La obesidad mórbida en EEUU no es genética: es superávit calórico
Estados Unidos no es, según un participante, el país más obeso del planeta: México aparecería por delante en los rankings de prevalencia de obesidad, un detalle que ese forero usa para descartar cualquier explicación basada en la herencia genética. La pregunta de partida —por qué hay estadounidenses que llegan a los 200 kilos y acaban sin poder moverse solos— se responde, según otro, con aritmética: el organismo almacena grasa cuando sobran calorías, y fabricar un kilo de grasa exigiría, en su cálculo, unas
7000. Un adulto medio gastaría alrededor de 2000 al día. Nadie amanece con obesidad mórbida; se llega ahí a lo largo de años, con mil calorías de más cada jornada.
¿Por qué el cuerpo no pone freno y sigue comiendo?
Porque el freno existe, pero se dilata. La intuición de que el estómago acaba diciendo basta es cierta en el corto plazo y falsa en el largo: quien sostiene ese superávit durante años necesita raciones cada vez mayores para sentir saciedad, según se sostiene en el hilo, y ese mecanismo explicaría por qué hay personas incapaces de parar en una sola hamburguesa. La barrera fisiológica está, pero se desplaza con la práctica.
El cuerpo avisa; se aprende a ignorarlo.
El desglose calórico es implacable y muy poco intuitivo. Meterse 1000 calorías extra resulta trivial: una bolsa de patatas fritas de 200 gramos ya rondaría esa cifra según ese mismo cálculo. Y no todas las calorías se comportan igual, según se sostiene con frecuencia:
el organismo responde a hormonas, no a un contador, de modo que 200 calorías de brócoli y 200 de bollería industrial no producirían el mismo efecto sobre la insulina ni sobre el apetito. Con azúcares y harinas refinadas, el mismo excedente costaría más de compensar.
¿Qué papel juega el tamaño de las porciones?
Central, y es la parte más visible desde fuera. Según un forero, la comida se sirve en formatos sobredimensionados por defecto: la pizza más ancha, la hamburguesa más alta, el burrito más largo, el corte de carne más grasiento. Una hamburguesa casera con buen pan, verdura y carne decente no es un problema nutricional; el problema es la que llega chorreando queso fundido y salsas azucaradas con un litro de refresco al lado.
El litro de refresco, insisten, es buena parte del asunto.
A eso se suma el precio relativo. Los productos ultraprocesados son baratos, sacian mucho y quitan el hambre rápido, y según se apunta en el hilo entran en el paquete de ayudas alimentarias de decenas de millones de hogares junto a la comida rápida. Hay quien recuerda haber ido a estudiar un trimestre a un estado del norte y haber pedido a la familia, en la segunda semana, que le mandara
comida de verdad en la tartera: la broma de comer hamburguesa o pizza cada día en el instituto dura siete días.
Cocinar ya no es una costumbre
Aquí está el punto que más consenso genera en el hilo: la pérdida de la cocina doméstica. No es solo pobreza, es una ruptura cultural. Durante generaciones, media Europa se crió con guisos de mercado local hechos en casa; en Estados Unidos, la gastronomía importada se industrializó hasta quedar irreconocible, sostienen varios participantes. Se ha instalado la idea de que todo tiene que gustar, y lo que no sabe a azúcar, fritura o grasa no se come.
El matiz importa, y en el propio debate aparece: hay zonas sin comercios de comida fresca, los llamados
desiertos nutricionales, pero también se sostiene que casi siempre existe una gran superficie con producto fresco y barato a mano, y que quien no la aprovecha no lo hace solo por precio. Se apunta a la organización familiar y a la costumbre de cocinar como variables explicativas de fondo. Ahí sí hay desacuerdo: unos culpan a la oferta y otros a la cultura.
Casi nunca a la genética.El urbanismo que condena al coche
Caminar allí no es una opción cómoda, según un participante. Las ciudades estadounidenses son kilométricas: solo la isla de Manhattan, del Bronx a Wall Street, superaría los 20 kilómetros de largo, y eso sin contar Queens ni Brooklyn. El comercio, el trabajo, el médico y el gimnasio estarían a distancia de coche, no de paseo. La vida diaria se resuelve sentado, y el gasto energético que antaño venía gratis ahora hay que ir a buscarlo a un aparato.
La comparación funciona a la inversa en quien se lo ha tomado en serio: hay quien dice haber adelgazado caminando ocho kilómetros diarios cinco o seis días a la semana, además de ir andando a comprar. Nada heroico. Solo movimiento integrado en el día, que es justo lo que el diseño urbano se ha encargado de eliminar.
¿Va España por el mismo camino?
Hay quien sostiene que sí, a medio plazo y con matices. Se apunta a que en Canarias la prevalencia de obesidad sería muy superior a la de la península, y se recuerda haber empezado a ver en ferias y verbenas a personas de más de 200 kilos con dificultad para andar, algo que antes no se veía. También se sostiene que el consumo diario de refrescos azucarados se ha asentado en muchos hogares.
El factor generacional es el mismo que en Francia, donde la cocina se toma muy en serio y aun así los menores de 30 años han dejado de cocinar, según se comenta. La
generación Glovo y el precocinado crecen con menos movimiento que sus padres: se recuerda que antes se podía comer bollería y golosinas a diario y seguir delgado, porque se pasaba el día corriendo. Hoy hay más niños con sobrepeso, sostienen, por la sencilla razón de que no se mueven.