La IA promete curar el cáncer y frenar el envejecimiento, pero el mundo sigue en la Edad de Piedra
¿Y si la mayor revolución tecnológica de la historia ya estuviera aquí y nadie la estuviera aprovechando? Un análisis sostiene que la inteligencia artificial podría resolver enfermedades hoy incurables, extender la vida hasta los 120 años y abrir la colonización del sistema solar. El problema, según este planteamiento, no es técnico: es de quién controla la tecnología y para qué.
El punto de partida es una tesis incómoda: la IA, incluso en sus versiones gratuitas y capadas, podría eliminar de un plumazo el 50% de los empleos actuales y el 100% de las tareas creativas —escritura, prensa, ilustración, música—. Y eso, según el análisis, es solo el principio. Con todos los datos genéticos disponibles, se argumenta, una IA bien entrenada podría encontrar soluciones a enfermedades conocidas. La misma lógica se aplica a los telómeros: tratamientos que retrasarían el envejecimiento y permitirían llegar a los 100 años con aspecto de 70.
El cuello de botella no es la capacidad técnica, sino la estructura de poder. Hay quien sostiene que los intereses corporativos retrasarán esas metas porque lo primero es hacer caja. Otros van más lejos: se argumenta que las élites usarán la IA para todo lo contrario de lo que se debería. La conclusión que se repite es que el avance no llegará por generación espontánea, sino que chocará con quienes controlan el capital y las leyes.
¿Por qué la IA no está curando el cáncer ya?
La respuesta corta: porque no hay incentivo económico. El cálculo más optimista asume que la tecnología ya está lista para dar saltos cualitativos; el escenario pesimista parte de que la curación de enfermedades como el cáncer sería la ruina de las farmacéuticas. Esa sospecha, lanzada sin pruebas en el debate, apunta a un modelo donde la rentabilidad manda sobre la salud.
Frente a esa tesis, otra corriente recuerda que la historia desmiente los augurios apocalípticos. Desde la invención de los telares automáticos, cada avance tecnológico ha venido acompañado del mismo lamento: la tecnología nos va a mandar al paro. Y cada vez ha ocurrido lo contrario: la economía mejora, la calidad de vida sube y surgen empleos que antes ni se soñaban.
La misma gilipollez, resume un mensaje,
la IA no es creativa, combina, imita, pero si hablas con ella enseguida le ves las costuras.
El contraargumento es que la IA no es comparable a una máquina de vapor. Un ordenador solo hace sumas y restas de números binarios, pero a millones por segundo. La IA, se dice, hace lo mismo con información: no crea, pero busca y combina miles de fuentes a una velocidad inalcanzable. La diferencia es de grado, no de esencia. Y el grado, a cierta escala, se convierte en cualidad.
¿Qué pasa con los empleos que la IA ya puede sustituir?
Los cálculos que circulan son agresivos: con las versiones gratuitas y limitadas que ya están disponibles, se podría acabar con la mitad de los puestos de trabajo y con la totalidad de las tareas creativas. Escritura, prensa, dibujo, ilustración, música. Todo eso, se argumenta, está en el punto de mira. Y eso hablando de versiones capadas de una tecnología que acaba de nacer. La proyección a diez años, y más a cien, es la de un mundo irreconocible.
La objeción es que la IA de hoy no está a la altura de un cerebro humano mínimamente despierto. A veces no es capaz de encontrar un dato en una base de datos al alcance de un clic. Las costuras se ven enseguida: lugares comunes, párrafos fusilados, imitación sin sustancia. La creatividad, se insiste, no es combinación.
El problema de fondo es que la discusión sobre el empleo se plantea como si fuera una cuestión técnica, cuando es política. Si la IA destruye puestos de trabajo, la pregunta relevante no es cuántos, sino quién asume el coste y quién captura el beneficio. Y ahí, el análisis dominante es pesimista: los ultrarricos y las organizaciones criminales, se dice, quieren eliminar a la mayoría para disponer del planeta para ellos solos. Una tesis conspirativa sin pruebas, pero que revela una desconfianza profunda hacia quien controla la tecnología.
El problema no es la IA, es quién la controla
La conclusión que se repite es que el avance tecnológico no es neutral.
Las leyes liberaloideas han permitido concentrar cotas de capital enfermizamente extremas, y ese capital controla absolutamente todo para que nada cambie. La IA, en manos de esos intereses, no curará el cáncer: optimizará el consumo, la publicidad y el control. En manos de otros, podría ser otra cosa.
Hay quien sostiene que la solución pasa por una revolución. Y hay quien recuerda que las revoluciones con sangre tienen la mala costumbre de llevarse por delante a quienes las apoyaron. El debate no se cierra. La tecnología avanza. El corral, de momento, sigue en pie.