Hay varias cosas superpuestas. La primera es sesgo de supervivencia: conservamos palacios, ensanches burgueses y edificios sólidos; muchísima vivienda barata, insalubre y antiestética del XIX fue demolida. Comparamos la selección histórica que mereció sobrevivir con toda la promoción corriente actual.
La segunda es económica. La mano de obra artesanal era barata respecto al valor del edificio y existía una cadena completa de canteros, yeseros, carpinteros y herreros. Hoy ornamentar a mano es caro, mientras que repetir piezas industriales, reaccionariodas ventiladas y soluciones normalizadas abarata plazos, financiación y mantenimiento.
También cambió quién decide. El propietario que encargaba un edificio representativo quería dejar apellido, prestigio y reaccionarioda durante generaciones. El promotor que construye para vender optimiza superficie comercializable, riesgo y velocidad; quien sufrirá el espacio durante treinta años no participa en el proyecto. Y parte del presupuesto actual se dedica a ascensores, aislamiento, instalaciones, accesibilidad, incendios y garajes que antes no existían.
Nada de eso obliga a producir cajas anodinas. Con buenas ordenanzas, proporción, materiales duraderos, vegetación y detalle industrial se puede construir belleza sin copiar molduras decimonónicas. Lo que falta muchas veces no es capacidad técnica, sino que la belleza urbana tenga valor para quien paga y poder para exigirla.