España come mejor, pero no logra exportar su comida rápida
La pregunta que abre el asunto es tan simple como incómoda: si la cocina española es una de las mejores del mundo, ¿por qué no ha parido una cadena internacional de restauración capaz de plantar cara a McDonald's? El planteamiento original lo lanza con sorna: los hermanos McDonald convirtieron su hamburguesería de San Bernardino en un imperio, mientras aquí seguimos sirviendo raciones de tamaño folio. La respuesta corta que más se repite en el arranque del análisis es que
comer bien y franquicia son conceptos antagónicos. La larga, que nadie se pone de acuerdo.
El producto manda y el producto no se estandariza
El argumento dominante es el del terroir. La cocina española se construye sobre
materia prima concreta y tiempo de elaboración, y eso es exactamente lo contrario de lo que exige una franquicia. Una paella valenciana auténtica necesita arroz bomba o senia de la zona, azafrán de La Mancha, garrofón y garrafó frescos, conejo o pollo de corral y el agua de la Albufera. Cambia uno de esos elementos por un sucedáneo industrial y el plato deja de ser paella. Lo mismo con un cocido maragato, un pulpo á feira o una fabada con compango autóctono.
Frente a eso, la pizza es un pan redondeado con cosas encima y la pasta es pasta con salsa. Son
conceptos, no recetas cerradas. Se pueden clonar en cualquier cocina del mundo con ingredientes baratos y personal sin formación. La hamburguesa es aún más simple: un producto que se desempaqueta, se cocina a la plancha en segundos y se monta con complementos medibles. Se pueden hacer mil hamburguesas al día entre cincuenta personas distintas y el resultado será indistinguible. Eso es una
commodity. Una paella, no.
¿Por qué la pizza sí se puede franquiciar y la paella no?
Porque la pizza trabaja con pocos ingredientes, baratos, con apenas preparación y sin necesidad de cocineros experimentados. El margen es amplio y el producto ya es universalmente conocido, así que apenas hay que publicitarlo. En las zonas turísticas el clásico sota, caballo y rey ha sido siempre italiano, chino y steak house. Y hay un detalle que suele pasarse por alto: según un cálculo que circula en el debate, ni el 10% de los restaurantes italianos que operan en Europa están explotados por italianos. El concepto viaja sin la cocina.
La cocina española exige lo contrario. Necesita un cocinero que sepa de verdad, y ningún cocinero español se va al extranjero a cobrar 500 euros en un restaurante corriente. La cocina mexicana o la italiana las replica cualquier cocinero con ver un par de vídeos. La española, no.
Los intentos españoles que sí existen
Que no haya un McDonald's español no significa que no haya intentos.
100 Montaditos, Telepizza, Rodilla, Lizarran y Foster's Hollywood operan con modelos de franquicia y presencia relevante, muchas veces bajo paraguas de grupos como Restalia. Subway franquicia bocadillos, así que el formato no es el problema. Pans & Company lo intentó y no funcionó. Y existe el caso de Paellador, que es justo lo que sale cuando intentas macdonalizar un plato que no se deja: una versión que cansa el paladar porque no es paella.
En el extranjero, lo poco que ha viajado con éxito son los formatos más simples: montaditos, jamón y tapas. Hay quien recuerda haber visto en el aeropuerto Charles de Gaulle una enseña basada en montaditos y jamón. Es lo exportable. El resto se queda en casa.
¿Es la comida o es la cultura empresarial?
Aquí el análisis se parte. Una corriente sostiene que el problema no es culinario sino de
iniciativa empresarial: si la paella fuera un plato estadounidense, a lo mejor los McDonald serían una cadena de paellas. Otra apunta al entorno: los puestos de comida callejera son el vivero natural de la comida rápida —hamburguesas, tacos, kebab— y en España ese modelo se topa con permisos e impuestos que ahogan cualquier intento de medrar. Una tercera vía señala que la marca país no vende: la italiana o la francesa tienen tirón global, la española no lo tiene fuera de casa.
Hay incluso quien rescata una fórmula de éxito patria que no es una franquicia: el menú diario barato de dos platos, bebida, pan, postre y café. Tan exitoso que sobrevivió a la derogación de la norma que lo creó. Pero no estandariza la comida, solo el precio.
El caso que descoloca: McDonald's sí tiene menú español
El detalle irónico lo aporta la comparación internacional. En España, McDonald's sirve tostada con tomate y aceite en el desayuno. En Italia, palitos de queso o tiramisú. En Francia, un menú más extenso con especialidades locales. La adaptación al paladar local la hace el gigante americano, no una cadena española. Y hay un dato que se lanza sin más contexto: según un participante, España sería, junto a Reino Unido, el único país europeo donde McDonald's no tiene especialidades locales propias, solo la McExtreme Bacon.
La conclusión provisional es incómoda para el orgullo patrio. La cocina española es difícilmente macdonalizable, y eso es un elogio y una condena a la vez. Mientras el mundo se llena de pizzas y hamburguesas clonables, aquí seguimos defendiendo el producto, el tiempo y la mano del cocinero. Es probable que ninguna cadena española alcance jamás la escala de McDonald's. También es probable que, cuando eso ocurra, ya no nos importe.