SaveEuropeAct y Reconquista: el nacionalismo que coquetea con el separatismo
¿Cómo se pasa de predicar la unidad de España a mirar con simpatía la autodeterminación de Cataluña y el País Vasco? La pregunta recorre estos días el análisis político de la derecha radical, donde ha prendido la denuncia contra dos movimientos, SaveEuropeAct y Reconquista, acusados de no ser exactamente lo que aparentan. La acusación tiene dos frentes: una supuesta deriva pro-sionista y un apoyo vergonzante a la secesión.
El primer cargo se sustenta en la propia lógica interna de estos grupos. Sus críticos sostienen que su idea de hispanidad está atravesada por una visión excluyente, de corte racial, que consideraría a catalanes y vascos como categorías distintas del resto de españoles. De ahí a legitimar su derecho a decidir solo hay un paso, y algunos análisis no dudan en darlo. La paradoja es notable: movimientos que reclaman la unidad de España estarían, según esta lectura, sembrando las semillas de su desmembramiento.
La segunda pata, el pro-sionismo, se apoya en la relación que algunos de sus referentes mantienen con campañas de apoyo a Israel. No hay pruebas concluyentes, pero el sector crítico considera que el objetivo final sería fragmentar el espacio hispano global para impedir un bloque hostil a los intereses anglosajones. La analogía favorita es la llamada «jugada ucraniana», importada a Argentina con Milei, como un plan maestro para romper naciones desde dentro.
Aquí entra la teoría de la «disidencia controlada», que sostiene que estos movimientos cumplen una función precisa: canalizar el descontento hacia una dirección inofensiva. La idea, que evoca al Rockefeller que presumía de ganar todas las carreras por ser dueño de todos los caballos, se repite entre quienes observan el fenómeno con distancia: si toda la oposición real se concentra en un grupo señalado como extremo, desacreditarla es un juego de niños. O como apuntan algunos, si los medios generalistas lo ponen en portada como el gran peligro, algo huele mal.
En ese sentido, la presencia de estos grupos en televisiones públicas y grandes cabeceras no haría sino confirmar las sospechas. Se argumenta que la «oposición real» jamás saldría en horario de máxima audiencia con ese rol de malos oficiales. La conclusión, envuelta en ironía, es que el verdadero peligro no serían estos movimientos, sino la maquinaria que los alimenta.
Al cierre, la duda persiste: ¿estamos ante una infiltración deliberada, ante una resistencia genuina o ante el producto de una mente paranoica? La historia reciente de la extrema derecha sugiere que las apariencias engañan. O tal vez sea el propio complot el que nos quiere hacer creer que las apariencias engañan. Viene a ser lo mismo.