Atenas, la capital europea que desafía la historia
¿Cómo puede una ciudad con la Acrópolis en su centro parecer un cajón de hormigón? La respuesta está en su historia: Atenas no es una ciudad antigua, es una ciudad nueva construida sobre las ruinas de una antigua. Hasta 1830 era una aldea de 3.500 habitantes, y en apenas un siglo se convirtió en una metrópolis caótica, sin planificación urbanística y con edificios de autoconstrucción.
De villorrio otomano a capital en 1830
Cuando Grecia se independizó del Imperio otomano en 1830, Atenas era un pequeño pueblo de 3.500 habitantes con una mezquita y un bazar. El nuevo Estado la eligió como capital, iniciando un crecimiento vertiginoso. Campesinos de todo el país emigraron a la ciudad en busca de trabajo, y la vivienda se construyó de cualquier manera, sin normas ni planes urbanísticos. El resultado: calles estrechas, bloques de hormigón y una estética que algunos comparan con Fuenlabrada.
La avalancha de refugiados de 1922
La situación empeoró tras la derrota griega en Anatolia en 1922. Cientos de miles de refugiados llegaron a Atenas y se instalaron en barrios improvisados, a menudo autoconstruidos. La mayoría de los edificios que se ven hoy son posteriores a 1945, construidos por familias que dejaban el último piso a medio terminar, con los hierros del hormigón apuntando al cielo. Este fenómeno de autoconstrucción, motivado por la necesidad, dio a Atenas un aspecto de ciudad inacabada, que algunos describen como «destartalada».
La limpieza ideológica: cuando se derribó la torre franca
Pero hay una razón menos conocida para la falta de capas históricas. Tras la independencia, el Estado griego quiso devolver a Atenas su aspecto clásico, y eso significaba retirar todo lo posterior a la Antigüedad. En la Acrópolis se levantaba una torre de 26 metros construida por los duques de Atenas (1205-1458). En los años setenta del siglo XIX, financiada por el arqueólogo Heinrich Schliemann, fue derribada. El historiador británico William Miller lo calificó de «vandalismo impropio de un pueblo con sentido de la continuidad histórica». Así, Atenas perdió las capas medievales y otomanas que sí conservan otras ciudades europeas.
¿Fea o con carácter?
No todo es negativo. Hay quien sostiene que Atenas es una de las ciudades más vibrantes de Europa, con un encanto especial en barrios como Plaka y Anafiotika, y una riviera que nada tiene que envidiar a otras capitales mediterráneas. La falta de planificación, dicen, le da un aire auténtico y caótico, lejos de la uniformidad de las ciudades más «perfectas». Otros, en cambio, la consideran simplemente fea y mal conservada, con el Partenón en ruinas y el famoso «nefos» de contaminación empañando el ambiente.
En cualquier caso, Atenas es un ejemplo de cómo la presión demográfica y la necesidad pueden imponerse a la estética. Quizá la próxima vez que alguien se queje de su fealdad, debería recordar que sus habitantes no tuvieron tiempo de hacerla bonita: estaban ocupados sobreviviendo.