Cuatro muertos en una piscina natural precintada por oleaje
¿Cuántas señales hacen falta para que alguien no se meta en el agua? La piscina natural de Isla Cangrejo, en la costa de Los Gigantes (Santiago del Teide, Tenerife), estaba precintada y vallada, con carteles de riesgo extremo en varios idiomas y hasta fotografías que muestran cómo el mar barre la zona cuando hay mala mar. Pasadas las 16:00 horas del domingo, una ola golpeó el recinto. Tres personas fueron rescatadas ya sin vida y una cuarta, una mujer evacuada a un hospital, falleció esa misma noche.
Canarias llevaba desde el viernes en
prealerta por fenómenos costeros en el litoral norte y oeste de varias islas.
Quiénes eran las víctimas y cuántas siguen desaparecidas
Dos de los fallecidos en el lugar eran turistas de nacionalidad rumana y una eslovaca, según fuentes municipales que precisaron que la información aún no era oficial. La cuarta víctima, la mujer que había sido evacuada al hospital Hospiten Sur, murió horas después. Otra persona herida con contusiones moderadas fue trasladada al mismo centro. Hubo además un número indeterminado de heridos leves con magulladuras atendidos en el lugar por personal del Servicio de Urgencias Canario y por socorristas de la zona. La búsqueda de una persona desaparecida continuaba abierta.
La prealerta, declarada desde el viernes, cubría el litoral norte y oeste de El Hierro, La Palma, Fuerteventura y Lanzarote, y la costa norte de La Gomera, Tenerife y Gran Canaria. Es decir: el aviso existía, estaba publicado y era público.
El aviso y el debate sobre la responsabilidad
La pregunta que sobrevuela el suceso no es meteorológica, sino de incentivos. Una parte del análisis sostiene que el precinto fue abierto por bañistas que consideran que las advertencias no van con ellos; otra corriente pone el foco en la falta de banderas y de vigilancia permanente en un punto que no es una playa con servicio de socorrismo. Hay quien pregunta directamente quién responde de esa zona. Y hay quien recuerda que el mar, visto de lejos, siempre parece inofensivo: solo dentro se entiende la fuerza que acumula.
El testimonio de quien conoce el lugar añade un matiz incómodo: incluso con el mar en calma, las olas llegan a superar la barrera de esa piscina. Los carteles advierten de no quedarse en los bordes y de no caminar sobre las rocas con viento. La información estaba. La decisión, también.
El coste del rescate y el debate sobre quién paga
El otro eje del asunto es económico. Los servicios de emergencia movilizados —sanitarios, socorristas, medios aéreos y marítimos— tienen un coste que asume el erario público. Una corriente defiende que la factura recaiga sobre quienes ignoran un precinto; otra recuerda que los sistemas de rescate existen precisamente para esto y que condicionar la ayuda al pago destruye el principio de auxilio. El cálculo de lo que cuesta una operación de estas características, desglosado por medios y horas, es el tipo de número que nunca aparece en el comunicado oficial.
La «prealerta» como fórmula para no mojarse
La figura de la prealerta concentra buena parte de la crítica. Se argumenta que es un instrumento que permite a la administración decir «yo avisé» si ocurre una desgracia y «solo era una prealerta» si no ocurre nada. La alergia a asumir responsabilidades concretas —precisamente aquello por lo que se paga a un cargo público— queda retratada en un término que no obliga a cerrar, no prohíbe el acceso y no despliega vigilancia. Avisa, eso sí. Por escrito.
Por qué el mar mata incluso a quien sabe nadar
Entre rocas o en bahías cerradas, el oleaje combina golpes que desequilibran, impacto contra piedra, sifones y remolinos. Se palma rápido, incluso con neopreno y salvavidas. La superficie puede estar tranquila y esconder debajo un infierno. Quien lo ha vivido en primera persona lo describe como un suplicio del que se sale por suerte y por físico, no por técnica.
El comportamiento de rebaño remata el cuadro: si ves a tres o cuatro metidos en el agua, el cerebro interpreta que el peligro no es tal. Es el atajo mental más viejo del mundo y, en una piscina natural con el mar revuelto, el más caro.
Al final, cuatro muertos, un desaparecido y una pregunta sin responder: si el precinto estaba puesto, las señales en tres idiomas y las fotos del agua barriendo la zona, ¿qué más hacía falta?