Jet privado en el Báltico: la conexión que llegó hasta Nord Stream
Cuatro alemanes de una misma familia, un Cessna Citation II/SP con cuatro décadas a cuestas y una ruta que atravesó España, Francia y Alemania hasta desplomarse sobre el mar Báltico. El aparato dejó de responder y, según el relato que circuló tras el siniestro, cazas de la OTAN lo siguieron hasta su final frente a la costa letona. La pregunta dejó de ser cómo cayó el avión. Pasó a ser quién iba dentro.
Quién viajaba en el jet privado siniestrado en el Báltico
Los cuatro ocupantes eran de nacionalidad alemana, todos de la misma familia, incluido el piloto, y con residencia temporal en Zahara de los Atunes (Cádiz). La aeronave había despegado de Jerez y, antes de perderse, había cruzado la península, Francia y Alemania con rumbo al Báltico. Entró en el espacio aéreo próximo a Letonia y se fue al agua. La cifra que encendió las sospechas no fue el número de víctimas, sino un nombre: el del supuesto propietario de la aerolínea. Todo lo demás vino rodado.
La conexión Griesemann y Nord Stream que la empresa desmiente
La versión que corrió más rápido aseguraba que el fallecido era
Peter Griesemann, propietario de la empresa que mantenía los gasoductos Nord Stream. De ahí al «ya no puede ser casualidad» había un paso, y se dio sin freno. La propia compañía lo ha negado por escrito:
«Niegan relación en el presente o en el pasado con Nord Stream», según la respuesta difundida tras consultar a la firma. El nudo de todo el relato conspirativo se apoya, por tanto, en un vínculo que la empresa niega. Y una desmentida en toda regla rara vez frena a quien ya tiene su película montada.
También se repitió que el avión entró en barrena y se estrelló sin que ningún caza lo derribara antes, pese a ir escoltado. Para unos, eso demuestra que nadie quiso pararlo; para otros, simplemente que un jet privado puede perder presión y caer sin que nadie lo tumbe.
Por qué el avión cayó en barrena: las hipótesis técnicas
La explicación aburrida no encaja en ningún thriller. La aeronave, un Citation de unos cuarenta años, volaba en crucero a
FL360, según el relato técnico que circula. En vuelo monopiloto, el manual exigiría llevar la máscara de oxígeno a partir de FL300. Los problemas de presurización, aunque suenen dramáticos, son relativamente frecuentes: en su mayoría se deben a fallos de sensores o de alguna válvula, y se corrigen con procedimientos que las tripulaciones reentrenan cada seis meses en el simulador. Las descompresiones explosivas son mucho más raras.
¿Y la barrena? La hipótesis que manejan quienes conocen los sistemas apunta al apagado de motores en vuelo. Si el sistema de gestión está configurado para no descender, el aparato pierde velocidad, entra en pérdida y cae girando sobre sí mismo. Otra posibilidad es que el piloto automático se desconecte al fallar los generadores y el empuje asimétrico lo saque de parámetros. Un avión sin motores no cambia de rumbo por arte de magia. Cambia de rumbo porque se está cayendo.
¿Por qué cualquier siniestro engorda la lista de «casualidades»?
Porque el patrón se repite y el patrón vende. A la lista se fueron sumando otros nombres: el de
Kary Mullis, fallecido poco antes del arranque de la pandemia, o los oligarcas que, según se repite, cayeron desde un octavo piso con la familia incluida. Cada siniestro se convierte en una pieza del mismo puzle, aunque las piezas no encajen entre sí ni tengan la misma forma.
El razonamiento que circula sostiene que quien se niega a colaborar con un plan mayor acaba eliminado, y que los gasoductos no reventaron, sino que habrían estado funcionando de tapadillo. Ahí está el problema: cuando todo encaja en la misma teoría, nada se puede comprobar.
El gasoducto, la prensa alemana y la sombra del blanqueo
En paralelo al accidente, otra noticia avivó el runrún:
Gazprom confirmó que la presión en los gasoductos Nord Stream se había reestabilizado, según el mensaje que circuló en el hilo. Para unos, prueba de que las tuberías seguían operativas; para otros, un dato técnico sin recorrido. Mientras, en Alemania, la cobertura del siniestro se centró en el perfil del fallecido como amante del sur de España y del carnaval de Colonia, sin entrar apenas en el origen de su fortuna, según la lectura de quienes siguieron la prensa local.
Con estos mimbres, el asunto se queda donde estaba: un avión que, según las hipótesis, perdió presión, una familia muerta y una lista de sospechas que crece más deprisa que cualquier prueba. ¿Cuántas desmentidas harían falta para que el próximo nombre no arrastrara, otra vez, la sombra de un gasoducto?