La obsesión por las discografías completas: ¿cultura o esnobismo?
Hay quien presume de haber escuchado todo Cat Stevens. Otros, de conocer al dedillo cada álbum de King Crimson, Gentle Giant o Henry Cow. La discografía completa es un estatus en el mundillo melómano, un badge que se paga con horas de escucha y tolerancia a los b-sides. Pero el propio planteamiento revela una paradoja: el mismo que presume de tenerlo todo admite que te puedes dejar algún disco malo.
La lista se extiende por décadas y estilos: del rock progresivo más exigente al metal, del jazz de Wayne Shorter al synthpop. No es casual la autocorrección: me falta alguno, casi, no he oído el primero. El completismo es un ideal en fuga, siempre queda un hueco, una rareza, un directo de hace cuarenta años.
¿El empeño dice algo sobre la música o sobre el oyente? El que compila discografías busca una cartografía personal. El que reconoce que hay obras menores establece una frontera: la nostalgia no obliga a la admiración ciega.
Queda la pregunta: ¿para qué sirve conocer todas las caras de un grupo si nadie coincide en cuáles brillan?