¡Qué pereza…! (Gabriel Albiac en El Debate)

¡Qué pereza…! (Gabriel Albiac en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Gabriel Albiac publica en El Debate un artículo en el que describe su pereza ante las elecciones del 29 de noviembre de 2026, marcadas por tener que elegir, según él, entre candidatos nulos y delincuentes juzgados o con causas abiertas.

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Gabriel Albiac publica en El Debate un artículo en el que describe su pereza ante las elecciones del 29 de noviembre de 2026, marcadas por tener que elegir, según él, entre candidatos nulos y delincuentes juzgados o con causas abiertas.

El escritor y columnista Gabriel Albiac firma en El Debate un texto con fecha 12 de octubre de 2026 en el que anticipa las elecciones generales del 29 de noviembre de 2026 con un tono de hastío. El artículo lleva por título «¡Qué pereza…!» y arranca con una confesión: cada vez que ha sido llamado a votar, dice, le ha invadido la misma sensación pegajosa y el deseo de refugiarse en una biblioteca. No es una postura nueva, pero esta vez, sostiene, es peor.

La tesis: de la elección entre memos y malvados a la de nulos y delincuentes

Albiac plantea que la disyuntiva electoral ha cambiado de naturaleza. Antes, escribe, se trataba de elegir entre «memos y malvados». Ahora, afirma, toca optar entre «nulos y delincuentes». Y precisa: delincuentes ya juzgados y condenados en algún caso, y delincuentes con procedimiento judicial abierto y a distintos plazos de sentarse en el banquillo.

El autor no pone nombres propios a esos delincuentes, pero sí a algunos de los que considera nulos. Menciona a Patxi López y a Rufián como ejemplos de lo que, a su juicio, sería una eminencia parlamentaria sin oficio ni beneficio fuera del escaño. Se pregunta de qué vivirían, qué pensaría de ellos su entorno, si no ocuparan un asiento en el Congreso. La conclusión que extrae es que la política profesional en España atrae a quien se sabe incapaz de vivir decentemente de su trabajo o de su inteligencia.

El aforamiento y la prioridad de desproteger a los delincuentes

Una de las ideas que repite con más claridad es la del aforamiento. «Sé –sólo un idiota no lo sabría– que es prioritario desproteger a los delincuentes aforados, para que puedan comparecer, de una maldita vez, ante los jueces. Como cualquier otro hijo de vecino», escribe. La frase resume su posición: el aforamiento protege a los investigados de comparecer ante la justicia ordinaria, y eso, a su juicio, debe terminar.

La paradoja que le desespera es la siguiente: votar a un idiota le parece duro, pero se pregunta si es decente no hacerlo para impedir la permanencia de un criminal. No resuelve la pregunta. Dice que no está seguro de poder vencer su asco a dar sueldo público a las nulidades que son sus adversarios, y añade que es un imperativo categórico no estar seguro. Nadie, concluye, saldrá contento de sí mismo tras pasar por las urnas. Salvo los muy ignorantes o los muy perversos.

Una campaña que, según él, se librará en 1934

Albiac sostiene que la campaña electoral que precederá al 29 de noviembre de 2026 será la más estafadora que haya vivido. Su tesis es que dividirá a los votantes en dos campos mortalmente enfrentados, los mismos que hace casi un siglo. «Votaremos en un 29 de noviembre de 2026. Pero estaremos votando en 1934», escribe. La referencia a 1934 no es casual: alude al clima de confrontación política de la Segunda República española, un año antes de las elecciones de febrero de 1936.

El autor califica las campañas electorales, desde que las conoce, como la mayor de las burlas y la más cruel de cuantas componen el sometimiento de la ciudadanía. Pero esta, insiste, va demasiado lejos. Y se impondrá, añade, como siempre.

La biblioteca como refugio y el eco de Platón

El texto cierra con una imagen que recorre todo el artículo: la biblioteca. Albiac confiesa que el anhelo de vivir en una biblioteca de la que se haya excluido todo lo innecesario le tienta y casi siempre le vence. No sin desasosiego, matiza. Se pregunta si un hombre puede llamarse hombre sin esa inquietud de equivocarse.

Cita a Platón para definir el mal como el modo de vivir de los más estúpidos: aquellos que ni siquiera saben que lo son, aquellos que aportan lo peor convencidos de ser profetas de lo óptimo. La biblioteca, en su relato, es el lugar donde no hay sitio para la estupidez ni para el mal. Y termina con la misma palabra del título: «¡Qué pereza!».

Claves

- Gabriel Albiac publica «¡Qué pereza…!» en El Debate el 12 de octubre de 2026.

- El artículo se refiere a las elecciones del 29 de noviembre de 2026.

- Albiac describe la disyuntiva como una elección entre «nulos y delincuentes», con delincuentes ya condenados en algún caso y otros con procedimiento judicial abierto.

