1.800€ de nómina, 450 de alquiler y ni un euro ahorrado
Faltan días para la nómina y media plantilla consulta la cuenta corriente cada pocas horas. Hasta ahí, nada raro. Lo llamativo llega cuando uno de los trabajadores admite que él no mira si ya le han pagado. La respuesta no es de extrañeza:
un asalariado que cobra entre 1.800 y 1.900€ al mes, sin hijos ni mascotas, con un
alquiler de 450€, confiesa que tampoco tiene nada ahorrado. Ni 2.000€.
Vive al día, dice, y llega justo a fin de mes. El resto de la oficina asiente.
La conversación arranca con una cifra que no cuadra. Quien lanza la pregunta paga 520€ de alquiler y calcula su
gasto no vinculado a la vivienda en 200-250€ al mes, sin privarse de casi nada. Al compañero, en cambio, le sobran 1.400€ cada mes después de pagar el alquiler. ¿Dónde se van?
En qué se van 1.400 euros al mes
Las primeras explicaciones apuntan a lo pequeño y repetido. Un cálculo que circula: café de bar, copa, un paquete de tabaco y un par de euros en la máquina suman
unos 15€ diarios; multiplicados, dejan la sensación de que
se va medio sueldo en la tontada sin que nadie lo note. A eso se añade, según otro forero, el desayuno fuera (3,50€), el menú de mediodía cuando hay jornada partida y los 5€ sueltos en la expendedora de la oficina.
Otro desglose pone cifras al ocio de fin de semana:
salir viernes y sábado a 50€ por día son 400€ al mes, antes de contar cenas, entradas o desplazamientos.
Suscripciones, plazos y postureo de Instagram
El segundo bloque es el de las cuotas que se renuevan solas. Un paquete de televisión de pago tipo fusión ronda los
100€ mensuales, y quien lo paga reconoce que apurando promociones ahorraría entre 60 y 70€. Encima, HBO, Amazon Prime y el fútbol, más las películas sueltas de 3,99€ que se compran por recomendación del algoritmo.
Después está el pago a plazos. Media casa —móvil, portátil, electrodomésticos— se compra financiada, de modo que hay quien arrastra una suerte de
hipoteca sobre objetos que duran dos años. Y por encima, el escaparate: fotos de paella, copa de 12€, un fin de semana en Tenerife, el siguiente en Palma, después Chiclana. Una interpretación que se repite sostiene que esa maquinaria de aparentar
reúne 2.000-3.000€ al año y los funde en septiembre, cuando toca pedir ayuda en casa.
¿Por qué la compra grande cuesta el doble según quién la haga?
La diferencia está en cómo se compra, no en cuánto se come: una compra fuerte de hogar y alimentación para todo el mes puede salir por 70€, o dispararse a 150-200€ con el mismo carro, sin contar las incursiones diarias al supermercado de debajo de casa. Frente a la cesta de una sola vez, la comodidad cobra interés.
Un litro de amoniaco de 0,70€ diluido en un pulverizador cumple la función de un limpiagrasas de 1,70€ o de 2,50€. Un pollo entero y un paquete de arroz rinden más que sus versiones troceadas y precocinadas, y una ración de arroz de vasito cuesta 1,50€ cuando el paquete sale por menos. Y, según otro participante, buena parte de la comida fresca acaba en la nevera hasta que se tira.
De 1.000 a 3.500 euros de gasto: los escenarios que se manejan
Una persona sin hipoteca, que va andando al trabajo, come en casa y no paga gimnasio, peluquería ni copas declara
1.000€ de gastos fijos al mes, de los cuales 400€ son profesionales. Y añade el toque irónico: el
secreto está en las pensiones de los abuelos.
En el otro extremo, la escalada sin freno. Con just eat, cafetería, una persona que limpie en casa, ropa de temporada, móvil nuevo y coche en renting se llega a 1.700€ al mes. Sumando tele nueva, sofá, consola, mudanza a un piso mejor y viajes con hotel, la cifra sube a 2.200€. Si la casa es un chalet con piscina lejos del trabajo, el escenario se coloca en
3.500€ mensuales. Como resume un forero, el que tiene, gasta: lo raro es gastar poco teniendo el bolsillo holgado.
¿Sirve de algo llevar las cuentas en Excel?
La respuesta depende de a quién se pregunte. Hay quien defiende la contabilidad personal como herramienta de control: saber cuánto entra, cuánto sale, apuntar cada compra, anticipar el IBI o el impuesto de circulación. El argumento es que sin medir no se puede mejorar nada.
Enfrente, otra postura la considera prescindible: no se gasta menos por apuntarlo, y resulta más útil saber a cuánto sale la hora de trabajo o qué precio es normal para lo que uno compra. Buena parte coincide en lo esencial:
el problema no es la falta de Excel, sino la falta de cabeza. Un ejemplo que se repite: un forero contó que, al comentar que últimamente veía menos series y que así ahorraba tiempo y dinero, la sorpresa de su entorno fue mayúscula.
Y el remate lo pone un caso que rompe el relato. Una compañera que se quejaba cada mes de no llegar, y que al final resultó que cuando cobraba metía la mitad de la nómina en una cuenta de ahorros.