¿Qué droga consume el español cuando nadie le graba? Pues café, alcohol y cannabis, en ese orden de naturalidad, con un invitado sorpresa: el cristal. Una conversación abierta sobre consumo responsable, con un centenar de respuestas, dibuja un retrato incómodo para el relato oficial: lo que llamamos droga casi nunca coincide con lo que consumimos cada día. Entre las respuestas, la zambomba, un instrumento navideño, aparece como sustancia; el humor no es excusa, es síntoma.
El cristal entra en la conversación
Entre los consumos autodeclarados, la cocaína aparece como ocasional —un par de veces al año— y el speed como algo residual. La palabra que más preguntas genera es cristal. Un término que unos identifican con la metanfetamina y otros con la meta, la forma cristalizada de la misma sustancia. Los que admiten haberla probado describen una mezcla de escalofríos, agudeza sensorial y dolor de mandíbula. Poca cosa, visto así. La lista de sustancias citadas incluye además speed, ketamina, metilfenidato, testosterona y plantas tóxicas como el estramonio o el ricino, presentadas como una supuesta ayahuasca local. La evidencia clínica, sin embargo, es tozuda: el cristal es de las sustancias con mayor potencial adictivo. La conversación lo trata con una ligereza que desconcertaría a cualquier campaña de prevención.
El alcohol no es droga... y otras defensas
El alcohol aparece como la sustancia más normalizada: cerveza, vino casero, bourbon barato. Hay quien lo defiende como no droga, con el argumento de que es legal y cultural. Esa defensa choca con la farmacología: el alcohol es un depresor del sistema nervioso central y una de las causas evitables de mortalidad más importantes. En las respuestas, el «consumo responsable» convive con coctelería casera y vino de cosecha propia, como si la frontera entre lo permitido y lo perseguido se decidiera por botella.
Autocultivo y economía doméstica
El cannabis es la droga ilegal más citada, y no precisamente por los porros de fin de semana. Hay quien explica que cultiva sus propias plantas, con dos cosechas al año, y que gasta una cantidad importante en variedades top con genética indica al 80-90%. Otro presume de hacer hachís casero con plantas frutales. La conversación incluye además la referencia a alambiques de 30 litros por menos de 100 euros para destilar orujo. El mensaje de fondo: el consumidor responsable se ha convertido en un micro productor que calcula costes, rendimiento y logística de olores. Casi nadie lo compra en el mercado negro; casi todos lo cultivan o destilan.
La droga silenciosa: cortisol, azúcar y pantallas
La parte más interesante es la que no habla de sustancias ilegales. El cortisol, la hormona del estrés, aparece definido como «sano y gratis», cortesía de los tiempos que corren. El azúcar, los doritos, el porno, internet y los recuerdos de una vida mejor también se cuelan en la lista. Es la ampliación del concepto de adicción: no hace falta un camello cuando el móvil, el supermercado y el estrés cumplen la misma función. La diferencia es que esas drogas no están prohibidas, pero también pasan factura.
El precio sanitario del consumo prolongado
No todo son risas. En la conversación se citan casos de brotes psicóticos después de años de consumo de cannabis, uno de ellos con necesidad de tratamiento farmacológico. La referencia aparece sin dramatismo, como un riesgo asumido por quien lleva décadas fumando a diario. Es el contrapunto que la cultura del «consumo responsable» prefiere no mirar: la frontera entre uso y abuso no la marca la cantidad, sino la biología de cada uno. La cuestión termina donde empieza la medicina: en que nadie sabe, de verdad, quién va a caer. La ironía final es que el alcohol siga sin considerarse droga, el cristal se pruebe por curiosidad y el cortisol sea la adicción mejor repartida. El sistema de prohibiciones dice más de la cultura que de la química.