¿Peor que ser calvo? La escala masculina de la derrota
¿Hay algo peor que ser calvo? La pregunta, en apariencia trivial, encierra una de las angustias más silenciosas del hombre maduro. Un caso concreto ilustra la dimensión del drama: un hombre que a los 30 tenía pelo y no estaba gordo, y que 15 años después comprueba cómo el espejo le devuelve una versión menos amable. Su conclusión es tajante: la calvicie es la derrota suprema, y no hay nada que la supere.
Las respuestas a esta provocación no se hicieron esperar. Hay quien apunta a la cobardía como un lastre mayor, porque el mundo está lleno de hombres con pelo cobardes. Otros reducen la cuestión a una simple cuenta: un calvo gordo es peor que un calvo delgado, porque la naturaleza le niega incluso la posibilidad de compensar. La comparación con el cáncer obliga a un matiz: salvando lo clínico, la conversación se refiere a desgracias estéticas y de carácter. Y en ese plano, la calvicie se sitúa como el peor escenario posible.
El calvario de las apps de citas
La experiencia personal que abre la conversación aporta un dato demográfico de interés: en aplicaciones de citas, un hombre calvo de más de 40 años es carne de cañón. La fealdad se paga, pero la calvicie tiene un agravante: es irreversible, visible y se asocia directamente con el envejecimiento. Por si fuera poco, la equivalencia femenina, según esta corriente, es la obesidad, un trazo grueso que no necesita más análisis.
Mientras tanto, los hombres con pelo cobardes siguen sin saber si deben celebrarlo o lo contrario. La escala de la derrota, como todas las escalas subjetivas, tiene más agujeros que un queso gruyère. Suponemos que hasta que alguien encuentre algo peor que ser calvo —quizá ser calvo y no tener descuento en peluquería—, la cuestión seguirá sobre la mesa.