Fútbol femenino: la brecha que pagamos entre todos
El
fútbol femenino factura hasta 90 veces menos que el masculino, según los cálculos que circulan en el debate, y la pregunta que sobrevuela cada conversación sobre las jugadoras no es deportiva sino contable: ¿quién pone el dinero que falta? La respuesta que se repite es incómoda: el contribuyente. Un usuario lo resume sin anestesia: «No es magia, son tus impuestos». El asunto no es si las futbolistas cobran mucho o poco, sino si el sistema que sostiene sus sueldos es sostenible o es una transferencia permanente de renta desde el bolsillo de quien nunca ha visto un partido.
¿Cuánto factura realmente el fútbol femenino?
La cifra que más se repite es la de 90 veces menos ingresos que el fútbol masculino. Hay quien la discute: «90 veces menos me parece una barbaridad de poco», ironiza un participante, que sospecha que la proporción real es aún más desfavorable. El argumento de fondo es que el fútbol femenino no genera ingresos suficientes ni para cubrir una fracción mínima de sus costes, y que la diferencia la cubren subvenciones públicas y privadas. «El fútbol femenino es un agujero negro masivo que nos cuesta un cojón para que no lo vea nadie», sentencia otro mensaje. La comparación con el fútbol masculino, lejos de ser una provocación, se usa como termómetro de viabilidad: si el producto no atrae público, no hay taquilla, no hay derechos televisivos, no hay patrocinios. Y sin esas tres patas, solo queda la subvención.
¿Por qué se compara el precio de las entradas del Barça femenino y masculino?
Un dato concreto que se lanza en el debate: una entrada en tribuna para un partido del Barça femenino contra el Valencia cuesta 24 euros, y la más barata 14. Para un Barça masculino contra el Betis, la más barata son 39 euros y en tribuna 139. La conclusión que extrae quien aporta la comparación es que «el fútbol femenino es un timo»: se cobra al aficionado un precio que no se corresponde con el producto. La comparación de precios se usa como prueba de que el mercado no sostiene el espectáculo y de que alguien está poniendo la diferencia. No es un análisis de costes, es un argumento de percepción: si el producto fuera bueno, no haría falta regalarlo ni subvencionarlo.
¿Qué se propone hacer con las futbolistas?
Las propuestas que recorren el debate van del sarcasmo a la política-ficción. Hay quien sugiere «ponerlas a asfaltar carreteras o a trabajar soldando en la calle estructuras metálicas» como terapia contra lo que consideran privilegios. Otros proponen «darles cinco millones de euros con la condición de que lo tengan que repartir entre ellas según su calidad, nunca a partes iguales». Una idea recurrente es la de ignorarlas: «Gradas vacías + tele apagada - problema resuelto». Y una más quirúrgica: «Si no se les subvencionase y cobrasen lo que producen, ya estaba arreglado». El denominador común no es el odio al deporte femenino, sino el rechazo a que se sostenga con dinero ajeno un producto que el mercado no demanda.
¿Qué pasa con las subvenciones al fútbol femenino?
El punto que más consenso genera es que las subvenciones existen y que muy poca gente lo sabe. «Así que los equipos femeninos de fútbol están subvencionados por todos los españoles. Creo que este dato lo saben muy pocos españoles», escribe un participante. La pregunta implícita es qué pasaría si esas ayudas desaparecieran. La respuesta que se da es que el sistema colapsaría: sin subvención, sin sueldos, sin liga. La discusión deriva entonces hacia el coste de oportunidad: ese dinero podría ir a sanidad, a infraestructuras o a bajar impuestos. No hay cifra oficial en el debate, pero la sensación que se impone es que el fútbol femenino vive de una renta pública que nadie ha votado.
¿Es solo cuestión de dinero o hay algo más?
Hay una corriente que sostiene que el problema no son las jugadoras sino quienes las usan como herramienta política. «Centrar tu inquina en las jugadoras es un error. Los verdaderos responsables son quienes las utilizan como mera herramienta para hacer política», apunta un mensaje. Otros van más allá y hablan de «ingeniería social para masculinizar a las niñas». La discusión se ensancha: no es solo si el fútbol femenino es rentable, sino si su promoción responde a una agenda ideológica que se paga con dinero público. En ese marco, el deporte pasa a ser un instrumento y las jugadoras, una pieza útil.
La conclusión que se impone en el debate es que el fútbol femenino no se sostiene con lo que genera. La pregunta que queda en el aire es si eso importa. ¿Debe el deporte femenino financiarse con lo que produce o con lo que se decide que debe producir? Nadie en la conversación ha dado una respuesta que no sea una subvención o un cierre.