TDAH en adultos: ni enfermedad inventada ni simple despiste
¿Es el TDAH una enfermedad o el nombre moderno que le hemos puesto a un tipo de persona que siempre existió? La discusión arranca con una tesis incómoda para todos, la que defiende uno de los participantes: el trastorno por déficit de atención e hiperactividad no sería un desajuste bioquímico, sino una combinación extrema de rasgos de personalidad —baja responsabilidad, alta impulsividad— que encaja mal en el mundo contemporáneo. La analogía que se usa para explicarlo es sencilla: lavarse las manos es normal; hacerlo veinte veces al día es raro, pero tolerable; a partir de las mil, y cuando empieza a arruinarte la vida, deja de ser una manía y se llama TOC. Con la atención y la impulsividad, sostiene esta lectura, pasa lo mismo.
¿Qué síntomas distinguen el TDAH adulto de un simple despiste?
En adultos, la hiperactividad se transforma: horarios sobrecargados, adicción al trabajo, piernas inquietas, baja tolerancia al aburrimiento. El
déficit de atención es lo más visible, y no consiste en no concentrarse nunca, sino en no poder elegir el foco. Si algo interesa, el mundo desaparece; si no interesa, la concentración es imposible aunque te vaya la vida en ello. A eso se suman la procrastinación crónica, los problemas de gestión del tiempo, perder objetos y olvidarse de acordarse —que no es lo mismo que olvidar.
La impulsividad deja la factura más cara: cambios de trabajo constantes, relaciones que se rompen antes de tiempo, conducción temeraria, más multas y más retiradas de carné. El consumo de tóxicos, señala esta lectura, no sería tanto vicio como
automedicación instintiva. El criterio para separar el rasgo del trastorno es el mismo que en la analogía: cuando el problema golpea
dos o más ámbitos de la vida —laboral, social, familiar, íntimo—, ya no es ser un despistado.
¿Es el TDAH una enfermedad inventada o un rasgo extremo de personalidad?
Aquí entra el
modelo Big 5, que parte de la teoría léxica: todo rasgo observable de la personalidad estaría recogido en el lenguaje, y un análisis factorial agruparía miles de adjetivos en un puñado de rasgos. Desde esa base, la tesis es que el TDAH no sería una enfermedad, sino una colección de personalidades con responsabilidad muy baja y emoción negativa media-alta.
No todos compran el marco. Una objeción repetida es que los estudios sobre personalidad llevan un siglo intentando demostrar que el constructo sirve para algo y no logran ser predictivos: si metes doce factores en el modelo y diseñas preguntas para ellos, salen los doce, sin más. La contraoferta es que la personalidad deriva con el tiempo y que el análisis factorial no ha avanzado en décadas por lo trabajoso de sus cálculos.
Diagnóstico adulto: del neurólogo a la pastilla
El recorrido no es directo. El médico de cabecera, si cree en el diagnóstico, deriva al neurólogo, que es quien receta. Y no todo el mundo debería tomarlo: «las drogas son como el poder: si hay alguien a quien no hay que dárselas, es al que las quiere», resume uno de los participantes. Aun así, el diagnóstico adulto existe. Hay relatos de primera mano de quien estuvo a punto del paro por descuidos, por incapacidad patológica de empezar tareas o por no atender instrucciones; de quien pierde en un año más objetos que la mayoría en toda la vida; de quien
olvidó ir a buscar a su hija al colegio. Los síntomas, dice quien vive con medicación, no se controlan a voluntad, y tensionan el entorno y la propia pareja.
El metilfenidato en niños: sobrediagnóstico y batalla de cifras
La parte más bronca es la medicación infantil. Un reportaje fechado en
enero de 2008 documenta cómo crece la prescripción contra la hiperactividad y cómo cambia el modo de tratar al niño inquieto. Años después, una web sostiene que el TDAH infantil es un mito y que no hay evidencia científica que lo respalde. La contraargumentación habitual es que un titular alarmante no aguanta el detalle: el metilfenidato es adictivo si se esnifa y a dosis comparables a la cocaína, lo que nada tiene que ver con la dosis terapéutica; se han registrado correlaciones con pensamientos suicidas sin poder determinar si los causa el fármaco o los problemas de adaptación previos.
Una posición intermedia se abre paso entre los extremos: que hay niños con dificultades reales de atención e impulsividad está fuera de duda; que eso no obligue a medicar, también. El reparo compartido es el sobrediagnóstico —es pronto para distinguir el despiste aceptable del patológico— y la sospecha de que el sistema educativo, con su evaluación continua, castiga a quien va por esprints y no aguanta la carrera de fondo.
Estimulantes, automedicación y modafinilo sin receta
En adultos, el asunto roza la frontera del consumo. Hay quien describe que la cocaína no le provocaba euforia desmedida, sino una normalidad receptiva que le hizo investigar los estimulantes y el déficit de atención. Otros dicen haber comprado
modafinilo sin receta y describen que provoca una irritabilidad notable a las cuatro horas, cuando el efecto bueno se desinfla. La lista de moléculas que circulan —metilfenidato, Concerta, mediknet, rubifén— aparece salpicada de advertencias: reacciones cutáneas graves, ansiedad, comportamiento agresivo y riesgo de síntomas psicóticos o maníacos.
¿Hay relación entre el TDAH y la depresión crónica?
Es una de las preguntas que sobrevuelan todo el asunto. Sí hay relación entre el TDAH en la infancia y otros trastornos en la adultez, y existe la sospecha del diagnóstico equivocado: cuadros que parecen depresión endógena y que esconden un TDAH o, incluso, un trastorno bipolar sin episodios maníacos claros. La desregulación emocional —cambios de ánimo casi instantáneos, reacciones que llevan de un estado a otro— apunta al TDAH más que al patrón bipolar clásico. Y también conviven con él las altas capacidades: hipersensibilidades que se confunden con autismo, con estrés crónico o con simple mal genio.
Al final, la pregunta que sobrevuela el hilo no es si el TDAH existe, sino si el mundo moderno tiene sitio para quien no sabe quedarse quieto, una duda que el hilo deja abierta. Que se lo pregunten a quien olvidó ir a buscar a su hija al colegio.