y de ocio resiste como último rasgo diferencial.
¿Es el pueblo la alternativa barata?
La respuesta depende de qué se mida. Frente al zulo urbano aparece el ejemplo de una
casa de 150 metros con garaje y jardín en un municipio de 1.000 habitantes, sin burros ni gallinas a la vista, como réplica a la imagen de corral que se atribuye al medio rural. Quien vive ahí no se reconoce en el estereotipo.
El contraargumento tiene medio siglo de historia: en los años sesenta, millones de personas dejaron el pueblo en cuanto pudieron y se marcharon a la ciudad, no por hambre, sino para prosperar y escapar de un ambiente donde la costumbre pesa más que la ley y los vecinos se vigilan. Idealizar el medio rural, se sostiene, es una afición de quien no ha vivido en él.
Ocio, cultura y el reloj biológico
La oferta cultural es el argumento más sólido de la gran ciudad. Hay quien dice ir a exposiciones o visitar monumentos prácticamente todas las semanas, con entradas gratuitas en determinados días. Otros replican con una pregunta incómoda: ¿cada cuánto se necesita realmente esa dosis? Si es una vez cada seis meses, un municipio
a hora y media en tren permite lo mismo.
Sobre el ciclo vital hay quien sostiene que la ciudad brilla entre los 18 y los 30; la infancia y la madurez piden menos asfalto. Y quien a los 35 sigue quemando la noche urbana, se dice, no está viviendo la ciudad, está retrasando la vida.
La fusión de municipios que nunca llegó
El problema de fondo no es el gusto, es la planificación. Según quien lo plantea, Madrid no es una capital compacta ni concéntrica: conserva descampados de cientos de hectáreas a pocos kilómetros de la M-30 mientras la gente se va a vivir a decenas de kilómetros, a provincias limítrofes, y el mismo forero pone el ejemplo de Valencia, que a su juicio mantiene el mismo tamaño y población que hace años. La fusión de municipios que debió proyectarse a cien años vista sigue sin hacerse.
Con estos diferenciales, la vuelta al pueblo debería ser masiva. No lo es: quien defiende la capital sostiene que quienes se marchan al pueblo no aguantan ni un año y vuelven, mientras varios foreros que hicieron el camino inverso aseguran que no volverían. Falta por ver si la brecha la cierra la política o la cierra, sencillamente, el precio.