La brecha de internet: mucho consumo y pocos espacios de creación
Las mujeres son
mayoría en las redes sociales y apenas asoman en los espacios técnicos de discusión. La paradoja, comprobable abriendo cualquier navegador, sostiene un análisis sobre cómo se reparte internet según el sexo: hay plataformas que concentran atención y compras, y otras que siguen siendo territorio casi exclusivamente masculino. Quien abre el asunto no se anda con matices y sostiene que en fotografía, programación, informática o historia no aparece «ni un solo rastro» femenino, salvo en Instagram, TikTok y alguna reseña de compra.
Tan rotundo como difícil de medir, el punto de partida deja una pregunta razonable para la economía digital: si la mitad de la población no ocupa esos espacios, ¿quién los sostiene y qué dice eso del valor que se da al tiempo libre?
Qué revela la brecha de género en el uso de internet
La tesis dominante es que internet se reparte por sexos sin apenas mezcla. Se señala que las mujeres se concentran en
Instagram, Amazon, Facebook, TikTok, YouTube y WhatsApp, y que fuera de ahí, salvo excepciones, no salen. Frente a eso, otra lectura añade el matiz del anonimato: en las redes sociales abundarían los perfiles femeninos sin un nombre que los identifique, de modo que el recuento a ojo infravalora siempre su presencia real.
El otro extremo lo ilustran las compras. Varias intervenciones coinciden en un síntoma doméstico: el paquete que llega cada día, la fiebre por las plataformas de moda rápida y la conversación de oficina que gira en torno a ellas. La impresión general es que el comercio online ha sustituido a cualquier otra afición en buena parte del tiempo libre femenino.
Compras, atención y la lógica económica de las plataformas
Aquí el diagnóstico se vuelve económico. El consumo no es una anomalía, es el motor que sostiene buena parte del negocio digital:
atención convertida en escaparate y escaparate convertido en carrito. La pregunta incómoda la lanza una intervención: qué pasaría si alguien viviera con
atención ilimitada, sin necesidad de conquistarla. La respuesta que insinúa es menos aficiones y más teléfono.
No es un argumento menor. La economía de la atención premia a quien la capta, no a quien la produce con esfuerzo; y en esa lógica la creación —espacios técnicos, blogs, memoria colectiva— sale perdiendo frente al escaparate. Es el envés de un sistema que mide el valor de una pantalla por lo que vende, no por lo que enseña. Sobre quién gana con ese reparto, el acuerdo es amplio: la plataforma.
Ellas también crean, aunque en otros nichos
La contra más sólida apunta que el diagnóstico se hace desde un único rincón de internet. Hay
millones de mujeres siguiendo y produciendo contenidos sobre hogar, decoración, labores, crianza, belleza y salud, con comunidades enteras creadas por y para ellas. Canalizan seguidoras y hacen millonarios a quienes los sostienen. La objeción se completa: buena parte de ese contenido es de consumo, no de discusión, y en los nichos de
cotilleo la dinámica se vuelve otra cosa. ¿Se trata de una ausencia o de una geografía distinta? El listado completo de hábitos que cada bando atribuye al sexo contrario, con su docena larga de puntos, merece leerse entero para calibrar cuánto hay de observación y cuánto de
caricatura.
Del presente al paleolítico: la deriva de los roles
La conversación no se quedó en el móvil. Una parte se fue al paleolítico, con dos análisis encontrados. Uno defiende un reparto clásico: el hombre cazaba, la mujer pescaba, revisaba trampas, curtía pieles, secaba víveres y cuidaba del fuego y de los niños, un trabajo igual de duro. El otro responde que las investigaciones recientes desmontan ese esquema simplista: hay tumbas con hombres y mujeres enterrados junto a sus armas, y el día a día de pueblos ancestrales apunta a un reparto más poroso. En medio, un tercer diagnóstico más prosaico: fuera cual fuera el rol, aquello era un
horror de época.
Otra tanda derivó hacia la pareja. Aparecieron recetas sobre cómo elegir, entregarse y complacer, con un catálogo de condenas al deseo y a la comparación. La conversación se tensó, entraron los insultos y el desgaste; algunas intervenciones subrayaron justo lo contrario: que una mujer que sabe hacer cosas y tiene aficiones propias es de lo más valorado.
¿Es el tiempo libre una cuestión de prioridades?
La explicación más fría llegó desde las aplicaciones de citas. Si alguien tuviera la bandeja de privados llena, viene a decirse, tampoco se pondría a leer noticias: la vida es cuestión de prioridades. Con esa perspectiva, el tiempo no se reparte por capacidad, sino por dónde rinde más la atención disponible. Otro cierre del mismo círculo: el tiempo sin esfuerzo apenas deja huella, y quizá el problema no sea quién mira la pantalla, sino para qué.
Con el mapa delante, el desequilibrio es difícil de negar y fácil de malinterpretar. ¿Mide intereses diferentes, oportunidades diferentes o simplemente el sesgo de quien observa desde un solo rincón de internet?