Washington dice que no hay gas para Europa y Europa aplaude
La pregunta circula desde hace días en los mentideros económicos: si Estados Unidos anuncia que no enviará a Europa el gas que el Viejo Continente necesita para sustituir el suministro ruso, ¿por qué Bruselas sigue presentando a Washington como su salvador energético? El material que ha originado este análisis arranca con una advertencia incómoda:
que nadie olvide las tonterías que nos decían por aquí. Y añade el remate:
esperemos que tengan razón y que haya gas para regalar, aunque parece ser que no.
El punto de partida es una contradicción que no se sostiene: se promete gas estadounidense a una Europa que lo necesita con urgencia, mientras desde la propia Administración norteamericana se filtra que ese gas no llegará en el volumen prometido. La conclusión que saca buena parte del análisis es que
Europa no es un socio estratégico, sino una colonia desechable en el tablero energético de Washington.
El gas que se promete y el gas que no llega
El primer foco del asunto es la brecha entre el anuncio y la entrega. Se promete gas estadounidense a Europa para compensar el cierre del grifo ruso, pero la propia Administración de EEUU admite que no va a enviar el gas que Europa necesita. La paradoja es de manual:
para Europa, EEUU es el salvador; para EEUU, Europa es el cliente cautivo al que se le puede subir el precio sin perder la cartera.
Hay quien lo resume con una imagen que se repite:
sarna con gusto no pica. Se critica a la Unión Soviética por su política energética y ahora resulta que la democrática Europa viró hacia un modelo de dependencia que no admite réplica. La diferencia, se apunta, es que hoy existe tecnología para aplicar la represión con más eficacia que en el siglo XX.
El cálculo que se maneja en los análisis más ácidos es que si Europa compra gas estadounidense pagando un
200% más caro que antes, el suministro llegará, pero a un coste que destruye la competitividad industrial del continente. El gas no falta por casualidad: falta porque el precio que Europa está dispuesta a pagar no es el que EEUU quiere cobrar por el gas que dice tener.
¿Por qué EEUU quiere una Europa empobrecida?
La segunda línea de análisis sostiene que el objetivo real de Washington no es Rusia, sino
debilitar a Europa. La guerra de Ucrania sería el escenario, no el objetivo. Ucrania es el mapa donde se juega la partida; los muertos los pone Ucrania; el desgaste lo sufre Rusia; y la factura energética la paga Europa.
La tesis que circula es que EEUU emplea esta serie de conflictos para debilitar económicamente al continente. Si alguien cree que el objetivo es Rusia, se le sugiere que lea un poco más. La consecuencia directa es que
la clase media europea es la que financia la operación con su factura de la luz y su pérdida de poder adquisitivo.
El corolario político es incómodo para los partidos que se presentan como atlantistas. Se señala que la formación más proestadounidense del arco parlamentario español es una de las pocas cosas malas que tiene. La dependencia energética no se discute en el Congreso; se firma en Washington y se ejecuta en Bruselas.
La derrota de Ucrania que no es derrota de Ucrania
Un tercer foco discute qué significa exactamente «derrota» en este conflicto. La respuesta más repetida es que Ucrania no puede ser derrotada porque la guerra no es suya:
es una guerra EEUU-Rusia con Ucrania como escenario. Como en los juegos online, se elige mapa y cambia el paisaje, la arquitectura y el tiempo, pero la partida es la misma.
El análisis sostiene que se ha confeccionado durante años un escenario que se sabía que era casus belli para Rusia. Ante el jaque, Rusia invadió, y ahora viene la segunda parte:
bait and bleed, prolongar la guerra hasta que Rusia se desangre y su régimen caiga por su propio peso. Ucrania pone los muertos; EEUU pone el material; Europa pone el dinero.
La conclusión que se extrae es que la derrota de uno de los bandos no equivale a la victoria del otro. Si Rusia se desangra, Europa se empobrece. Si Rusia aguanta, Europa se empobrece igual. En ambos escenarios,
el único perdedor garantizado es el contribuyente europeo.
El aprendizaje geopolítico que llega tarde
Un cuarto foco, menos conspirativo, reconoce un efecto secundario positivo: muchos están aprendiendo por primera vez a pensar en términos geopolíticos. La guerra es una oportunidad de oro para que los inteligentes aprendan. El problema es que
la enseñanza va a ser muy cara.
La discusión deriva hacia el futuro político de Europa. Se especula con que el empobrecimiento abra la puerta a opciones políticas que hasta hace poco se consideraban marginales. Se menciona que en España hay una formación esperando su oportunidad, y que en Europa el descontento puede canalizarse hacia modelos que no se identifican con la democracia liberal clásica.
La advertencia que se repite es que Europa va hacia un estado de comunismo encubierto, un autocratismo a lo Putin gobernado por un politburó llamado Comisión Europea. Con el tiempo, aunque no se exhiba la hoz y el martillo, se verán censuras y represiones. La tecnología actual permite aplicarlas con más efectividad que en la URSS.
El bingo energético y la factura que nadie firma
El cierre del análisis llega al punto donde la discusión se atasca: si EEUU no va a enviar el gas que Europa necesita, ¿por qué Europa sigue comprando el relato de que EEUU es su aliado energético? La respuesta más repetida es que
no hay alternativa diseñada. El gas ruso se cerró por decisión política; el gas estadounidense no llega por decisión comercial; y el gas alternativo no existe en volumen suficiente.
La anécdota que resume el estado de ánimo es la repetición machacona de una consigna en el debate:
pero es que los Himars. La entrega de material militar se presenta como compensación simbólica de una factura energética que nadie firma. El armamento llega; el gas, no.
Queda una pregunta sin respuesta: si el gas no llega y el precio no baja, ¿cuánto tiempo puede sostener Europa el relato de que Washington la está salvando? El análisis se detiene exactamente ahí, en el punto en que la contradicción entre el discurso y la factura deja de ser retórica y empieza a ser contabilidad.