Meditar no es dejar la mente en blanco: qué se hace en realidad
La primera idea que cae es la más extendida: eso de
dejar de pensar o poner la mente en blanco no existe, ni dormido. Quien abre el asunto lo dice sin rodeos: «cosas que no suceden ni cuando estamos dormidos. Un mito». A partir de ahí, varias respuestas intentan responder a una pregunta que suena a broma pero no lo es: ¿qué demonios hace alguien mientras se supone que medita? La respuesta corta: no hay una sola. La larga ocupa este artículo.
Qué es meditar y qué no es, según quienes lo practican
La definición más repetida no habla de vaciar nada, sino de
adiestrar la atención: cultivar la concentración, unificar la conciencia y ganar calma y claridad. Un método antiguo, no una moda, aunque el término lleve décadas
prostituido por el marketing new age, según un participante. Hay acuerdo amplio en un punto: la meditación no es dejar de pensar, es
dirigir y centrar el pensamiento en algo concreto —la respiración, una parte del cuerpo, un recuerdo—. Los pensamientos siguen llegando; la diferencia está en no engancharse a ellos.
De ahí que muchos describan el proceso como una sucesión de espacios: viene un pensamiento, se deja pasar, viene otro, se deja pasar. Esos huecos entre pensamiento y pensamiento se van ampliando, y con ellos llega la relajación. Otros lo cuentan de forma menos mística: es
quitarle el micrófono a la mente que parlotea todo el día, la que critica, planea y repite memeces, para disfrutar de unos minutos de silencio estando despierto. Un ejercicio de higiene mental, en palabras de un psiquiatra citado en la conversación.
¿Hay que sentarse en postura de loto para meditar?
No. La postura importa menos de lo que vende la estampa. Se puede meditar tumbado, caminando o, como pregunta con retranca el planteamiento inicial,
mientras se está en el baño. Lo que sí comparten casi todas las descripciones es el ancla: la respiración y las sensaciones corporales sirven para volver al momento presente cuando la cabeza se escapa. El objetivo, coinciden, es desactivar por un rato los recuerdos del pasado y las proyecciones sobre el futuro. Nada más y nada menos.
La confusión viene de mezclar tres cosas distintas: la práctica contemplativa, el postureo de coach y la parafernalia de retiros y círculos místicos. Sobre esto último hay bastante unanimidad crítica: han proliferado los
vendehumos con sus círculos de canto y sus métodos milagro, y siempre arrastran el mismo perfil de cliente, según algunos participantes. Que el envoltorio sea ridículo no invalida el contenido, pero ayuda a entender por qué tanta gente mira el asunto con recelo.
Los beneficios que se le atribuyen y los que no
La lista de supuestas ventajas es larga: menos ruido mental, más presencia, mejor gestión de las emociones, alivio del sufrimiento agudo. Varias respuestas citan estudios sobre efectos en el cerebro y beneficios avalados por la ciencia, aunque la evidencia se mezcla con expectativas exageradas. Un ejemplo de expectativa mal calibrada: creer que meditar sirve para
suprimir el sufrimiento. El sufrimiento avisa de que algo no va bien y hay que ponerle remedio; es un síntoma, no un enemigo a silenciar, según un participante.
Donde sí hay consenso es en lo difícil que resulta. La mente es una cabrona, resume una respuesta: los pensamientos van surgiendo aquí y allá, reviviendo o imaginando situaciones, y hay gente que vive entera dentro de su cabeza. Hablar con esos pensamientos, calmarlos, ignorarlos y llegar al instante en que el murmullo se apaga: eso es meditar. Dura un suspiro. Y desde ahí, dicen, se puede construir.
Meditar, rezar y dar un paseo por el monte: la misma familia
La comparación con la oración aparece varias veces. Repetir el Credo, un verso del Corán o un mantra funciona como ancla y produce un estado similar al meditativo: la repetición
hackea el parloteo mental, según algunos. No es la única vía. Hay quien sostiene que basta con caminar por el monte, escuchar a los pájaros, oler el aire y mirar el verde: el contacto con la naturaleza purifica y ordena, y los problemas parecen menos graves al volver. La meditación sería entonces llevarse ese momento puesto, para recurrir a él cuando llegue el enfado o la agitación.
El desacuerdo de fondo no es técnico, es de expectativas. Unos ven una herramienta útil y gratis; otros, una forma de inacción que encierra al tigre y le quita su esencia. La crítica más seria no va contra la práctica, sino contra el uso que se hace de ella:
reprimir la angustia en vez de afrontarla con acción. La meditación, en el mejor de los casos, es una herramienta. Como toda herramienta, admite usos buenos, malos y directamente estúpidos.
¿Y qué pasa cuando uno se sienta a meditar y se queda dormido a los dos minutos? Pasa. Mucho. Con estos mimbres, la pregunta ya no es si meditar funciona, sino si alguien sabe de verdad qué está haciendo cuando dice que medita.