El filósofo viral que llama cuñados a los filósofos
Un joven filósofo arrasa en TikTok con una frase que ha incendiado el debate:
«La gran mayoría de los filósofos son unos cuñados». La sentencia, lanzada en una entrevista, ha servido para que muchos ciudadanos aireen una sospecha incómoda: que el título universitario ya no garantiza nada. La discusión derivó rápidamente hacia el valor real de las licenciaturas, el nivel de los egresados y la sospecha de que las universidades están titulando a personas que no dominan ni lo básico de su disciplina.
Entre los argumentos más repetidos aparece la idea de que
un licenciado en Filosofía no es un filósofo, sino a lo sumo un historiador de la filosofía, alguien que ha estudiado a otros pero no aporta un sistema propio. La distinción no es menor: para muchos, el filósofo de verdad es quien construye pensamiento original, no quien repite corrientes ajenas. Y esa brecha entre titulación y competencia real es la que alimenta el malestar.
Titulados que no saben quién fue Stalin
Los ejemplos concretos han sido el combustible del debate. Se relata el caso de una
compañera de Historia que se licenció sin saber quién fue Stalin, qué era una ballesta o qué significaba la inflación, y que acabó de secretaria en el rectorado. Otro testimonio menciona a un licenciado en Historia que
desconocía que el último rey de los Austrias fue Carlos II el hechizado. Son anécdotas, no estadísticas, pero funcionan como síntoma: la sensación de que el título se ha convertido en papel mojado.
La queja no se dirige solo contra los estudiantes. También apunta a un sistema que, según esta lectura,
ha devaluado la educación hasta niveles que se describen como «woke» y que prima criterios ajenos al mérito. Hay quien sostiene que los títulos se regalan y que la excelencia académica ha sido sustituida por la corrección ideológica. Es una hipótesis discutible, pero explica por qué el vídeo del filósofo viral ha encontrado eco tan rápido.
El filósofo que no sabe comunicar
La otra gran línea de crítica es la comunicación. Un buen filósofo, se argumenta,
debería modular su lenguaje según el interlocutor para transmitir mejor su pensamiento. Si no sabe expresarse, la sospecha es inmediata: o el título es de una institución privada de dudosa calidad, o se ha aprobado por vías poco académicas. La acusación es dura, pero refleja una expectativa razonable: quien filosofa para el gran público debería poder hacerse entender.
Frente a eso, otra corriente defiende lo contrario:
no hace falta ser licenciado en Filosofía para ser filósofo. Cualquiera puede ponerse a filosofar, y de hecho los mejores pensadores serían aquellos que nunca leyeron un libro de filosofía, porque su pensamiento estaría libre de influencias. Es una tesis provocadora, casi paradójica, pero conecta con una intuición popular: la filosofía más pura nace de la ignorancia, no de la erudición.
El efecto Dunning-Kruger de los titulados
El debate también ha producido diagnósticos más técnicos. Se menciona el
efecto Dunning-Kruger para describir a quienes, por estudiar una carrera, creen dominar la materia de por vida. El conocimiento de una disciplina, se recuerda, lleva toda una vida, y confundir el título con la competencia es un error de principiante. La ironía es que el propio filósofo viral, al llamar cuñados a los demás, estaría incurriendo en el mismo dogmatismo que critica.
La conversación derivó hacia un tema más amplio: la
vida laboral de los docentes. Hay quien menciona sueldos de unos 2.000 euros en 14 pagas, tres meses de vacaciones y un calendario con
172 días lectivos al año. La etiqueta de «funcivago» aparece con retintín, y con ella la sospecha de que quienes critican el sistema son los mismos que viven de él. Es una tensión clásica: la crítica a la universidad desde dentro de la universidad.
La universidad como sello de idiotas
El cierre del debate es amargo. Hay quien afirma que
la universidad se está convirtiendo en el sello de los idiotas, que ha pasado de ser un prestigio a ser un indicador de estupidez. La frase es exagerada, pero resume un estado de ánimo: la desconfianza hacia un sistema que titula a personas que no dominan lo básico. Y la pregunta queda flotando: si el título ya no distingue al competente del incompetente, ¿para qué sirve exactamente?