Rusia y el desgaste en Ucrania: ni blitzkrieg ni finta
Una potencia que asegura tener material de sobra para aplastar a su vecino lleva meses arañando kilómetros con la artillería como única herramienta fiable. Esa es la contradicción que abre el asunto: por qué Rusia renunció al golpe rápido y se instaló en un pulso de desgaste. El planteamiento inicial incluye además una sospecha —que a alguien le conviene una guerra lenta para hundir definitivamente a Europa— que se lanza al aire y ahí se queda:
en el aire. Nadie la ha convertido en dato.
La barrera defensiva más fortificada de la historia
El argumento que más peso tiene entre quienes descartan la improvisación es puramente material: atacar de frente unas defensas bien hechas y pensadas tiene un coste enorme en vidas. Rusia minimiza bajas ante lo que se describe como
la barrera defensiva más fortificada de la Historia mundial. Podría lanzarlo todo, pero tendría muchísimas bajas. Y no tiene prisa.
El símil histórico que se repite es la línea Maginot: estrellarse contra una fortificación preparada es la peor forma de gastar un ejército. La conclusión que extraen varios análisis es que la guerra es hoy de posiciones y desgaste, un terreno donde la artillería se impone y donde las tropas rusas, según esta lectura, se encuentran más cómodas. La línea del frente es larguísima y sostenerla en toda su extensión exige unos recursos enormes. De ahí el fuego lento.
¿Fue Kyiv una finta o el primer fracaso?
Aquí el relato se parte en dos. Hay quien sostiene que la marcha sobre Kyiv fue el plan real: las mejores unidades, paracaidistas incluidos, apuntaron a la capital para descabezar el gobierno e instalar un ejecutivo afín. Como prueba se cita un detalle casi cómico:
las medallas ya acuñadas para conmemorar la captura de Kiev acabaron en un camión destrozado en mitad de Ucrania. Difícil preparar una condecoración para una maniobra distractoria que nunca pensabas completar.
Enfrente está la versión del fracaso sin paliativos. Si aquello fue una finta, la pregunta es inmediata: dónde están los grandes avances por el este. Porque el frente oriental sigue estancado y, mientras, la retaguardia rusa recibe golpes con sistemas de precisión sobre depósitos de munición, puestos de mando y combustible. Se retiraron de Kyiv y no rompieron por ninguna otra parte. También circula una versión según la cual una operación planificada para marzo saltó por los aires al estar infiltrado el estado mayor ucraniano y filtrarse el plan completo. Son relatos que no se pueden verificar desde fuera.
Los números del desgaste: 2.700 carros y mil perdidos
El dato que mide mejor la mordida es el material acorazado. Rusia comenzó la guerra con
2.700 carros de combate en servicio y ha perdido cerca de un millar, según el cálculo que se maneja en la discusión. Desde hace un par de meses se ha recurrido a
carros T-62 sacados del almacén, de la época soviética. Con esa foto se entiende bastante mejor la situación.
La división de opiniones es total. Unos leen ahí la prueba de que no se está usando toda la fuerza porque nunca fue el objetivo: el oeste de Ucrania no vale gran cosa en términos de materias primas e industria, así que mejor que se lo quede otro. Otros ven exactamente lo contrario: la mitad de los carros más modernos y capaces quedaron por el camino hacia Kyiv, y eso no se tapa con fintas.
Siete frentes, reclutas y sin superioridad aérea
El repaso operativo que se hace en la discusión es demoledor en detalles concretos. Se atacó en
siete frentes diferentes a la vez, con la pesadilla logística que eso conlleva. No se logró la superioridad aérea, no se destruyeron los aeródromos ni se cortaron las comunicaciones con armamento de crucero. Y, según una de las versiones manejadas, alrededor del
65% de los efectivos serían reclutas. Encima, el ataque arrancó en pleno invierno.
El contrapunto llega desde quien observa que las prisas no benefician a nadie y que cada guerra tiene sus peculiaridades. En ese terreno, la artillería funciona como igualador: si no se puede avanzar rápido, se machaca. Es la parte menos discutible de todo el asunto, porque el volumen de fuego no depende de la maniobra audaz sino de la munición acumulada.
El boomerang de las sanciones y la guerra larga
Queda el plano económico, que es donde se decide cuánto dura esto. Ucrania cuenta, según quienes subrayan su respaldo exterior, con soporte táctico, tecnológico, económico, armamentístico y logístico de la OTAN, y eso no es moco de pavo. En el otro lado, en el análisis que se hace en el debate las sanciones occidentales habrían tenido un efecto boomerang: lejos de asfixiar a Rusia, habrían incrementado sus ingresos por exportaciones, lo que permitiría sostener financieramente un conflicto más largo de lo previsto.
La simetría con 1941 se invoca con sorna: lo mejor está detrás de los Urales y aún no ha llegado el invierno. Sobre quién castiga más la retaguardia enemiga hay discrepancia abierta —unos ven sistemáticos los golpes ucranianos con lanzacohetes y obuses occidentales, otros responden que los rusos machacan rotaciones y logística de forma constante— y ninguna de las dos partes puede demostrar su parte con los datos que circulan.
El análisis se atasca exactamente aquí: no hay forma de saber si la lentitud rusa es una elección deliberada para desgastar, como sostienen unos, o el resultado inevitable de una fuerza quemada que ya no puede hacer otra cosa, como sostienen otros. Cada bando tiene su explicación y ninguna es verificable desde fuera del frente. La guerra sigue midiéndose en poblados, no en kilómetros.