Radares nucleares atacados: la guerra que ya no moviliza a nadie
El ataque a radares cuya función principal es detectar ojivas nucleares en territorio ruso no ha sacado a nadie a la calle. Es la paradoja que abre este debate: mientras una parte de la conversación pública asume que la escalada es inevitable, la reacción social es el silencio. Ni manifestaciones por la paz, ni indignación masiva, ni siquiera el ruido que generaban las marchas de 2003. La pregunta que sobrevuela todo el intercambio no es si habrá guerra, sino por qué nadie parece dispuesto a pararla.
Qué se está atacando y por qué importa
El punto de partida es concreto: se están atacando radares nucleares en territorio ruso, infraestructuras cuya función principal es detectar ojivas nucleares. No es un objetivo cualquiera. Tocar ese tipo de instalación significa meter el dedo en el mecanismo de alerta temprana de una potencia nuclear, y eso reduce los márgenes de error a casi nada. Quien plantea el asunto lo hace con una mezcla de alarma y desconcierto: si esto no genera una reacción social, qué la va a generar.
La respuesta que recibe no es tranquilizadora. Hay quien recuerda que los rusos también tienen satélites, como si eso rebajara la gravedad del asunto. Otros directamente asumen que el escenario de un hongo nuclear visto desde la ventana es ya una posibilidad asumida con resignación. La conversación no gira en torno a evitarlo, sino a cuánto tardará.
El cálculo económico que nadie quiere hacer
El segundo eje del debate es material: qué pasaría con la economía europea si un artefacto nuclear ruso detona cerca de Polonia. La hipótesis que se maneja es que eso bastaría para reconvertir el continente en una economía de guerra, con empleos destruidos y el turismo parado en seco. No es un ejercicio teórico: es la descripción de un cambio de modelo forzado por las circunstancias.
Frente a eso aparece una corriente que va más allá y sostiene que una guerra total sería un mal necesario para reconducir recursos, ética social y productividad. La formulación es dura, pero el propio autor la matiza: tiene hijos y no quiere que vean lo que vieron sus bisabuelos. Es decir, la hipótesis se lanza y se retira casi en la misma frase. En el lado opuesto, la resistencia es explícita: nadie quiere perder su trabajo, pasar hambre ni quedar a merced de bandas callejeras sin médico disponible. La comparación es brutal: lo mismo que ahora, pero multiplicado por la enésima potencia.
La ventana de Overton y el control total
Hay una línea de análisis que sitúa el origen del problema en la ampliación progresiva de lo decible. La tesis es que la ventana de Overton se ha ido ensanchando durante mucho tiempo y que, desde la pandemia, el proceso se aceleró. La conclusión que se extrae es que las élites que impulsaron esa ingeniería social no van a parar ahora, y que lo esperable es una situación caótica, violenta y con la población bajo control total.
Esa lectura convive con otra que apunta a los dirigentes europeos como responsables directos de la escalada. La crítica es que se criminaliza cualquier intento de devolver las ojivas que la OTAN querría desplegar bajo una nueva estrategia nuclear occidental basada en atacar primero. La discusión deriva hacia quién se ha expandido: si la OTAN incumpliendo promesas hechas a Moscú para que disolviera la Unión Soviética, o si Rusia. La propia Rusia solicitó ingresar en la OTAN en su momento, según se recuerda en el intercambio, para formar parte de una organización supuestamente defensiva.
Lo que se espera de una guerra nuclear
Aquí el debate se divide entre quienes creen que una guerra total sería como la Segunda Guerra Mundial y quienes sostienen que sería otra cosa. La objeción es clara: hoy esa guerra podría ser brutalmente nuclear y arrasar la mayor parte de Occidente sin remisión. Desde esa óptica, España se salvaría por irrelevancia, con unos pocos impactos en bases de Estados Unidos y la OTAN y como mucho una o dos ciudades grandes. Seríamos de los menos afectados de Europa, junto con Portugal y otros países alejados del centro y del eje anglosajón.
La contraposición es que el pueblo ruso es distinto, más duro y sacrificado, y que eso cambia las reglas del juego. Se recuerda lo que soportaron en la Segunda Guerra Mundial y cómo aún valoran a Stalin pese a todo lo que hizo. La conclusión que se extrae es que si los rusos lanzan un artefacto táctico no lo harán en el Mar del Norte, sino en Lvov o en una central nuclear ucraniana cercana a la frontera polaca, con un mensaje televisado y la advertencia de que el siguiente objetivo sería Berlín, Bruselas o Londres. A partir de ahí, la predicción es que Occidente recularía.
El escenario que se descarta y el que se teme
Frente a la imagen de aniquilación total, hay quien plantea un escenario más contenido: dos o tres artefactos, como pasó en Japón, y a repensar las cosas. La analogía es la de un golpe en la mesa en una partida de cartas cuando el otro hace trampas y no escucha. No tiene por qué llegar a las manos. Putin podría lanzar una táctica en el Mar del Norte y ahí pararse todo, con todo el mundo nervioso negociando. O lanzar otra en Rusia y responder de nuevo y parar ahí.
La respuesta a esa hipótesis es que quien la plantea debería dedicarse al cine. El argumento que se opone es que si los rusos lanzan, no lo harán en el Mar del Norte, y que el infierno radiactivo duraría diez o doce siglos. La pregunta que se lanza entonces es qué ganan esas élites volviendo a la Edad de Piedra en unos pocos oasis libres de radiación en la Patagonia, y eso si los nativos les dejan refugiarse allí.
La paz como amenaza para el orden actual
El cierre del intercambio apunta a una idea incómoda: no interesa la paz a las élites porque la paz implica el fin de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Es la tesis que se sostiene al final, después de que alguien haya planteado que la duda no es si habrá guerra, sino cuándo empezará sin ambages. La observación de fondo es que Estados Unidos tampoco puede permitirse perder esta guerra, porque una contienda en Europa le devolvería el liderazgo imperialista indiscutible en un momento de decadencia.
Y mientras tanto, la pregunta inicial sigue sin respuesta. ¿Por qué nadie se manifiesta? ¿Por qué el ataque a un radar nuclear no llena las plazas? La explicación que se apunta es que las manifestaciones por la paz de 2003 no fueron tales, sino actos promovidos por partidos con fines electoralistas. Las verdaderas solo pueden surgir de la sociedad civil, sin pancarta de partido ni sindicato. Si eso es cierto, la conclusión es incómoda: puede que ya no quede sociedad civil dispuesta a salir.