Casanova rueda vampiras con VIH y lenguaje inclusivo
Eduardo Casanova, el niño que hacía de perturbado en
Aída y que hoy es uno de los nombres más reconocibles del cine español subvencionado, prepara una serie titulada
Silencio: un relato de vampiras que conviven con el VIH y que se expresan con lenguaje inclusivo. El anuncio, difundido a través de una publicación en redes, ha bastado para reabrir la herida de siempre: quién paga esto y por qué.
La respuesta no ha tardado. En cuestión de horas, la conversación ha derivado hacia un único terreno:
el dinero público. No hacia el guion, ni hacia el reparto, ni hacia si el producto será bueno o malo. Hacia la factura.
Quién financia la serie de vampiras con VIH
Sobre el papel, la producción figura coproducida con apoyo de la Unión Europea a través del programa
Creative Europe MEDIA, según los datos que se han ido rastreando en la propia discusión. Eso implica financiación comunitaria, pero no acredita por sí solo subvenciones de administraciones españolas, un matiz que en el fragor del intercambio se pierde con frecuencia.
Junto a esa vía europea aparece
Apoyo Positivo, una ONG declarada de utilidad pública, como entidad vinculada al proyecto. La combinación —fondos comunitarios más tejido asociativo— dibuja el modelo habitual de cierto cine español: proyectos que no necesitan taquilla para existir porque su viabilidad se decide antes del estreno.
Ahí está el núcleo del enfado. No es la temática. Es que, como resume una de las intervenciones más repetidas, si lo paga un privado cada cual hace con su dinero lo que quiera, pero si lo paga el contribuyente la cosa cambia.
Cuánto cuesta y quién lo paga
La pregunta que recorre toda la conversación es de una simpleza incómoda:
¿cuánto nos va a costar? Porque, se argumenta, estos desvaríos no salen baratos. Y ahí aparece el precedente que varios traen a colación: la anterior incursión del director, que según se sostiene habría recaudado una fracción mínima de lo gastado en producción y habría dejado los cines tras el primer fin de semana.
Ese cálculo, repetido con distintas cifras según quién lo cuente, funciona como munición argumental. La industria se defiende sola, dicen otros: sin ayudas, buena parte de la producción nacional desaparecería. El contraargumento es que esa misma dependencia mantiene viva una estructura que debería renovarse y deja fuera a quien sí llena salas.
Hay quien va más allá y sostiene que el problema no es el importe, sino la
asignación discrecional: los mismos nombres, las mismas productoras, los mismos circuitos. Y un detalle que se repite: si el resultado no lo ve casi nadie, la subvención ya ha cumplido su función.
El argumento creativo: vampiras, VIH y lenguaje inclusivo
Más allá del dinero, el proyecto ha activado otra discusión, la cultural. Hay quien recuerda que Jesús Franco ya rodaba películas de vampiras lesbianas en los años setenta, con menos presupuesto y, a juicio de varios, más gusto. La transgresión, se dice, se ha vuelto fea; y si el mal se muestra tal cual es, no seduce a nadie.
Otra corriente lee el asunto en clave de época. La combinación de vampiros, diagnóstico serológico y vocabulario inclusivo se interpreta como una síntesis perfecta del cine que se financia por criterios identitarios antes que comerciales. No es una crítica al contenido, insisten, sino al mecanismo que lo hace posible.
Y una tercera vía, minoritaria pero presente, defiende que precisamente para eso está el dinero público: para lo que el mercado no tocaría. La discusión, en ese punto, deja de ser sobre la serie y pasa a ser sobre el modelo.
Qué se dice del director y de su trayectoria
La figura de Casanova concentra buena parte del ruido. Se le recuerda como el niño que interpretaba a un personaje perturbado en
Aída y se especula, sin prueba alguna, con que ese papel marcó su carrera posterior. Es el tipo de razonamiento que estos días circula con más frecuencia que los datos.
También se repite la tesis de que su filmografía se sostiene sobre contactos y no sobre resultados de taquilla. Es una afirmación que se lanza sin documentar y que conviene tratar como lo que es: una opinión extendida, no un hecho acreditado.
Lo cierto es que el nombre funciona como imán. Cada nuevo proyecto suyo reactiva el mismo circuito: anuncio, indignación, búsqueda de la partida presupuestaria y vuelta a empezar.
El patrón que se repite cada temporada
La secuencia es casi mecánica. Primero llega el anuncio llamativo. Después, la pregunta por la financiación. Luego, el recuento de precedentes fallidos. Y al final, la constatación de que nada cambia: el proyecto se rueda, se estrena en circuito limitado y la subvención ya está cobrada.
Lo que sí ha cambiado es el tono. Hace años estas discusiones se cerraban con un encogimiento de hombros. Ahora se cierran con una cifra: la mitad de esa subvención, se asegura, bastaría para rodar algo que recaude cincuenta veces más.
Puede que sea exagerado. Puede que no. Lo que no admite discusión es que el modelo sigue en pie y que nadie ha encontrado la manera de que deje de ser noticia.