Canarias: el negocio que nadie quiere frenar
¿Por qué no se interceptan las embarcaciones que llegan a Canarias ni se devuelve a quienes viajan en ellas? La respuesta corta que se repite en el debate es que se puede, pero no se quiere. La respuesta larga ocupa cientos de mensajes y muchos apuntan al mismo sitio: alguien cobra. El patrón que se repite es el de buques nodriza que sueltan embarcaciones a cinco millas del destino, monitorizadas por satélite y radar, sin que ninguna autoridad con potestad lo impida. La misma vigilancia que caza una lancha con veinte kilos de hachís entre Tánger y Conil no mueve un dedo con un cayuco a la vista.
Quién gana con que la rueda siga girando
El primer bloque de argumentos es económico. Hay quien sostiene que el negocio se reparte entre
ONG, asociaciones y chiringuitos que facturan por rescate, acogida y tramitación, con abogados incluidos para que el expediente nunca se cierre. La sospecha que más se repite es que esas embarcaciones, sin sistema de navegación y cargadas hasta arriba, no cruzarían el Atlántico sin alguien detrás. La acusación es grave y nadie la ha probado: se formula como sospecha, no como sentencia.
La contra obvia la lanza el propio planteamiento: si el negocio es el gasto público, la pasta se podría gastar igual en plazas de residencia para ancianos o en dependencia, y los mismos intermediarios cobrarían. El dinero explica parte, no todo.
El argumento que desmonta el «no se puede»
Aquí el consenso es amplio:
se puede y no se quiere. Se citan los servicios secretos franceses y el hundimiento del barco de Greenpeace como precedente de que, cuando hay voluntad política, hay medios. Se apunta a que las fronteras europeas son porosas en una sola dirección y a que ningún país soberano que de verdad quiera impedir una entrada no encuentra la forma de impedirla.
El problema técnico que se plantea es otro:
sin documentación ni identificación, ningún país de origen reconoce a esa persona como ciudadano, así que la devolución se convierte en un limbo administrativo. Es el argumento más sólido de quienes defienden que la interceptación no basta.
El reparto europeo y el megacampamento que nunca llega
La clave que suele olvidarse: quienes llegan a Canarias
no entran solo a España, entran a la UE, y según los tratados deberían repartirse entre los demás estados. La propuesta que circula es la de un país europeo que ponga el dinero, cree un gran centro en África y mande allí a esperar la tramitación y la denegación de asilo. La UE ya lo autorizó hace años. No se ha construido.
El cálculo que descoloca: España frente a EE. UU.
Uno de los ejercicios más repetidos compara magnitudes. Estados Unidos, con
330 millones de habitantes y un paro del 3,5%, recibió un millón de inmigrantes en 2022. España, con 48 millones y un paro oficial del 12%, metió 500.000 ese mismo año. La conclusión que se extrae es que en un caso se hace por necesidad de mano de obra y en el otro por otra cosa. El desglose completo, con la comparación de tasas y volúmenes, da para un artículo entero.
La vivienda, el fentanilo y el efecto a largo plazo
Hay un hilo secundario que casi nadie desarrolla: el
negocio inmobiliario. Los mayores no necesitan vivienda nueva; los recién llegados sí, aunque metan diez personas en cincuenta metros. La demanda no debe bajar, y si el país se va a la mierda por el camino, mala suerte. El reportaje sobre el fentanilo en California que se cita apunta al mismo patrón: crisis económica, migración interna hacia zonas ricas, gente sin nada y sin trabajo que acaba en la calle.
Lo que dicen las urnas y lo que nadie quiere mirar
El argumento más incómodo es electoral:
el pueblo vota y sigue votando opciones que no frenan esto. Se recuerda que en las europeas un partido que proponía decidir los asuntos importantes por referéndum, como en Suiza, sacó 105.000 votos. El resto votó otra cosa o no votó. Si se quiere, se puede. Pero hay que querer.
Y mientras tanto, la predicción que cierra el asunto: esto solo parará cuando aquí estemos igual de mal que allí. Entonces, dicen, mandarán al ejército a reprimir a los de aquí.