Rusia anuncia el cerco de 1.300 soldados ucranianos en Zolote
¿Cuánto vale anunciar un cerco antes de que caiga la ciudad que lo debe justificar? El 22 de junio de 2022, las autoridades separatistas de la región de Lugansk aseguraron que las tropas prorrusas habían embolsado a unos
1.300 soldados ucranianos cerca de Lisichansk, la última gran urbe junto al centro administrativo regional de la vecina Severodonetsk. El asesor del ministerio del Interior de la autoproclamada república popular de Lugansk, Vitali Kiseliov, lo cuantificó para la agencia TASS: «El cerco ya está cerrado y unos 1.200 soldados ucranianos y unos cien mercenarios pueden ser capturados». La cifra, en cambio, la firma solo una de las partes.
Dónde está la bolsa de Zolote y cuántos soldados rodea
Según las fuentes separatistas que recogió EFE, el anillo se levanta en el área de Hirske, a unos
26 kilómetros al sur de Lisichansk, y Zolote, a unos 32 kilómetros de la misma ciudad. El representante de la región separatista en Rusia, Rodión Miroshnik, añadió a TASS que el cerco llevaba
varias semanas formándose y que «la salida norte ya está bajo estricto control de las fuerzas aliadas». Lo que no se discute: el gobernador de Lugansk fiel a Kiev, Serhiy Gaidai, admitió ese mismo día en Telegram que «los rusos se acercan a Lisichansk tras haber avanzado en las localidades cercanas» y que la ciudad estaba siendo bombardeada por la aviación. Kiev no negó el avance; discutió el protagonismo del anuncio.
¿Un cerco planificado o un efecto colateral del avance?
Aquí arranca el desacuerdo. Una parte del análisis sostiene que la bolsa es
una consecuencia involuntaria del empuje hacia los suburbios de Lisichansk: las tropas quedaron atrapadas «medio de casualidad» y lo decisivo no es Zolote, sino la propia Lisichansk. En contra pesa el calendario que manejan las fuentes prorrusas: si el anillo llevaba semanas cerrándose, cuesta creer que nadie lo diseñara. La discrepancia no es cosmética, porque define el relato —asalto calculado o simple fricción del frente— y decide quién se apunta la victoria cuando llegue el parte definitivo.
¿Por qué Ucrania no ordena replegarse? La operación de retardo
La pregunta más repetida es por qué las unidades ucranianas no abandonan una posición condenada. La respuesta más citada tiene nombre en inglés:
delay operation. La idea es retener un punto sabiendo que se va a perder, para obligar al enemigo a gastar tiempo y hombres en tomarlo. El argumento defiende un principio clásico: nunca se abandona sin pelear una posición defendible si hay tropas para hacerlo.
El contraargumento es igual de tajante. Con el frente desplegado a lo largo de
1.000 kilómetros, perder hombres y material en un saliente no retrasa nada decisivo. «No tienen artillería, no tienen suministros y los rusos no tienen prisa. Los están machacando con artillería», resume la otra parte. Y recuerda que los suministros occidentales no van a durar indefinidamente, con tasas de reposición a la baja: minar, sabotear y volar infraestructura daría el mismo tiempo por menos precio.
Artillería contra infantería: la cuenta que descorazona
En el fondo late una cuestión de coste. La artillería pesada se considera el arma más
coste-efectiva del tablero: menos riesgo propio y mucho más barata que un asalto de infantería. Con el enemigo embolsado y sin capacidad de respuesta, la tentación es dejar que el reloj y los obuses hagan el trabajo. Sobre si una trinchera de medio metro, pensada para frenar a milicias con fusiles, aguanta ese castigo, hay pocas dudas. Y no es nuevo: en la Segunda Guerra Mundial se usó infantería para abrir pasos en campos de minas, recuerdan, como muestra de que cambiar vidas por tiempo es doctrina vieja.
El reproche al mando ucraniano por no autorizar retiradas
Otra corriente no discute la táctica, discute la responsabilidad. Sostiene que el Estado Mayor ucraniano deja a sus soldados atrapados antes que admitir una retirada ordenada, y que eso convierte posiciones como Zolote en ratoneras anunciadas. La réplica: juzgar decisiones de mando desde el sillón y despreciar a quien pelea degrada a quien lo hace, y sostener posiciones bajo fuego es lo habitual en cualquier ejército. La queja de fondo apunta a la asimetría de siempre: en el bando que recibe armas, la factura humana la paga quien está en la zanja.
De Zolote a la agenda global
Conforme avanzó la conversación, el frente de Lugansk sirvió de excusa para hablar de casi cualquier cosa menos de la bolsa. Apareció el reparto clásico: quién es responsable de la guerra, si un mundo
multipolar es preferible a uno unipolar, cuántas bases militares sostienen el orden actual y si la inflación o la deuda tienen algo que ver con todo esto. Un sector carga contra la OTAN y contra la agenda que atribuye a Bruselas y Washington; otro responde que ese descontento es un cajón donde cabe cualquiera. Y una tercera vía lo reduce a geografía simple: cada ejército a su casa y devoluciones que solo existen en mapas antiguos.
Que un saliente de 26 kilómetros justifique semejante entusiasmo, con Lisichansk todavía en pie y el frente entero en movimiento, dice más del que lo celebra que del parte militar. Cercos y desmentidos se han turnado tantas veces en esta guerra que la única cifra que aguanta sin discusión es la de quienes ya no pueden replegarse.