El MIT alerta de la rendición cognitiva en la universidad
En el debate se da por hecho que un comité del MIT ha puesto nombre a algo que muchos intuían: la rendición cognitiva. La definición que se maneja es incómoda: la incapacidad de buscar una solución propia porque se da por hecho que la respuesta ya la tiene un chatbot. El esfuerzo, sencillamente, deja de tener sentido. Y el aviso, según quienes lo citan, no viene de un tertuliano sino de una institución que vive de que sus alumnos aprendan a pensar.
La diferencia con todo lo anterior, sostiene el análisis más difundido, es de grado pero también de naturaleza. Las herramientas previas —la escritura, la imprenta, la calculadora— eran escalones: te ahorraban pasos, no el problema. Aquí, dice la advertencia, han quitado la escalera entera.
Qué es la rendición cognitiva que estudia el MIT
El fenómeno describe un atajo psicológico: si la máquina ya tiene la respuesta, esforzarse en construirla parece una tontería. No es mala intención del alumno, es cálculo de coste-beneficio. ¿Para qué buscar en la biblioteca si un prompt lo resuelve en segundos?
Ese razonamiento, trasladado a la fase de formación y no a la de producción, es lo que preocupa. Quienes ya trabajan con IA no la tuvieron disponible mientras aprendían a aprender. La siguiente generación sí. Y ahí no hay precedente contra el que comparar.
La calculadora aceleraba; la IA entrega el resultado
El paralelismo con la calculadora recorre todo el análisis. Un forero recuerda que una profesora lo resumía así: el reloj-calculadora no resolvía una regla de tres, solo aceleraba la obtención de la respuesta; había que saber plantearla. Ese matiz —plantear frente a resolver— es justo el que se difumina.
Hay quien rebate que la atrofia siempre existió y no pasó nada: los humanos dejaron de matar mamuts y de hacer cuentas mentales en la mercería, y seguimos aquí. La contrarréplica es que perder una habilidad concreta no es lo mismo que perder la curiosidad por el resultado. Y que la pérdida de curiosidad es, según varios diagnósticos, la parte que ya venía de antes.
La IA ya resuelve ensayos, problemas y código
El propio documento reconoce, según las lecturas que circulan, que la evaluación tradicional ha dejado de servir: la IA resuelve ensayos, problemas, demostraciones y código de un grado. La propuesta no es prohibirla, sino multiplicar exámenes orales, carpetas de trabajos y profesores ayudantes. Hay quien lee ahí un problema gremial de los claustros más que el fin de la civilización, y quien ve la prueba de que el título ya no garantiza nada.
La experiencia de campo va en esa línea. Un alumno de la UNED con 430 páginas de temario pasó su examen escaneado a ChatGPT para que lo corrigiera: la máquina le dio un 7,5. El corrector humano fue más generoso. En años anteriores, la nota de la IA y la nota real coincidían demasiado.
El impacto económico: menos cotizaciones, misma estructura
El salto al terreno fiscal es inmediato. Si un despacho de arquitectos hacía lo mismo con 25 personas y ahora lo hace con 10, plantea un forero, caen 15 cotizaciones de IRPF sin que baje el trabajo facturado. La réplica es que la empresa doblará proyectos, tributará más por sociedades y los despedidos montarán su propio despacho. El escenario intermedio —demanda más floja, márgenes menores— queda sin despejar.
¿Y si el problema no fuera la máquina, sino que llevamos décadas premiando lo contrario de lo que decimos premiar?