Quemar muebles para calentarse: el invierno que llega a Ucrania
La primera nevada en los Cárpatos ha bastado para reactivar una de las tesis más repetidas de esta guerra: que el frío hará en Ucrania lo que no han hecho los frentes.
«Van a tener que empezar a quemar mobiliario y bibliotecas para calentarse», resume una de las advertencias que circulan al hilo de una información de
20minutos. No hay en ella un solo dato sobre reservas, consumo o capacidad de generación. Solo la imagen.
Y esa imagen, en un conflicto que se juega tanto en las trincheras como en las redes de distribución eléctrica y en los gaseoductos, cotiza alto. El invierno se ha convertido en un frente propio, con menos termómetros y bastante más propaganda.
¿Por qué se habla de quemar muebles y bibliotecas?
Porque el frío sin gas se cubre con lo que haya. Esa es toda la lógica del aviso: si el suministro se corta y las temperaturas bajan, el último recurso doméstico es la madera, y la madera escasa de una ciudad sitiada es el parqué y los libros. El razonamiento solo se sostiene si antes se acepta que el suministro se va a cortar, cosa que el propio aviso no demuestra.
La conversación, además, se mueve más en el terreno de las imágenes que en el de los números. Hasta el punto de que una fotografía de un plato de
borsch con smetana —sopa de remolacha con nata agria, roja hasta asustar— se llegó a leer en el intercambio como un postre de fresas con nata. Cuando la comida y el desastre se confunden en la misma foto, la discusión ya no va de calorías ni de grados.
El error de situar los Cárpatos en el Donbás
Una de las primeras correcciones que recibió esa tesis fue geográfica, y es la más fácil de comprobar.
Los Cárpatos están a 1.000 kilómetros del este de Ucrania y el terreno que los separa es llano. Confundir la cordillera occidental, donde de hecho nieva antes y más, con el frente oriental no es un detalle menor: cambia por completo la lectura del pronóstico.
Que nieve en la montaña del oeste no anticipa nada sobre las temperaturas en el Donbás. Y que haga frío tampoco equivale a que falte combustible. La cadena que va del copo al apagón es larga y pasa por centrales, subestaciones, gasoductos y almacenes. Cualquier eslabón admite fallo. Ninguno se deduce de una nevada.
¿Por qué se invoca al «General Invierno»?
La expresión tiene solera bélica y en el intercambio aparece con retintín:
«El General Invierno ha llegado pues... y siempre está del lado de Rusia». Es una manera de decir que el frío, históricamente, ha jugado a favor de quien se defiende y en contra de quien invade con la logística estirada.
El argumento tiene ejemplos conocidos y también sus excepciones. El invierno castiga a los ejércitos que se mueven, pero castiga igual a la población que se queda quieta y sin calefacción. En una guerra de desgaste contra la infraestructura, el frío deja de ser un general y pasa a ser un daño que reparten los dos bandos. La simetría incomoda, y por eso casi todo el mundo elige bando en la frase.
La memoria histórica que se usa como munición
Cuando faltan datos del presente, se recurre al archivo. En la discusión aparecen referencias al
Holodomor, la hambruna de los años treinta en Ucrania, con
diez millones de campesinos fallecidos según la cifra que se repite, y a otros episodios: Chechenia, Crimea y los tártaros, Afganistán, la matanza de Katyn. También se atribuye a Moscú la financiación de organizaciones terroristas y de gobiernos latinoamericanos.
Son afirmaciones lanzadas para ganar el punto, sin más contexto. Su vértebra no es el invierno. Unos sostienen que repetir atrocidades del pasado sirve para no hablar del presente; otros, que ignorarlas es hacerle el trabajo al adversario. La discusión se convierte así en una pelea sobre qué se puede decir, más que sobre lo que está pasando.
De los datos a las listas de exclusión
La deriva tiene una mecánica conocida. Aparece una imagen, alguien la comparte con sorna y a los pocos minutos el intercambio ya no discute el dato, sino la intención de quien lo publica.
La respuesta habitual no es rebatir: es bloquear. Se habla de ignorar a unos y a otros, de leer las conversaciones a saltos, de páginas enteras ocupadas por un solo interlocutor.
El efecto es que el debate se estrecha por arriba. Cada bloque se queda con los suyos y el dato incómodo deja de circular. Cuando el espacio se llena de mensajes de relleno y de cuentas que solo buscan calentar el ambiente, comprobar si de verdad va a arder algo pasa a segundo plano.
Un invierno sin dato duro
Al final del recorrido, la pregunta original sigue sin respuesta. Nadie ha puesto sobre la mesa una cifra de consumo, de reservas o de potencia instalada. Lo único verificable del punto de partida es el calendario de la nieve en una cordillera que está a mil kilómetros del frente.
Con ese material, cualquier pronóstico sobre lo que arderá este invierno es literatura. Y la literatura, en una guerra, también es munición.