- Menciona a Patxi López y a Rufián como ejemplos de lo que considera nulidades parlamentarias.

- Defiende desproteger a los delincuentes aforados para que comparezcan ante los jueces como cualquier otro ciudadano.

- Sitúa la campaña electoral en un clima que compara con 1934.

Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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¡Qué pereza…!​

12/10/2026

Gabriel Albiac-El Debate
  • Sé –sólo alguien poco informado no lo sabría– que es prioritario desproteger a los delincuentes aforados, para que puedan comparecer, de una maldita vez, ante los jueces. Como cualquier otro ciudadano

¡Qué pereza, cielo santo, qué pereza…! Tener que elegir, de nuevo, entre opciones poco edificantes. No dar con un solo sujeto en esas listas cerradas suyas que merezca siquiera un átomo de respeto. Por su inteligencia, por su bondad, por su generosidad, por su buena educación al menos. Cada vez que he sido llamado a votar, me ha apresado la misma sensación pringosa. Y el anhelo de vivir sólo en una biblioteca –de la cual se excluyó todo lo innecesario– me tienta. Y casi siempre me vence. No sin desasosiego, no obstante. Nadie, ante esa exigencia de dar la espalda el presente, puede eludir la inquietud de equivocarse. Pero sin esa inquietud, sin ese desasosiego, ¿puede acaso decir un hombre que es un hombre?

Es peor esta vez.

La nulidad de todos los candidatos –de todos– es la misma, la inevitable. No puede haber sorpresa en eso. Se dedica a la política profesional, en España, aquel que se sabe incapaz para poder vivir decentemente de su trabajo o de su inteligencia. No es que ser incompetente o cortito de sesera implique necesariamente ser malo. Eso viene después y por añadidura. Seamos sensatos. Una nulidad como cualquiera de las que pueblan los consecutivos parlamentos españoles, por muy nula que sea, tiene clara, sí, una cosa: que nunca podría alcanzar en la actividad laboral unos ingresos ni de lejos comparables a los que le concede la voluntad del dedo del partido que se dignó incluirlos en sus listas. ¿En cuanto al reconocimiento social? ¿De verdad ignora alguien qué es lo que pensarían de Patxi López en su pueblo, si no fuera la eminencia parlamentaria que tanto nos ameniza? ¿De qué viviría un tan notorio personaje como Rufián, privado de su escaño en el parlamento de un país al cual no se digna reconocer, pero del cual cobra?

Esta vez es más duro. De la elección entre opciones poco brillantes, hemos pasado a tener que optar entre nulos y delincuentes. Delincuentes ya juzgados y condenados en algún caso. Delincuentes, otros, con procedimiento judicial abierto y a distintos plazos de sentarse en el banquillo. Es duro tener que votar a alguien poco capacitado. Pero, ¿es decente no hacerlo para impedir la permanencia de un incivil?

Nunca hubiera querido verme en una alternativa como ésta. Pero las paradojas ante las cuales la realidad nos pone, nadie puede elegirlas. Es lo que hay, me dice la voz cínica de la sensatez. Es lo que hay, respondo. Pero me pone enfermo. Y no pienso que sea el único al que esta atrocidad de la España presente mueve al solo deseo de huir. Muy lejos. O bien, aquí mismo, en esta biblioteca de la cual fueron depurados todos los libros que no fueran –en mayor o menor grado– maravillosos. En esta biblioteca en la que no hay lugar para la patidifusez, para el mal, que, dice Platón, es el modo de vivir de los más […]: aquellos que ni siquiera saben que lo son, aquellos que aportan lo peor, convencidos de ser profetas de lo óptimo.

Votaremos en un 29 de noviembre de 2026. Pero estaremos votando en 1934, que es el presente intemporal de nuestros políticos. Al cabo de la campaña electoral más engañadora que hayamos vivido: la que divide campos, mortalmente enfrentados, de hace casi un siglo. Y eso que han sido las campañas electorales siempre, desde que yo las conozco, la mayor de las burlas, la más cruel, de cuantas componen el sometimiento de la ciudadanía. Pero es que esto de ahora va demasiado lejos. Y se impondrá, sin embargo. Como siempre.

Sé –sólo alguien poco informado no lo sabría– que es prioritario desproteger a los delincuentes aforados, para que puedan comparecer, de una maldita vez, ante los jueces. Como cualquier otro ciudadano. ¿Podré vencer mi angustia a dar sueldo público a las nulidades que son sus adversarios? No estoy nada seguro. Y –pase lo que pase– sé que es un imperativo categórico no estarlo. Nadie saldrá contento de sí mismo, esta vez, tras su paso por las urnas. Salvo los muy ignorantes. O los muy perversos… ¡Qué pereza!
 

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