«5.000» por un servicio: nadie sabe en qué moneda
¿Cuánto cuesta un servicio sexual? Formulada así, la pregunta ofende a la lógica. La respuesta que circula lleva tiempo sin cerrarse:
5.000. Y ahí arranca el problema, porque nadie coincide en la unidad. Unos leen euros; otros, pesos colombianos; los hay que traducen a pesetas. La anécdota —una mujer joven que, según el relato, habría cifrado su tarifa— abre un asunto bastante menos folclórico: el diferencial de renta entre España y Latinoamérica, el coste de la vivienda y la movilidad laboral de los menores de 30.
La cifra que cambia de moneda según quién la lea
El número se repite siempre igual:
5.000. Lo que cambia es la unidad, y con ella el sentido económico del caso. Hay quien lo toma por euros y calcula que equivalen a una docena de encuentros con una profesional del sector. Hay quien sospecha que son pesos colombianos: la conversión que se maneja deja la cifra en
1,16 euros. Una tercera lectura, más antigua, habla de pesetas; una cuarta, ya en tono de guasa, la rebaja a
2 euritos. La distancia entre la lectura alta y la baja no es de matiz: separa un negocio de una anécdota.
La comparación con el mercado del automóvil aparece en cuanto se discute el precio. Un turismo alemán de segunda mano, se argumenta, cuesta eso y conserva valor de reventa. La analogía es burda, pero ordena el razonamiento: la tarifa se juzga contra el coste de oportunidad de quien paga, no contra el servicio. Y en ese cálculo nadie coincide.
¿Por qué los jóvenes españoles no emigran como los latinoamericanos?
El contraste que vertebra buena parte de la conversación no es sexual, sino migratorio. Se sostiene que un joven español de 19 años no se plantea buscarse la vida en otro continente con un billete de ida, que la mayoría alarga la estancia en casa de sus padres hasta los
30 años y que esa comodidad explica la diferencia de iniciativa. La réplica llega rápido: hay miles de chavales de esa edad trabajando y estudiando en otros países europeos, sobre todo en Reino Unido, y no falta ambición, falta necesidad. Cuando el salario de origen cubre el coste de vida, moverse no compensa.
El argumento inverso también circula. Se afirma que la movilidad de ida hacia España responde a un
diferencial de renta abismal y a la facilidad de entrar como turista, no a un arrojo personal superior. Mérito individual y estructura económica se difuminan justo ahí, y la discusión se atasca en si el mérito aguanta el peso que se le echa encima.
Títulos universitarios: qué vale un grado a cada lado del Atlántico
La conversación escala hasta el sistema educativo. Se señala que solo un puñado de instituciones latinoamericanas compite en los rankings —la
UNAM mexicana, la
UBA argentina, el
Tecnológico de Monterrey, la
Universidad de São Paulo—, con tasas de selectividad comparables a las europeas, y que de ahí salen los perfiles que copan los puestos mejor pagados de la región.
Frente a eso, otra corriente sostiene que buena parte del tejido universitario privado opera con estándares laxos, que hay licenciaturas que se aprueban pagando una mensualidad —
1.500 pesos al mes— y que títulos como los de maestro, psicólogo o fisioterapeuta no siempre acreditan la formación que prometen. Es una acusación de parte, sin datos de conjunto, y como tal conviene leerla.
A esto se suma un matiz que separa aguas: quienes completan el MIR y se incorporan a la sanidad pública se consideran un caso distinto, integrado por la vía profesional. El resto, viene a decirse, compite en un mercado laboral donde la credencial pesa menos que la disposición a aceptar cualquier horario.
El relato del sueño propio como argumento económico
Aparece después la sospecha sobre el discurso: quien dice venir a estudiar una carrera que ya podía cursar en su país, ¿persigue un sueño o busca un colchón de servicios y subsidios? Se responde que la sanidad y la educación públicas son universales por diseño legal, no por gracia migratoria. El reproche verdadero, admiten algunos, no va contra quien llega, sino contra quien facilita la llegada sin contrapartida. La línea argumental se repite con distintas palabras a lo largo de toda la discusión.
Quién sostiene la factura: servicios públicos y economía sumergida
El tramo más duro es fiscal. Se argumenta que la llegada sin contrato ni autorización satura sanidad, educación y ayudas, y que el empleo que ocupan se mueve en gran medida en la economía sumergida, con la consiguiente merma de cotizaciones. No hay cifra oficial que cuantifique ese impacto; todo son estimaciones de parte y percepciones. En el lado opuesto se recuerda que España fue país de emigración durante décadas y que sigue existiendo un flujo inverso de jóvenes cualificados hacia el norte de Europa.
Al final, la cifra más repetida de toda esta conversación no es la del servicio. Es la del alquiler, la de la guardería y la del billete que nunca se compra. Los 5.000 son lo de menos: el precio real es el que no sale en ningún recibo.