La queja: ni un varón al volante en el anuncio de coches
El varón de siempre ha desaparecido del anuncio de coches, sostiene quien abre la queja. No hay censo que certifique esa ausencia —nadie audita el casting de un spot—, pero el hilo encadena unos cuantos spots de televisión para comprobar que el asiento del conductor lo ocupan ellas y que ellos, cuando asoman, lo hacen de acompañantes o de figurantes. La queja se repite con un catálogo de ejemplos que no deja de crecer: turismos, todocaminos y campañas de lanzamiento con una conductora en primer plano y ninguna presencia masculina con peso.
La pregunta interesante no es si es verdad. Es quién firma la compra.
¿Quién decide qué coche se compra en casa?
La explicación más repetida en el hilo es que el comprador y el decisor no son la misma persona. El hombre pone el dinero y compara motores; la elección final —color, modelo, tamaño— la cierra muchas veces otra persona. Bajo esa lógica, el anuncio no se dirige a quien conduce, sino a quien influye, y ahí la balanza se inclina hacia ellas.
Un cálculo que circula en esta discusión cifra el gasto femenino entre
1 y 5 veces por encima del masculino, con compras además esporádicas y poco planificadas. De ahí a la conclusión de que son «la base del capitalismo» solo hay un paso. En contra juega un argumento menos elegante: que ellos gastan menos porque les importa menos aparentar. Alguno resume su posición con «un saco de papas y un Renault 5» y se declara satisfecho con eso.
¿Por qué una marca renuncia al comprador de toda la vida?
Porque, según la hipótesis menos sentimental, ya no depende de él. Varios mensajes sostienen que las grandes marcas no viven de lo que venden, sino de
cómo las valora el mercado: capital, fondos de inversión y expectativas sobre la cotización pesarían más que el ticket de un concesionario. Si el accionista premia determinadas campañas, la campaña se hace, compre o no compre el cliente histórico.
Ese razonamiento tiene su versión conspirativa, que atribuye el giro a una ingeniería social deliberada contra el varón. Es una afirmación que no viene acompañada de ninguna prueba y que se mezcla, en la misma conversación, con sospechas sobre patrones que se repiten entre responsables de fondos. Lo verificable se queda en lo otro: campañas diseñadas para generar repercusión mediática.
Del coche al videojuego: la misma pelea
El desembarco no se limita al spot. La conversación salta al entretenimiento y ahí aparecen tres nombres propios: el nuevo
GTA, cuya protagonista es una mujer;
Baldur's Gate 3, con pronombres en la creación de personaje y romances disponibles con cualquier compañero; y
The Outer Worlds, criticado por unos diseños femeninos que hay quien califica de lo peor visto en años.
El argumento de fondo es idéntico al del anuncio: se sostiene que el producto se dirige a un público que no lo va a comprar. «Otro fracaso seguro», se sentencia sobre el próximo lanzamiento. Y hay quien admite que el juego es bueno y aun así renuncia a él por el envoltorio. La queja, en ambos frentes, es la misma: el envoltorio no se elige en la tienda, se elige en una reunión.
La salida que se repite: apagar la televisión
La respuesta más socorrida a la queja es dejar de mirar. Varios mensajes reconocen no haber visto el fenómeno hasta que alguien se lo enseñó, porque hace años que solo encienden el aparato para un informativo. El consejo se repite: si todo lo que emite el medio es propaganda —programas de entretenimiento, guiones de series y anuncios por igual—, lo razonable es salir del circuito y dejar de alimentarlo con audiencia.
Es la vía más barata y la menos épica: no cambia el casting de ningún spot, pero deja de sostenerlo.
El anuncio de ayer que hoy levantaría ampollas
La nostalgia funciona como espejo. Se recuperan spots clásicos en los que un niño rechazaba a una niña, o en los que la mujer aparecía como acompañante, y se ironiza con la ristra de denuncias que caerían hoy sobre ese guion: discriminación, cosificación, machismo. La broma dice más del cambio de época que de los anunciantes. Cierra el círculo la anécdota que se repite en el hilo: ni un solo anuncio de siniestros con una conductora al volante.
El diagnóstico está claro para una parte: han ido a por el último reducto masculino, el motor y el mando. Para otra, es simple segmentación de mercado disfrazada de causa. Si el péndulo termina girando —y hay quien espera que lo haga—, probablemente no será por convicción de las marcas, sino por facturación. Mientras tanto, el spot seguirá poniendo a una mujer al volante y a nadie preguntándose qué coche se compró en esa casa.