El pakillo tiene 15,2 gramos de plata y se vende muy por debajo de su valor
Una moneda de 100 pesetas de Franco pesa 19 gramos y tiene una ley de 800 milésimas. Es decir, contiene 15,2 gramos de
plata fina. Con la onza de plata a 12,82 euros —412 euros el kilo—, esa cantidad de metal vale 6,26 euros al precio internacional. Sin embargo, en el mercado español esas monedas se mueven entre 5 y 6 euros, y los compradores profesionales no suelen pagar más de 4. La contradicción es evidente: hay plata más barata que la plata, y aun así casi nadie la quiere.
El fenómeno tiene nombre y apellidos. No es la ley de la oferta y la demanda, sino el resultado de un mercado cautivo, con márgenes desproporcionados y una liquidez que brilla por su ausencia.
Por qué el pakillo vale menos que su plata
El cálculo es sencillo y cualquiera puede rehacerlo. El pakillo, esa moneda de 100 pesetas con la efigie del anterior jefe del Estado, contiene
15,2 gramos de plata fina. Al precio internacional del metal, esa cantidad vale
6,26 euros. Pero el mercado no paga eso. Los comerciantes numismáticos compran a
4 euros como máximo y venden a 5 o 6. El diferencial, superior al 30%, es el peaje por operar en un segmento sin competencia real.
La razón de fondo es la iliquidez. Vender pakillos al precio del metal exige llevarlos a una fundición, y las fundiciones solo aceptan lotes grandes:
al menos 1.000 monedas. Para un particular con unas decenas en un cajón, esa puerta está cerrada. La alternativa es el comerciante local, que impone sus condiciones. El resultado es un mercado donde el vendedor siempre pierde y el comprador solo gana si acepta quedarse el metal durante años.
Hay quien sostiene que el problema es la efigie. La moneda lleva la cara de Franco y eso, para una parte del público, es un lastre emocional. Otros argumentan que el rechazo es puramente práctico: nadie quiere un activo que no puede convertir en efectivo sin que le desplumen. En ambos casos, el efecto es el mismo: la moneda se queda en el cajón.
El mercado que controlan cuatro comerciantes
La estructura del negocio numismático español explica gran parte del fenómeno. No hay un mercado mayorista profundo, ni plataformas internacionales que coticen estas monedas, ni arbitrajistas dispuestos a comprar barato aquí y vender en el extranjero.
Cuatro comerciantes controlan el mercado y fijan un spread que en otros países sería impensable. En el mercado internacional del bullion, en cambio, las monedas se compran por encima del precio del metal en muchos países. La diferencia no es la plata: es el ecosistema.
La comparación con otros productos de inversión es reveladora. Una moneda de plata de curso legal internacional, como el Eagle americano o el Panda chino, tiene compradores en todo el mundo y se liquida con facilidad. El pakillo, en cambio, solo interesa dentro de España, y dentro de España solo a una red reducida de comerciantes que no compiten entre sí. El resultado es un activo con el metal de una moneda y la liquidez de un sello.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo ve por primera vez. No es solo el spread de compraventa: es el coste de oportunidad de tener el dinero parado en un activo que no se revaloriza al ritmo del metal.
La estrategia del comprador paciente
A pesar de todo, hay quien compra pakillos. La lógica es simple: si el metal vale 6,26 euros y la moneda se consigue a 5, hay un margen teórico del 25%. El problema es que ese margen solo se materializa si se encuentra un comprador dispuesto a pagar el precio del metal, y eso, hoy, no ocurre. Los compradores habituales acumulan monedas con la esperanza de que el mercado cambie, o como cobertura ante un escenario extremo en el que el trueque vuelva a tener sentido.
Esa última motivación aparece repetidamente en las conversaciones. La idea de un colapso suave, una crisis prolongada o un regreso a formas de pago primitivas convierte al pakillo en una especie de seguro barato. No es una tesis de inversión convencional, sino una apuesta por la supervivencia. Quien compra a 5 euros no espera vender a 7: espera que algún día esas monedas valgan más como metal que como dinero.
El consejo que se repite entre los más experimentados es siempre el mismo: antes de comprar, pregunta a quién se lo vas a vender. Si la respuesta es un comerciante local, el precio será bajo. Si la respuesta es una fundición, el volumen tendrá que ser enorme. Y si la respuesta es nadie, entonces no es una inversión: es una colección.
La alternativa que sí funciona
Frente al pakillo, el mercado ofrece monedas de plata con liquidez internacional. Los dólares Morgan y Peace, los Pandas chinos o los duros de Alfonso XII de ley 900 tienen compradores en todo el mundo y se negocian con spreads razonables. La diferencia no está en el metal —todas contienen plata— sino en la facilidad para convertirlas en efectivo sin perder un tercio del valor.
La conclusión que se extrae de todo esto es incómoda para el aficionado español. El pakillo es, probablemente, la plata más barata del mercado. Pero barato no significa rentable. Un activo que solo se puede vender con pérdida no es una inversión: es una trampa con forma de moneda. Y mientras el mercado siga en manos de unos pocos, la trampa seguirá funcionando.
Datos clave
- Peso del pakillo: 19 gramos
- Ley: 800 milésimas
- Plata fina: 15,2 gramos
- Precio de la onza: 12,82 euros
- Precio del kilo: 412 euros
- Valor del metal en un pakillo: 6,26 euros
- Precio de compra de los comerciantes: 4 euros máximo