Por qué algunos desean que llegue el colapso total
Hay una corriente de opinión que ya no pide reformas: pide que el sistema se caiga entero. Lo llaman Mad Max. Y no es una metáfora de foro: es un estado de ánimo que recorre 103 respuestas durante 678 días y que mezcla hastío económico, desprecio por la clase política y una fe casi religiosa en el fuego purificador. La pregunta que abre el asunto es directa: por qué alguien desea que todo explote. Las respuestas van del análisis psicológico al deseo confeso de destrucción.
El cansancio como motor del deseo apocalíptico
El primer bloque de argumentos es materialista. No hay épica: hay agotamiento. Se describe una vida de trabajo precario, alquileres que se comen el sueldo y una sensación de que el esfuerzo no lleva a ninguna parte. «La vida del remo es indigna», resume una intervención que pide que el país arda. La idea de fondo es que el colapso igualaría por abajo y daría una segunda oportunidad a quien hoy no tiene nada que perder.
Ese razonamiento tiene una variante generacional. Varios mensajes sitúan el punto de inflexión en 2008 y en 2020. Antes de la crisis financiera, dicen, había ingenuidad; después, desencanto. La pandemia habría rematado la faena: quien vio lo que se hizo en nombre de la emergencia dejó de creer en el sistema. El resultado es un deseo de que «haya muertes masivas» y de no querer saber nada de nadie.
Hay una explicación más psicológica que política. Se habla de «tánatos», de adicción a la dopamina barata del superviviente imaginario y de una deficiencia crónica de estímulos que el apocalipsis compensaría. La fantasía de ver arder el mundo desde el sofá reconforta. Mientras no toque de cerca, claro.
La DANA como ensayo general del Mad Max
El debate se ancla en un episodio concreto: la DANA que golpeó Valencia. Para una parte de los intervinientes, aquello fue un «micro Mad Max»: Estado desbordado, bandas aprovechando el caos, saqueos y políticos a la greña. La conclusión que extraen es que el sistema no aguanta un golpe serio y que la solidaridad funcionó solo por los voluntarios. «¿Qué hubiera pasado si no hubiera acudido ni un solo voluntario?», se pregunta un mensaje que pide monumentos para los espontáneos y responsabilidades para los gestores.
La comparación se extiende a otros episodios internacionales recientes: Carolina del Norte y Maui. El patrón que se describe es el mismo: catástrofe, respuesta institucional lenta y población abandonada a su suerte. De ahí salta la tesis de que el colapso no es una hipótesis, sino una práctica que ya se ha probado a escala local.
No todo el mundo compra el relato. Hay quien avisa de que un Mad Max real no sería una aventura, sino una pesadilla de la que se saldría queriendo volver al pasado. Se recuerda lo vivido en los Balcanes y se advierte de que quien idealiza el caos probablemente no estaría entre los supervivientes. La advertencia es sensata y minoritaria.
Del deseo de purga a la revancha social
En el tramo final del asunto aparece un componente que ya no es económico, sino cultural. Se habla de «revolución proletaria definitiva»: cuando el sistema caiga, el trabajo manual valdrá mucho y el oficinista con teletrabajo y criptomonedas valdrá poco. La fractura no es solo ricos contra pobres: es campo contra ciudad, manos callosas contra manos limpias.
Ese relato se mezcla con una crítica a la España construida desde la Transición. Hay quien sostiene que todo lo actual está «basado en mentiras y nepotismo», que la democracia ha pavimentado el país mientras se hundía a las generaciones futuras y que solo tocando fondo se podrá reconstruir algo auténtico. La palabra «purga» aparece sin complejos.
El deseo de colapso también se formula como venganza. «Alguien tiene que pagar por lo que nos han hecho», se lee en una escena cotidiana: dos mujeres caminando, una con perros, otra con un niño, y la constatación de que el deseo de que todo salte no es abstracto. Es una factura pendiente.
Qué dicen los que avisan de que no están preparados
Frente al entusiasmo destructivo, hay un contrapunto práctico. Varios mensajes admiten que no quieren que llegue el Mad Max porque no están preparados. Se mencionan seres queridos vulnerables, la paz relativa que se disfruta y lo poco que se valora hasta que se pierde. La conclusión es incómoda: quien desea el caos probablemente no ha medido el coste.
También hay quien señala la contradicción de fondo. El Mad Max ya estaría aquí, solo que repartido: no poder formar una familia, no acceder a una vivienda, ver cómo la corrupción campa y el esfuerzo se diluye en inflación. La distopía no vendría después: sería el presente, solo que sin televisión que lo cuente.
El cierre del asunto no resuelve nada. Unos piden abstención masiva y huelga general indefinida. Otros confían en que el colapso llegue por ciclos históricos, sin necesidad de desearlo. Y unos pocos, con sorna, recuerdan que el que quiera vivir la experiencia puede coger una pala e irse a Valencia. La predicción más honesta es que esto no va a explotar mañana, pero tampoco va a arreglarse solo.