El castellano en Galicia (o más bien gallego disfrazado) siempre fue el idioma de la gente bien de las ciudades; (exigua) burguesía, hidalguía, pequeños comerciantes, funcionarios y caciques. La educación, la administración, la televisión, ya no digamos Internet y el mundo del dinero y el éxito hablaron castellano. Al contrario que en Cataluña y Euskadi, la castellanización de las élites gallegas fue muy completa y profunda y siempre hicieron de emisarios del poder central, en un contexto de campo cada vez más empobrecido y atraso industrial profundo. A eso se le suma las campanas populistas que el caudillo llevó a cabo en la región. Con la inauguración de los astilleros en Ferrol, la Citroën en Vigo, ENCE en Pontevedra...las conserveras viguesas fueron impulsadas por catalanes, etc. Ello convirtió al gallego en una lengua, ya no perseguida, sino directamente inexistente. Un toque pintoresco en el mejor de los casos. En el peor y más común, una jerigonza de pueblerino sin solución, que por encima componían el 95% del país (campesinos y marineros) Hablar gallego, durante siglos, fue un estigma tan fuerte que no hacerlo se consideraba un paso adelante en la familia, un modo de ascenso social. Curiosamente, nunca murió teniéndolo todo en contra (empezando por la fuerzas vivas; Iglesia, Administración y Ejército) porque la vinculación a él era familiar, y el mundo de la parroquia, centro neurálgico de la vida en Galicia, era vigoroso, pero sobrevivió como sobreviven esos trapos viejos en la cocina a los que nadie presta atención o esas camisetas de publicidad que uno se pone para dormir sin preocuparse por su estética: sin normativización, adulterado con el castellano e incluso improvisando palabras. Estoy seguro que hay paisanos que ni siquiera saben que hablan un idioma y creen que hablan castellano "a su manera" Y lo curioso, insisto, es que el gallego, hasta hace unos años, era la lengua mayoritaria y propia del país. Una diglosia de libro.Yo recuerdo de niño tener compañeros que no sabían hablar castellano, simplemente, y tenían que hacer un esfuerzo considerable cuando se veían obligados. En vez de verlo como algo palmario, mucha gente en las ciudades lo veía como un símbolo de atraso, con un profundo complejo hacia sí mismos y su propia identidad (porque del acento y el fraseo no consiguen librarse) Con el tiempo, y gracias al romanticismo centroeuropeo (vindicación de lo regional y lo popular como un rasgo espiritual) fueron transigiendo en ciertos aspectos folclóricos, paisajísticos y en el cultivo de una cierta literatura (Galicia como reverso de Castilla, como provincia que no tiene nada que envidiarle a otras, etc), en los años sesenta se ensalza la gastronomía, pero la normalización plena del idioma o hablarlo de manera cotidiana es un punto que no cruzan por verlo demasiado "político" Ya no digamos el nacionalismo. Ser nacionalista, o simplemente usar la lengua natural para algo que no sea ordeñar la vaca, equivale a ser un traidor de clase, un apestado, un rojillo, un resentidillo, un "bloqueiro", un sectáreo y todos esos apelativos con los que la clase vencedora cubrió a los defensores de la dignidad de su pueblo. Y de ese magma social nacieron los Rajoys, los Feijóos, los Tellados que pronto, una vez más, volverán a regir nuestros destinos. Y sin embargo, el nacionalismo resiste y lucha por abrirse espacio.