Olona cierra campaña en Almanjayar, el barrio que define su apuesta
Macarena Olona, exdiputada de Vox y ahora candidata por una formación propia, ha elegido Almanjayar (Granada) para seguir la noche electoral junto a la plana mayor de su partido. El barrio, comparado en el debate con las Tres Mil Viviendas de Sevilla o la Cañada Real, concentra el simbolismo de una campaña que ha virado hacia el electorado de rentas bajas y barrios periféricos. La escena, con la número dos del partido —una pastora evangélica conocida como Yoni— a su lado, ha disparado las interpretaciones: desde quien ve una operación de desgaste contra Vox hasta quien sospecha que la candidata busca un escaño por Granada con el voto de colectivos que tradicionalmente no la apoyarían.
Qué significa Almanjayar en el mapa electoral de Granada
Almanjayar es un barrio periférico de Granada con una realidad socioeconómica que el propio material describe sin paños calientes:
economía sumergida, narcotráfico y una población que, según varios mensajes, no vota mayoritariamente a opciones de derecha. La comparación con las Tres Mil Viviendas sevillanas no es casual. Es el tipo de zona donde el PSOE ha cosechado históricamente mayorías amplias, y donde una candidata que se presenta como azote de la corrupción tiene poco que rascar si no hay contrapartida material.
El cálculo que circula en el debate es frío: si Olona movilizara a los colectivos que algunos mensajes mencionan —con cifras que van desde los 500.000 hasta los 730.000, según la fuente—, podría sacar varios escaños. Pero la aritmética no cuadra con la geografía. Granada reparte siete diputados, y los sondeos que se citan dan dos seguros al PP, dos al PSOE y uno a Vox. Los dos restantes se disputan entre el PP y Sumar, que en 2019 sumó unos 67.000 votos entre Podemos y Más País. Con ese punto de partida, la candidatura de Olona lo tiene crudo para rascar un escaño.
El voto de los barrios marginales no es un bloque homogéneo
La discusión deriva pronto hacia un terreno incómodo: la supuesta captación del voto de colectivos específicos. Hay quien sostiene que los gitanos votan mayoritariamente al PSOE en los barrios con presencia significativa, y que no lo harían por una candidata que no les ofrece nada concreto. Otros apuntan que el electorado de rentas bajas no es un bloque monolítico y que la abstención es su principal arma. La conclusión que se repite: sin una transferencia directa —trabajo, paguita, lo que sea—, el voto no se mueve.
El propio material recoge una anécdota que resume el problema. Una vecina de Almanjayar habría dicho que los gitanos no querían paguitas, que querían trabajar. Si Olona promete trabajo en un barrio donde la economía formal es residual, el chiste se escribe solo: sale de allí por piezas. La campaña, en ese sentido, se parece más a una performance que a una operación electoral.
La hipótesis del desgaste: ¿a quién beneficia realmente esta candidatura?
La lectura más repetida en el debate es que Olona no compite para ganar, sino para restar. La tesis: cada punto que araña a Vox es un punto que no suma a la derecha, y eso beneficia a la izquierda. Algunos mensajes van más lejos y sugieren que la operación está financiada por alguien con interés en desgastar a Vox —se menciona a Mario Conde, sin prueba alguna—, mientras otros lo atribuyen a una estrategia de marketing personal de la propia candidata.
Lo cierto es que la trayectoria reciente de Olona invita a la interpretación. Su salida de Vox tras el batacazo andaluz y su posterior giro hacia un discurso de barrio han sido leídos como una búsqueda desesperada de hueco mediático. La pregunta que flota: ¿qué final le espera a una abogada del Estado que ha convertido su carrera política en un espectáculo? Si no saca escaño, según ella misma habría dicho, vuelve a la Abogacía del Estado.
El ridículo como estrategia y el límite de la caricatura
La comparación con Ciudadanos y su naranjito es inevitable. Varios mensajes sostienen que Olona ha superado el ridículo de la formación naranja, y que su campaña ha entrado en un terreno donde la realidad supera la ficción. Se la compara con un personaje de cine quinqui, con Torrente, con una caricatura de sí misma. La pregunta que subyace: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una candidatura sobre el absurdo?
El problema para Olona no es solo el electorado. Es la credibilidad. Una abogada del Estado que promete acabar con la corrupción y elige como escenario un barrio donde la economía sumergida es la norma envía un mensaje confuso. Sus votantes potenciales —divorciadas, clases medias, votantes de derecha desencantados— no se sienten interpelados por esa escenografía. Y los que sí viven allí no ven en ella una solución, sino una turista.
El dato que descoloca: en 2019, Podemos y Más País sumaron unos 67.000 votos en Granada. Con ese suelo, el escaño que Olona necesita no está en Almanjayar. Está en otro sitio. Y no parece que lo vaya a encontrar.