Por qué la Segunda Guerra Mundial sigue importando ochenta años después
La Segunda Guerra Mundial no se recuerda por lo que pasó, sino por lo que sirve para justificar hoy. Esa es la tesis que recorre una discusión larga —más de un año de mensajes acumulados— a propósito de una conferencia del historiador estadounidense Victor Davis Hanson, conservador declarado, crítico del posmodernismo y partidario de Trump, pronunciada en una facultad privada de confesión bautista. El ponente sostiene que las potencias del Eje compartían ideologías afines mientras los aliados no tenían nada en común salvo haber sido atacados, y que el Eje mató al
75% del total de víctimas del conflicto. La moraleja que extrae es explícita: cuando tienes poder para aplastar a tu enemigo y en vez de eso lo apaciguas, solo te ganas su desprecio.
Qué sostiene la ponencia que abrió el asunto
El resumen de la conferencia que circula es denso. Hanson defiende que el orden europeo fue demolido en 1939-40 por una combinación de apaciguamiento franco-británico, aislacionismo estadounidense y colaboracionismo soviético. Recuerda que en Francia se prohibió mencionar Verdún en los libros de texto ya en 1928, que en los debates universitarios de Oxford de 1932-33 los estudiantes decían abiertamente que no lucharían por su país, y que el Tratado de Versalles fue
una broma comparado con la ocupación y división de Alemania posterior a 1945. De ahí su conclusión incómoda: humillar sin ocupar fue el error.
Sobre la economía de guerra, los números que maneja son contundentes. Las potencias del Eje sumaban
200 millones de habitantes frente a los 400 millones aliados. Solo Gran Bretaña produjo más material que Alemania. Ni Alemania, ni Japón, ni Italia fabricaron un bombardero cuatrimotor operativo; Estados Unidos y el Reino Unido sí. Y sin embargo, sostiene, el Eje estuvo cerca de ganar. La frase que resume su marco: el bando que mató a más gente perdió contra el bando que produjo más material.
El pacto que hizo posible la guerra
Uno de los puntos donde la discusión se vuelve más concreta es el papel soviético. Se recuerda que Hitler nunca habría ido a la guerra sin la complicidad de la URSS, y se cita un episodio: cuando Stalin reprochaba a Churchill la tardanza del Segundo Frente, Churchill le respondió que los aviones alemanes que bombardearon Inglaterra en el verano de 1940 volaban con combustible soviético. En 1941, cada mes la URSS entregaba a Alemania más materias primas de las que los alemanes luego saquearon anualmente en territorio soviético ocupado. La invasión de la URSS, por tanto, se lee como un error estratégico de primer orden.
La discusión deriva hacia el
casus belli</I>. Una corriente sostiene que sin el pacto Molotov-Ribbentrop no habría habido guerra, y que el apaciguamiento era la única política posible con sociedades que aún recordaban las matanzas de la Gran Guerra. Otra recuerda que tras Polonia, en Francia y el Reino Unido, la gente seguía tomándose el conflicto a cachondeo. La falta inicial de voluntad de lucha aliada, se argumenta, fue la verdadera ventaja del Eje.El desprecio al rival como causa de derrota
El hilo vuelve varias veces sobre la psicología de los líderes. Los militares japoneses conocían Estados Unidos de primera mano —muchos habían visitado el país— y de ese conocimiento salió un desprecio profundo, reflejado en sus memorias: estaban convencidos de que los estadounidenses se achantarían al primer golpe. Hitler declaró la guerra a Estados Unidos tras Pearl Harbor dando razones distintas según el día, pero el fondo era el mismo: le había perdido el respeto a los americanos.
El diagnóstico que se repite es duro: el menosprecio al rival es la principal causa de derrota en cualquier guerra, y ese desprecio nace de la soberbia y la ignorancia. Se describe a Hitler como un estadista zafio que se creyó superior tras las victorias relámpago en Dinamarca, Noruega, el plan Manstein sobre Francia y los Balcanes, y que tras los primeros meses de Barbarroja —con millones de soldados soviéticos muertos o capturados— excluyó cualquier escenario de fracaso. Cuando la URSS no se derrumbó, ya era tarde.El problema de los bombarderos que el Eje nunca tuvo
La afirmación de que el Eje no produjo bombarderos cuatrimotor es matizada con datos. Japón tenía el hidroavión Kawanishi H, apodado Emily, cuatrimotor pero de rol marítimo y bombardeo secundario. Alemania tenía el Focke Wulf Kondor desde 1937, del que fabricó 276 unidades, un avión civil adaptado que la Kriegsmarine quería para patrulla marítima pero que Goering bloqueó con su criterio de que todo lo que vuela le pertenecía. No hubo, en cambio, escuadrillas de bombardeo estratégico cuatrimotor comparables a las aliadas.
El contrapunto llega con el Mitsubishi G4M, bimotor japonés descrito como el bombardero de medio alcance más infravalorado del conflicto. Fueron estos aparatos, basados en Saigón a mil kilómetros del punto de intercepción, los que hundieron el Prince of Wales y el Repulse. Una demostración de alcance que rara vez aparece en los manuales.Por qué la Primera Guerra Mundial no se reivindica igual
Una de las derivadas más interesantes del intercambio es la asimetría de la memoria. La Segunda Guerra Mundial funciona como mito fundacional de los tiempos presentes; la Primera, en cambio, es el mito destructor del orden antiguo, la verdadera caída de los dioses. Se observa que a las naciones europeas se les permite glorificar la Segunda pero se les niega cualquier glorificación de la Primera. Los franceses tienen sus monumentos, los italianos también: en cada pueblo hay un monolito con la lista de caídos de 1915-18, levantados en época de Mussolini y hoy olvidados, rodeados de maleza y latas de cerveza. Rendirles respeto llama la atención.
El contraste se explica por utilidad política. Hanson, según esta lectura, ajusta el pasado a una situación presente: la conferencia funcionaría como arenga encubierta para justificar una intervención contemporánea. La Historia no es lo que pasó, sino lo que te cuentan, y la Segunda Guerra Mundial tendrá tantas versiones como historiadores haya.El Eje como alianza de conveniencia rota
Otro bloque del análisis subraya que los líderes aliados fueron honestos entre ellos —al menos los estadounidenses y británicos; Stalin mentía— mientras los del Eje se engañaron mutuamente de forma constante. Italia invadió Grecia sin avisar a sus aliados, Alemania invadió la URSS sin avisar a los suyos, Japón atacó Pearl Harbor sin coordinación previa. Esa descoordinación, unida a una propaganda menos atractiva —decir que te defiendes de una agresión gana más simpatías que proclamar la superioridad racial—, lastró al Eje tanto como su inferioridad industrial.
Queda flotando una pregunta sin respuesta cerrada: hasta dónde pretendían anexionarse los alemanes en el Este. ¿Los estados bálticos, Bielorrusia, Ucrania y parte del Cáucaso? ¿Toda la Rusia europea hasta los Urales, con un protectorado residual hasta el Pacífico? El plan, si existía como tal, se antoja más delirio que estrategia viable contra un Estado con siglos de historia.Lo que aún no cuadra
Con estos mimbres, la conclusión que se impone es incómoda para todos. El Eje tenía menos población, menos industria y peor propaganda, y aun así estuvo cerca. Los aliados tenían más de todo y tardaron años en coordinarse. Si la lección de 1939-40 fuera tan clara como pretende Hanson —no apaciguar nunca—, la política exterior de las últimas décadas sería otra cosa. No lo es. Y ahí sigue el hilo, sin cerrarse.