Catorce acciones, 100.000 euros y la apuesta a diez años o más
Catorce valores. Casi 100.000 euros. Dos meses de análisis y una liquidez que, de momento, depende de lo que se saque de GameStop. Esa es la foto fija de una cartera reconvertida al largo plazo después del estirón bursátil de 2020 y comienzos de 2021, cuando su dueño decidió recoger beneficios, rehacer la lista entera y sentarse a esperar. El horizonte declarado: diez años, «o veinte, ojalá sean veinte». Y una condición: cualquier valor que no aguante el escrutinio, fuera.
De Pro Educa a Meta: los precios de entrada de la cartera
El desglose es lo más útil del planteamiento. Pro Educa Altus a 15,8 euros; Amadeus a 41; Airbus a 56; MTU Aero Engines a 156; Kri Kri Milk a 6,40; Gerard Perrier Industrie a 62,35; Dollar General a 184; Alibaba a 252; Infosys a 16,9; Nagarro a 84,9; Meta Platforms a 307 dólares; Dole a 15,8 y cien acciones de GameStop a 38. En total, alrededor de
100.000 euros, casi sin liquidez, y una parte aparte en fondos indexados —80% MSCI World, 10% MSCI Europa, 10% emergentes— con aportaciones de 500 euros al mes. Hay además una posición que no piensa nombrar «porque el que más la dijo no quiere».
¿Por qué un yogur griego entra en una cartera de largo plazo?
Porque, según la tesis, cumple el patrón de la empresa aburrida que nadie mira: cuentas saneadas, márgenes sólidos,
cero deuda, capacidad de crecer y planes de expansión más allá de Grecia. El argumento añade que la inflación la beneficia y que una crisis la pillaría en mejor posición que a la competencia. Sobre patentes y rivales, la respuesta es escueta: no hay muchas, manda la marca y el producto está bien valorado en su país de origen. La comprobación de campo que se cita es que alguien que estuvo allí confirmó que esos yogures estaban muy buenos. No es un modelo financiero, pero es información.
¿Indexarse o elegir acciones? Las dos escuelas chocan
La defensa de la gestión indexada se apoya en un argumento difícil de rebatir:
el mejor momento para indexarse es ayer. Nadie sabe si el mercado va a girarse o a seguir subiendo veinte años, así que aportar cada mes promedia el precio y hace innecesario acertar con el techo. Enfrente, la crítica de que el dinero pasivo está uniformando el mercado: cada vez importa menos la historia de cada empresa y las cotizaciones se mueven en bloque, un 2% arriba o abajo según el día. El choque no se resuelve, porque es la diferencia entre comprar el mercado entero o comprar catorce tesis concretas.
El aviso sin desarrollar: la Agencia Internacional de la Energía
Aparece una advertencia y desaparece sin explicación. Alguien pregunta si se ha oído hablar de la
Agencia Internacional de la Energía y pide meter esa variable en la ecuación para un horizonte de diez años. La respuesta evita el desarrollo y responde, quizá confundiendo siglas, con el organismo de energía atómica. Nadie vuelve sobre el asunto. Queda ahí, como la variable que nadie metió en la hoja de cálculo.
El marcador: +34,5% en cuatro meses y un 30% en liquidez
Los números del año, según su propio recuento: enero +36,5%, febrero -10%, marzo +10,2% y abril -1,7%. Acumulado,
+34,5%. En paralelo, otra cuenta presume de haber pasado de 40.000 a 157.000 euros en cuatro años, con una rentabilidad media anual cercana al 25% en nueve ejercicios —20.000 de capital inicial, 8.000 anuales de aportación y un 22% medio— y un valor disparado un 500% del que se recogió beneficio. Son cifras que cualquiera firmaría y que exigen la misma cautela que despliega el autor de la lista:
nos llegará algún palo. De hecho ya hay movimiento: Checkpoint Software salió con un 12% de beneficio por falta de crecimiento y esos 6.000 euros fueron a Meta Platforms. La liquidez ronda el 30%, guardada sin vender nada, a la espera de un mercado bajista.
Con esa munición y catorce convicciones documentadas, el plan parece blindado. Falta lo único que no se puede analizar con balances: cómo se comporta una cartera así el primer año en que todo caiga un 40%. ¿Aguanta la tesis o aguanta el estómago?