El Atazar abre compuertas al 99% por primera vez en cuatro décadas
El embalse que guarda la mitad del agua de Madrid está al 99% y comienza a soltar. La noticia, confirmada en los últimos compases de la discusión, llega después de que la medición del 98,59% ya encendiera todas las alarmas. No es una rotura. Es un alivio controlado. Pero el historial de fisuras de la presa, construida en 1972, convierte cualquier movimiento de compuertas en un ejercicio de fe.
Qué ha pasado en el embalse de El Atazar
La secuencia es sencilla de contar y difícil de digerir. El embalse alcanzó el
99% de su capacidad y las lluvias previstas para los días siguientes forzaron la decisión. La presa, la mayor de la Comunidad de Madrid y responsable de aproximadamente la mitad del agua que consume la región, no desembalsaba desde hacía
cuatro décadas. El anuncio cayó como un jarro de agua fría en un contexto donde la memoria reciente de las inundaciones en Valencia sigue muy viva.
Hay quien sostiene que la apertura es rutinaria y que el sistema de auscultación —péndulos, extensómetros, manómetros y sensores láser en las galerías interiores— está diseñado precisamente para esto. En contra pesa un dato incómodo: la presa arrastra un historial documentado de fisuras y filtraciones que nunca se ha resuelto del todo, solo parcheado.
Cincuenta y tres años dan para mucho, y no todo ha sido mantenimiento.
El precedente de Valencia y el miedo a la ola
La comparación con lo ocurrido en Valencia aparece pronto y no se suelta. Allí se abrieron presas para evitar roturas y el resultado, según la versión que circula entre quienes lo vivieron, fue una riada provocada por la apertura misma. La discusión se envenena cuando se mezclan cuencas distintas:
Forata desagua al Magro, no al barranco del Poyo, y ese detalle técnico desmonta la teoría de que un solo embalse explique la catástrofe. Pero el miedo no entiende de cuencas.
La pregunta que sobrevuela es qué pasaría si El Atazar soltara más de la cuenta. La respuesta geográfica tranquiliza a medias: Madrid capital no es inundable por este embalse, situado en un afluente del Jarama. Los pueblos ribereños,
Patones y Torremocha, serían los primeros en notarlo. El aeropuerto podría verse afectado en un escenario extremo. Nada de una gran ola arrasando la M-30, pero tampoco cero consecuencias.
La presa más vigilada de España
El argumento que más peso tiene en la defensa de la infraestructura es el nivel de control. El Atazar cuenta con uno de los sistemas de auscultación más complejos del parque español de presas: una red de sensores capaz de abrir automáticamente los desagües en caso de sobrecarga y láseres que miden la flexión de la bóveda en tiempo real. La bóveda, de hecho,
decrece al llenarse por efecto de la presión del agua. Es contraintuitivo y es física.
El problema no es la tecnología. Es la confianza. Una parte del análisis sostiene que España vive de las rentas de infraestructuras construidas hace medio siglo y que el mantenimiento se ha convertido en una reparación reactiva: se arregla cuando se rompe. Si eso vale para las vías del AVE, vale para las presas. La pregunta que nadie responde con datos es cuánto de ese mantenimiento se ha ejecutado de verdad en El Atazar y cuánto se ha quedado en el papel.
El relato del agua: de la sequía al exceso
El giro narrativo es casi cómico. Durante años, los embalses bajo mínimos ocuparon portadas y alimentaron titulares sobre el cambio climático. Ahora que están hasta arriba —no solo El Atazar, también buena parte de los embalses andaluces superan su media de la última década—, el silencio mediático es notable. La queja es recurrente: cuando falta agua es una tragedia climática, cuando sobra es una anomalía sin responsables.
El dato que descoloca a más de uno es que la sequía, paradójicamente, había dejado los pantanos a rebosar tras las lluvias. La gestión del exceso es tan política como la del déficit, y nadie quiere asumir el coste de explicar por qué se suelta agua cuando hace dos años se pedía cerrar el grifo. La decisión técnica es defendible. La comunicación, como casi siempre, llega tarde y mal.
Qué pasa ahora con El Atazar
El desembalse está en marcha. Las compuertas sueltan agua de forma controlada y los sistemas de vigilancia trabajan a pleno rendimiento. No hay rotura, no hay evacuación, no hay emergencia declarada. Pero la presa que guarda la mitad del agua de Madrid sigue teniendo fisuras, y eso no lo arregla un porcentaje alto en el pantalla de embalses.net.
La discusión deja una pregunta flotando: si el mantenimiento se hace, ¿por qué se percibe como una chapuza? Y si no se hace, ¿cuánto queda para que la próxima apertura no sea preventiva sino obligada por las circunstancias? El Atazar aguanta. La confianza, menos.