Navidad 2025: lineales llenos y carros vacíos
Un sábado por la tarde, en vísperas navideñas, la carnicería de un hipermercado estaba vacía. En la pescadería quedaban seis o siete personas. Al salir, las cajas iban fluidas y se aparcaba en la puerta. La escena la describe alguien que insiste en el matiz: era
pre navidad, no un martes de febrero. Al día siguiente, domingo, a mediodía, el mismo patrón en otro centro comercial: aparcamiento sin problema y gente, sí, pero «ni de coña» como otros años.
El relato no es una impresión aislada. A lo largo del hilo, los participantes acumulan visitas a supermercados, pescaderías, centros comerciales y restaurantes con una conclusión que se repite:
hay género, hay stock y hay oferta, pero falta comprador. Los turrones siguen apilados en los lineales a diez días de Nochebuena. El Suchard ha bajado a 3,99 euros. Ni con esas.
El pescado que se rebaja solo
El indicador más citado no es el turrón, es el besugo. Según un testimonio del hilo, en las pescaderías se están viendo rebajas de precio:
60 euros el kilo frente a los 80 o 90 del año anterior. La lectura que se hace de ese descuento no es optimista: no baja porque sobre oferta, baja porque no hay quien lo pague. Es el mismo diagnóstico que se aplica a los dulces navideños, que llevan semanas en el mismo sitio esperando.
El patrón se repite en el consumo fuera de casa. Los restaurantes buenos se llenan, pero con matices: quien los frecuenta reconoce que sostener el calendario navideño completo —comidas de empresa, de antiguos alumnos, familiares, con amigos— «es caro de cojones», y que aún quedan citas pendientes hasta después de Reyes. La hostelería aguanta por acumulación de compromisos, no por alegría de gasto.
¿Estamos ante el punto de inflexión de la crisis?
La pregunta recorre el hilo entero y no tiene una respuesta única. Una corriente sostiene que esto es el arranque de otro ciclo de contracción, con la inflación acumulada comiendo salario real año tras año y un escenario que se describe como
2008 reloaded. Otra postura, más incómoda, niega que haya inflexión alguna:
España no lleva 17 años en crisis, España es así. Lo extraordinario, se argumenta, fue la década 1998-2008, no lo que vino después.
Entre medias aparece el dato que mejor resume la erosión silenciosa. Un ejercicio de memoria personal compara la docena de huevos y la nómina neta con tres años de diferencia: el producto pasa de 1,95 a 3,15 euros, un 160% más, mientras el sueldo sube de 1.432 a 1.578 euros, un 110%. El resultado, según ese cálculo, es
un 30% más pobre en tres años. La compra se limita a lo imprescindible.
Black Friday sin fiebre y cestas de empresa que desaparecen
El cambio de hábito no se mide solo en el carro de la compra. En un entorno de unas cincuenta personas de distinta clase social, se observa que nadie ha presumido de compras en Black Friday, que no ha habido el intercambio de enlaces de otros años, que las cestas de Navidad han pasado de moda y que los viajes al extranjero se han sustituido por pueblos familiares, casas rurales y alojamientos cercanos. Varias empresas han dejado de costear la comida de fin de año y los empleados la han pagado de su bolsillo.
Quien trabaja en la sección de un hipermercado desde hace años aporta la perspectiva más larga: antes de la pandemia, noviembre arrancaba con el Black Friday y era un no parar hasta Reyes. Ahora hay tardes «muy muy muy tranquilas», con picos puntuales de gente que no se parecen en nada a lo anterior. El punto de inflexión lo sitúa ahí, en el cambio de patrones de consumo.
Congelar en noviembre para no pagar en diciembre
Hay una explicación logística que compite con la del bolsillo: según un participante, mucha gente ha comprado carne y pescado con un mes de antelación y lo ha congelado. A diez días de Nochebuena, el género fresco se vende poco y los comercios, a su pesar, mantienen precios. La consecuencia cultural es más profunda:
los tiempos del anfitrión que tiraba la casa por la ventana con centollos, navajas, percebes y bogavante se han acabado. Hasta unos huevos fritos con patatas cuestan el doble que hace un año, según ese mismo cálculo.
No todo el mundo ve lo mismo. Hay quien describe Asturias como un hervidero, con Gijón, Oviedo y la costa imposibles sin reservar con dos semanas de antelación y cachopos que han pasado de 16 a 25 euros. Y hay quien, en el extremo opuesto, resume su compra navideña en cuatro comidas y una agenda llena hasta después de Reyes. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez: el gasto se concentra donde ya se concentraba.
Queda el dato que descoloca. En un hipermercado, a escasos días de Nochebuena, los lineales de turrones y dulces seguían llenos. La conclusión que se repite es la misma que la del pescado y la del aparcamiento: no hay un chavo. Con estos diferenciales de precio, la caída del consumo navideño debería ser más visible en las estadísticas oficiales. En las cajas, ya lo es.