El «avance ruso de 32 km»: las cifras que no cuadran
¿Cuántos kilómetros ha avanzado Rusia en el frente sur de Ucrania? Según cómo se mire,
32 o apenas
uno a la semana. Entre ambas versiones hay una llanura sin apenas accidentes, varios mapas que han tenido que redibujarse de un día para otro y la sospecha, cada vez más extendida, de que la cifra exacta importa menos que quién la firma.
La ofensiva en la dirección Mykolaiv-Krivói Rog se ha convertido en el escaparate de dos relatos que se alimentan el uno del otro. El Ministerio de Defensa ruso sostiene que sus fuerzas aerotransportadas
frenaron el avance ucraniano en ese eje. Kiev admite la pérdida de algún núcleo urbano, pero niega que se trate de un avance significativo. Y los mapas, que hasta ahora servían de árbitro, han dejado de ser neutrales: algunos, según distintas versiones, se habrían recalculado de golpe cuando la realidad dejó de encajar con el dibujo.
¿Cuántos kilómetros ha avanzado realmente Rusia en el frente sur?
Las cifras que circulan son un ejercicio de aritmética contradictoria. Hay quien defiende que Rusia ha ganado
32 kilómetros en un solo movimiento. Hay quien rebaja el avance a
3 kilómetros, o a 12 kilómetros cuadrados. Otra versión habla de
15 kilómetros en la mitad norte del frente. Y los escépticos sostienen que todo se reduce a menos de
un kilómetro por semana, en una zona sin elevaciones ni obstáculos naturales donde cualquier ganancia debería ser, en teoría, más rápida.
Ninguna de esas cifras viene acompañada de un parte oficial completo. Ese es el problema de fondo: en una guerra donde la información es un arma, la primera víctima es la unidad de medida. Tres kilómetros pueden ser decisivos en una ciudad y absolutamente irrelevantes en una estepa. El dato aislado, sin el mapa y sin el contexto, no dice casi nada; y sin embargo es lo único que todos esgrimen.
El recálculo de los mapas del frente sur
La explicación más repetida para justificar el salto repentino es que los mapas pro-ucranianos situaban la línea de frente
mucho más atrás de donde estaba. Al perderse un par de localidades, el cálculo dejó de cuadrar y hubo que recolocar de golpe varios trazos. De un día para otro, Rusia aparecía decenas de kilómetros al norte sin que nadie hubiera disparado un tiro nuevo.
Es una hipótesis razonable y difícil de verificar. Si los mapas exageraban la retirada rusa, el error no era de ahora, sino de semanas antes. Si, por el contrario, el avance es real y se produjo en horas, entonces Rusia logró en un día lo que no consiguió en meses. Las dos lecturas incomodan a alguien. Y ninguna de las dos se puede confirmar solo con cambiar un color en un mapa.
Jersón: la contraofensiva ucraniana que no despegó
El segundo frente de esta historia está al oeste, en Jersón. Allí Ucrania lanzó varias operaciones para tratar de cercar la ciudad. Quienes observan el terreno sostienen que el desgaste fue considerable y que en algunos sectores no quedó nadie para defender los pueblos desde los que partió el ataque. Rusia habría recuperado esos puntos después sin apenas oposición.
De ahí nace otra lectura: el mando ruso habría retirado fuerzas del
Dombás para frenar precisamente esa ofensiva, y eso explicaría el terreno cedido al sur de Izium. Es decir, lo que unos presentan como derrota, otros lo describen como una maniobra de reequilibrio. La discusión sobre quién avanza se parece, cada vez más, a una discusión sobre presupuestos.
¿Avanzar territorio equivale a ganar la guerra?
Aquí el desacuerdo deja de ser sobre mapas y pasa a ser estratégico. Ganar o perder depende de los
objetivos marcados, no del terreno ocupado de forma provisional. Se recuerdan casos como Vietnam o Corea: ejércitos que no ganaron cada batalla y, aun así, no perdieron la guerra.
El contraargumento es igual de directo. La intención inicial era tomar Kiev en la primera semana, y eso no ocurrió. Y si el objetivo declarado es
desmilitarizar Ucrania, cada mes de guerra desgasta también al que ataca. Un rodillo es un rodillo, pero el combustible, los repuestos y las municiones cuestan dinero, y el dinero también se acaba.
Hay una tercera vía más fría: los avances se miden en kilómetros y en kilómetros cuadrados porque es lo único cuantificable. La moral, el reclutamiento y la capacidad industrial no salen en los mapas. Y probablemente sean esos factores, y no una franja concreta de terreno, los que terminen decidiendo el resultado.
La batalla del relato y el frente energético
Ninguno de los dos bandos publica un parte de bajas verificable, así que la discusión se apoya en imágenes de satélite, vídeos de dudosa geolocalización y notas de agencia que cada medio peina según su línea. La coincidencia es casi nula y el lector queda con la sensación de estar viendo dos guerras distintas en el mismo sitio. El escepticismo hacia los grandes medios, por cierto, es una constante: hay quien directamente los califica de
panfletos propagandísticos, vengan de donde vengan.
A ese ruido se suma el factor energético. La llegada del invierno y el corte del gas ruso hacia Europa se han convertido en un arma más del conflicto, con Alemania en el punto de mira por su dependencia. El HIMARS aparece en la conversación como contrapeso técnico a la artillería rusa, mientras el pulso por el suministro define qué economías aguantan mejor el desgaste. La batería de una guerra se mide en kilómetros; también en facturas.
Al final, la pregunta de cuánto ha avanzado Rusia en el frente sur tiene una respuesta sencilla: lo que digan los mapas que se redibujen la próxima semana. Los que hoy señalan 32 kilómetros, mañana señalarán cinco, o ninguno, y siempre habrá una explicación razonable a posteriori. Lo único que no cambia es que las cifras exactas se conocen mucho después de que hayan dejado de importar.