El Esequibo y el cerco de materias primas que nadie quiere ver
La reclamación venezolana sobre el Esequibo no es nueva, pero se ha encendido justo cuando aparecen los yacimientos de crudo en aguas guyanesas. Ese es el punto de partida de un análisis que lleva semanas circulando: la tesis de que lo que está en juego no es un mapa decimonónico, sino el control de un suministrador de hidrocarburos independiente en un mercado ya tensionado. Quien mueve la pieza, dice esta lectura, no es Caracas. Es Moscú.
El argumento central es que existe una
doctrina de estrangulamiento energético contra Occidente que arrancó con la invasión de Ucrania y que ahora busca nuevos frentes donde apretar el grifo. La Guayana encaja en ese patrón: un productor pequeño, sin ejército disuasorio, con reservas recién certificadas y sin padrino geopolítico. El movimiento venezolano, sostiene esta corriente, sería el mismo que ya se intentó con el crudo ruso en 2022, pero por la puerta de atrás.
Qué se reclama exactamente y desde cuándo
El territorio en disputa es el Esequibo, una franja al oeste del río homónimo que Venezuela considera propia desde la época colonial. La frontera histórica, según los mapas que se han ido compartiendo, quedó fijada en el río Esequibo en cartografía española, francesa y británica anterior a 1840. El laudo arbitral de París de 1899, en el que Venezuela no participó directamente, movió la línea hacia el este. El acuerdo de 1966, firmado y ratificado por Venezuela, estableció que si no había acuerdo bilateral el caso pasaría a Naciones Unidas.
Ese es el nudo jurídico. En 2020, Guayana elevó el caso a la Corte Internacional de Justicia, el órgano judicial de la ONU, para que resolviera la disputa conforme al acuerdo de 1966. La tesis que circula es que Venezuela no tiene argumentos sólidos ante ese tribunal y que por eso ha optado por la vía de los hechos. El
referéndum consultivo y las declaraciones sobre anexión serían la escenificación de esa estrategia.
El problema del derecho internacional y los dobles raseros
Aquí el análisis se vuelve incómodo. Porque el mismo criterio que invalida la reclamación venezolana sobre el Esequibo podría aplicarse a otros contenciosos. ¿Qué pasa con Gibraltar, que la ONU considera territorio a descolonizar? ¿Y con Malvinas? La ocupación efectiva como fuente de soberanía es un principio que, aplicado con rigor, deja a España sin argumentos en más de un frente.
La cuestión de fondo es que el derecho internacional funciona como una herramienta, no como un árbitro neutral. Los mismos que exigen a Venezuela someterse a la CIJ no exigen lo mismo a Londres en Gibraltar ni a Washington en Puerto Rico. Ese doble rasero, señalan algunos análisis, es precisamente lo que alimenta la narrativa del agravio que utilizan los regímenes autoritarios para justificar sus aventuras militares.
El cálculo económico: quién gana y quién pierde
Más allá del derecho, lo que mueve el tablero es el crudo. Los campos petroleros descubiertos en aguas guyanesas han convertido a un país de 800.000 habitantes en un exportador relevante. Si Venezuela anexiona el territorio y su zona económica exclusiva, el mercado pierde un suministrador independiente y gana un actor alineado con Moscú. El precio del barril, en un escenario de conflicto abierto, se dispararía.
El primer comprador de materias primas de Venezuela es Estados Unidos, seguido de países de la Unión Europea. Ese dato desmonta la tesis del cerco total, pero no la del cerco selectivo: Washington y Bruselas compran crudo venezolano porque lo necesitan, no porque les guste el régimen. Si Maduro controlara también el petróleo guyanés, tendría en la mano una carta mucho más jugada.
La capacidad militar real de Venezuela
Aquí entra el escepticismo más básico. Las fuerzas armadas venezolanas, con años de desinversión, sanciones y purgas internas, no están en condiciones de sostener una invasión convencional contra un territorio selvático de 160.000 kilómetros cuadrados. El precedente que se cita es la invasión china de Vietnam en 1979: un ejército teóricamente superior que acabó retirándose con pérdidas humillantes.
Guayana, además, no es un Estado vacío. Tiene población, instituciones y un acuerdo de
defensa implícito con potencias occidentales. La tesis de que Maduro puede simplemente «madurizar» el Esequibo como hizo con el resto del país ignora la geografía, la logística y el coste político internacional. Lo que sí puede hacer, y de hecho hace, es mantener la tensión como herramienta de política interior.
El precedente de Ucrania y la guerra perpetua
La conexión con Ucrania es explícita en este análisis. La tesis es que Occidente ha gestionado mal la agresión rusa desde 2014: primero no reaccionó a la anexión de Crimea, luego moduló la ayuda a Kiev para mantener una guerra de atrición en lugar de darle los medios para ganar rápido. Ese cálculo, dicen, ha envalentonado a otros actores: si Rusia anexiona sin coste, por qué no Venezuela.
El resultado sería un mundo donde cada potencia regional con un vecino débil y un recurso codiciado se siente legitimada para intentarlo. La multiplicación de fuegos, con capacidades occidentales limitadas, es el escenario que algunos ven ya en marcha. La conclusión de este análisis es incómoda: hay que parar en seco el movimiento venezolano, dejar claro el coste, antes de que el ejemplo cunda.
Qué se puede hacer y qué no
Las opciones sobre la mesa son limitadas. Sanciones económicas ya existen y no han disuadido a Maduro. Una intervención militar directa está fuera de discusión. Queda la vía diplomática: presión coordinada, reconocimiento explícito de la CIJ como árbitro, y apoyo económico a Guayana para que su industria petrolera no dependa de un solo comprador.
El problema es que esa estrategia requiere tiempo, y el tiempo juega a favor de quien tiene el ejército en la frontera. La pregunta que queda sin respuesta es qué está dispuesto a hacer Occidente si Maduro cruza la línea. La historia reciente sugiere que no mucho. Y eso, precisamente, es lo que alimenta la siguiente aventura.