Palenciano admite el error y el feminismo entra en fase de control de daños
Una conferenciante que lleva años recorriendo institutos con un monólogo sobre violencia de género reconoce ahora que el movimiento «se ha equivocado» al criminalizar. La frase, difundida por una cuenta de redes sociales, ha reabierto la discusión sobre el coste económico y social de dos décadas de políticas de igualdad construidas sobre la sospecha permanente hacia el varón. No es una rectificación aislada: es el síntoma de un cambio de ciclo que muchos ya venían anticipando.
Qué dijo exactamente Pamela Palenciano y por qué importa
El mensaje que originó todo es una cita textual: «Nos hemos equivocado. Todo el rato criminalizar, yo misma lo he hecho». La autora de esa confesión es Pamela Palenciano, conocida por un espectáculo que durante años ha llevado a institutos y auditorios bajo el paraguas de las políticas de igualdad. El reconocimiento, difundido en redes, ha sido leído por una parte del público como una rectificación tardía; por otra, como una simple maniobra de reposicionamiento.
El detalle no es menor. Quien durante años ha construido su discurso sobre la denuncia sistemática del varón como agresor potencial ahora admite que ese enfoque pudo estar equivocado. La pregunta que sobrevuela es si se trata de una conversión sincera o de un ajuste de guion ante la pérdida de audiencia. La respuesta, a la vista de las reacciones, dista mucho de ser unánime.
La tesis del control de daños: recular sin ceder
La lectura dominante entre los críticos es que no hay rectificación alguna. Se sostiene que la conferenciante no reconoce un error de fondo, sino que pide bajar el volumen porque el discurso ha dejado de funcionar. «Es una estrategia de control de daños», resume una de las posturas más repetidas: no se trata de dar marcha atrás, sino de disimular mejor el mismo producto. El argumento se apoya en una idea sencilla: si el mensaje hubiera funcionado, no habría necesidad de matizarlo.
Hay quien va más allá y señala que el feminismo, en su versión institucional, ha operado como un mecanismo de criminalización preventiva. La frase «todo el rato criminalizar» no sería una autocrítica, sino la descripción involuntaria de un método. Y si el método era el error, la rectificación exigiría algo más que un cambio de tono: exigiría desmontar el aparato construido sobre él.
El negocio de las charlas: subvenciones, institutos y nuevos nichos
El segundo eje del debate es económico. Varios análisis apuntan a que el giro no responde a una reflexión moral, sino a la detección de un nuevo mercado: los chicos jóvenes. La tesis es que, agotado el filón de las charlas en institutos para chicas, el siguiente nicho es el varón adolescente al que ahora se le ofrece comprensión en lugar de reproche. «Ha visto un nuevo nicho de mercado al dirigirse a chicos adolescentes perdidos», sostiene una de las lecturas más citadas.
Detrás de esa sospecha hay una pregunta incómoda: ¿cuánto de este discurso ha dependido de la financiación pública? La crítica más repetida no va contra la conferenciante, sino contra el sistema que la sostuvo: jornadas de igualdad, subvenciones, contratos con administraciones. Si el grifo se cierra, el discurso se modera. La causalidad, dicen, no es ideológica sino presupuestaria.
El daño colateral: una generación educada en la sospecha
Más allá del caso concreto, el debate ha derivado hacia el balance de dos décadas de políticas de igualdad aplicadas en el aula. La acusación central es que se ha educado a una generación de chicas en el resentimiento y a una generación de chicos en la culpa. El resultado, según esta lectura, es un deterioro medible de las relaciones: chicos que evitan cualquier interacción por miedo a ser señalados, chicas que interpretan cualquier cortesía como una amenaza.
El argumento se apoya en la asimetría de consecuencias. Una acusación de micromachismo, sostienen, no tiene coste para quien la lanza y sí para quien la recibe. Eso genera un incentivo perverso: denunciar sale gratis, relacionarse tiene riesgo. Y en ese marco, la retirada del varón de la vida social no es una reacción ideológica, sino una decisión racional de gestión de riesgo personal.
Qué pasa ahora: del reconocimiento al ajuste de cuentas
El reconocimiento, si es tal, llega tarde para una parte del público. La respuesta más repetida es que el daño ya está hecho y que una disculpa no lo repara. «Puede que para muchos sea tarde. Es como en las guerras: un día se acaban, pero los muertos ocasionados, muertos siguen», resume una de las intervenciones más valoradas. La metáfora es dura, pero captura el estado de ánimo: no hay reconciliación a la vista.
La pregunta que queda abierta es si este giro es el principio de un repliegue más amplio o una operación cosmética para salvar la próxima temporada de contratos. La prueba del algodón que algunos proponen es concreta: derogar la legislación que trata al varón como sospechoso por defecto, eliminar cuotas y chiringuitos, revisar las sentencias que todos conocen. Sin eso, dicen, no hay rectificación: hay marketing.
El dato que descoloca no es la confesión. Es que quien la firma sigue teniendo tribuna, y que el sistema que la financió no ha pedido explicaciones.