Muere Kissinger a los 100 años con Carrero Blanco en el foco
Henry Kissinger murió a los 100 años. El obituario se publicó la noche del
29 de noviembre de 2023 y, en lugar del funeral de elogios que cabría esperar, llegó una cascada de cuentas pendientes: el atentado que mató al almirante Carrero Blanco, el Nobel de la Paz, la apertura a China, el Sáhara y una ristra de nombres que se repiten en los papeles del caso Epstein. El diplomático estadounidense falleció en la cama, y ese detalle —
morir de viejo y no entre rejas— es el que más se repite.
Ahí arranca el problema del relato oficial. Un hombre que negoció la retirada de Vietnam y abrió la puerta a China se va sin sentarse ante un tribunal.
Cien años de vida y ninguna condena. La pregunta que sobrevuela no es si fue relevante, sino para quién trabajaba.
¿Por qué se acusa a Kissinger de ordenar la muerte de Carrero Blanco?
La acusación más repetida sostiene que Kissinger ordenó el asesinato del almirante
Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno español, porque este pretendía dotar a España de armamento nuclear y se negó a dar marcha atrás. El atentado ocurrió hace unos cincuenta años. Es una imputación sin resolución judicial: se formula como sospecha, nunca como hecho probado, y lleva medio siglo circulando.
Enfrente hay quien sostiene lo contrario con un argumento incómodo. Las insinuaciones sobre la connivencia de la CIA en el atentado llevan
cincuenta años repitiéndose, dice esa corriente, mientras las pruebas visibles apuntarían en dirección opuesta. Su pregunta es qué habríamos pensado si los presuntos responsables del atentado se hubieran fotografiado con el mayor enemigo de Kissinger. No hay veredicto. Hay dos relatos y ninguna sentencia.
El Nobel de la Paz, Vietnam y la apertura a China
El currículum que se le atribuye es de doble filo. Negoció la retirada de Vietnam y el acercamiento a China, méritos que una parte reivindica como
victorias contra el comunismo y otra lee como regalos estratégicos: convertir a China en la fábrica del mundo y entregarle conquistas militares y económicas. Sobre la mesa están también el Sáhara —la conocida como Marcha Verde— y la Transición española, que se engloba en la misma factura.
El
Nobel de la Paz que recibió es el punto más cínico para buena parte de las críticas: se ironiza con que el premio exija haber promovido al menos dos guerras. La defensa es minoritaria, pero existe y va en otra dirección:
un incansable luchador por la libertad, campeón contra el comunismo y buen amigo de España. La réplica llega rápido: pactar la retirada de Vietnam y el acercamiento a China no encaja con ese retrato.
El caso Epstein y las conexiones que no están probadas
Una parte de los mensajes enlaza el nombre de Kissinger con listas de asistentes a reuniones de
Jeffrey Epstein posteriores a su condena. En esas listas aparecen, según lo difundido, el director de la CIA William Burns, la abogada de Goldman Sachs Kathryn Ruemmler, el lingüista Noam Chomsky y un ejecutivo de la banca Rothschild, además de un consultor de Kissinger. Son menciones publicadas sin confirmación independiente y sin que exista una imputación derivada de ellas. El material circula como sospecha, no como prueba.
En el mismo paquete entran las referencias al
Nuevo Orden Mundial: una cita atribuida a Klaus Schwab sobre crear un nuevo orden y su vínculo con Kissinger. Y el argumento de fondo de otra corriente: que la élite que tomó el poder tras la Segunda Guerra Mundial está llegando a su jubilación definitiva y que sus herederos no parecen igual de hábiles. Eso es una hipótesis sobre el futuro, no un dato.
El funeral de Estado y la cuenta atrás de cinco años
Entre las coincidencias más difundidas está una: el obituario publicado a las
20:54 hora de la costa este del 29 de noviembre de 2023 encajaría, con un margen de dos días, con un mensaje anónimo de diciembre de 2018 que hablaba de un funeral de Estado. El cálculo se presenta como una predicción cumplida. No hay verificación posible más allá del encaje de fechas, y conviene recordarlo antes de darlo por bueno.
Lo que queda, al final, es una cifra redonda y una paradoja que no se cierra.
Cien años, un Nobel de la Paz, varias guerras con su firma y ni una sola condena. Quienes celebraban su muerte durmieron mejor esa noche, según cuentan; quienes lo defendían perdieron a un referente. El análisis se atasca exactamente ahí: no en si fue un mal hombre, sino en por qué nadie llegó a juzgarlo.