Wyoming responde a Broncano: «un señor leyendo el prompter»
El presentador de El Intermedio respondió a Jorge Ponce con un dardo sobre «gente tocando el bombo» y «tipos que rondan los cuarenta llamándose bro todo el rato». La respuesta de Wyoming a La Revuelta no es una broma aislada: para algunos participantes del debate es la señal visible de una pelea por la audiencia que enfrenta a dos programas del mismo espectro ideológico. El detonante fue un comentario de Ponce en La Revuelta sobre Wyoming leyendo el prompter mientras piensa en otras cosas. Wyoming contestó en el arranque de su programa con otro zasca: «un señor de avanzada edad, que debe andar por ahí, leyendo el prompter mientras piensa si poner una X o un dos en el Espanyol-Osasuna del próximo fin de semana».
Qué pasó entre Wyoming y Broncano
El cruce de declaraciones tiene un origen concreto. Jorge Ponce, colaborador de La Revuelta, dijo en el programa de Broncano que si alguien cambia de canal puede encontrar a Wyoming «leyendo el prompter mientras piensa en otras cosas», una capacidad que le atribuyó con retintín. Broncano se rió la gracia. Días después, Wyoming abrió El Intermedio con una respuesta en la misma línea: «En otro canal tal vez encuentren contenidos más vanguardistas, como gente tocando el bombo y que no se llamen Manolo o tipos que rondan los cuarenta llamándose bro todo el rato». El remate fue para el propio Broncano: un señor de avanzada edad leyendo el prompter mientras decide su quiniela del Espanyol-Osasuna.
El intercambio se lee en clave de competencia directa. Ambos formatos comparten franja y público objetivo, y el trasvase de espectadores entre uno y otro es la variable que más pesa en los despachos. La ironía sobre el prompter no es un detalle técnico: es la acusación de que el rival no improvisa, sino que lee.
La audiencia que se disputan Broncano y Wyoming
El análisis más repetido en el sector apunta a que La Revuelta ha rascado espectadores a El Intermedio, no a El Hormiguero. Ese matiz cambia por completo la lectura del conflicto: no es una guerra contra la derecha mediática, es
fuego amigo. Hay quien sostiene que el programa de Broncano ha ocupado el nicho que Wyoming explotaba desde hace años, y que el presentador veterano ha visto cómo su cuota de pantalla se erosionaba sin que su discurso cambiara un ápice.
La comparación con El Hormiguero aparece en casi todas las lecturas. El programa de Pablo Motos mantiene su público asentado, con altibajos, pero sin la sangría que algunos atribuyen a El Intermedio. La conclusión que se extrae de ese contraste es incómoda para el relato oficial: el enemigo no era el rival de enfrente, era el compañero de trinchera.
El desgaste del presentador veterano
Wyoming lleva décadas en la misma trinchera. Ese es su principal activo y, a la vez, su mayor lastre. La fórmula de «es facha, jaja» y las gracietas de parvulario, según algunas críticas, han envejecido mal frente a un competidor que trae un registro nuevo para el mismo público. El desgaste no es solo de audiencia: es de relato.
En el terreno económico, la cuestión de fondo es quién paga. La televisión pública y las subvenciones al sector entran en la ecuación cuando se discute la sostenibilidad de un formato que depende de dinero ajeno al mercado. Hay quien calcula que el coste anual de estos programas se mide en millones de euros, y que ese dinero sale de los impuestos de contribuyentes que no necesariamente consumen el producto. El detalle completo de esas cuentas, partida a partida, es lo que convierte el asunto en algo más que una trifulca televisiva.
Quién paga la fiesta de la guerra cultural
La pelea entre Wyoming y Broncano se enmarca en una discusión más amplia sobre el modelo de radiotelevisión pública y el papel de las productoras externas. Cuando dos programas del mismo espectro compiten por el mismo pastel, la pregunta no es quién gana, sino quién financia. El argumento que más circula es que el contribuyente sostiene una estructura que se ha vuelto redundante: dos productos casi idénticos compitiendo por el mismo nicho.
El desenlace de esta pelea está abierto. Si Wyoming acepta su jubilación televisiva sin rechistar, el conflicto se cerrará en falso. Si le sale el ego de diva traicionada, el escenario cambia. La única certeza es que la factura la sigue pagando el mismo de siempre.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse un duopolio televisivo que compite por el mismo espectador con el mismo dinero?