Bagdad cayó el día 19 de 2003; en Ucrania el calendario no cuadra
Al llegar el día 19 de la invasión rusa de Ucrania, la comparación con Irak se ha convertido en el termómetro más incómodo para Moscú. En 2003, ese mismo día de guerra, las tropas de la coalición liderada por Estados Unidos ya habían tomado Bagdad y dado por desmantelada la resistencia urbana en Nasiriya, Nayaf, Basora y la propia capital. En Ucrania, Kiev sigue sin ser cercada y el frente no se ha derrumbado.
La cronología se usa como vara de medir. El análisis más difundido sostiene que
Estados Unidos concentró su plan en la capital para quebrar la voluntad del invadido, mientras Rusia ha dispersado sus esfuerzos en varios ejes de progresión sin terminar de tomar ciudades clave, lo que retrasa el cerco de Kiev. La conclusión de esa lectura es tajante: la guerra podría prolongarse semanas o meses.
Qué pasó el día 19 en Irak: Bagdad, Nasiriya y las Thunder Roads
Según el relato de los hechos de 2003, la ofensiva terrestre combinó dos movimientos. Por el oeste, las fuerzas del Ejército estadounidense destruyeron un gran número de unidades iraquíes en las llamadas
Thunder Roads; por el este, los Marines asaltaron con pérdidas mínimas de blindados.
La aviación de la coalición operó sin límites y Bagdad se dio por tomada en seis días, aunque la ocupación posterior acabó derivando en una insurgencia prolongada.
Los datos militares se han puesto encima de la mesa porque contrastan con el caso ruso:
diez aviones perdidos al intentar emplear aviación de ala fija —cuatro Su-34 y dos Su-30, además de bajas en ala rotatoria— y, sobre el terreno,
200 tanques y 363 blindados destruidos o abandonados. La cifra de vehículos perdidos es la que ha hecho saltar la comparación, porque el fondo del asunto es si un ejército se puede medir con el rasero de otro.
¿Por qué se habló de una guerra relámpago rusa?
Aquí empieza uno de los tramos más enredados. Una parte del análisis sostiene que
el bulo de la guerra relámpago lo instaló la expectativa occidental para fabricar después una decepción; en esa lectura, Rusia nunca prometió tomar Kiev en días. Enfrente está quien recuerda el desembarco aerotransportado sobre un aeropuerto en las primeras horas y el parón logístico de la primera semana como pruebas de que sí existía un plan de golpe de mano.
Lo comprobable es el resultado:
el frente aguantó y, según quienes siguieron su evolución, la ayuda militar exterior se aceleró cuando quedó claro que el derrumbe no llegaba. Ahí el calendario deja de ser propaganda y se convierte en dato estratégico. Si el plan era rápido, falló; si no lo era, alguien eligió una forma de invadir que solo tiene sentido si se es rápido.
Por qué el ejército iraquí de 2003 no es el ucraniano de 2022
El contraargumento más repetido es que la comparación ignora el punto de partida. Irak llegó a 2003 tras
ocho años de guerra contra Irán (1980-1988), la Guerra del Golfo de 1991 y dos décadas de embargos. Se sostiene que hubo deserciones masivas y mandos comprados, y que la Guardia Republicana apenas podía ofrecer resistencia frente a una superioridad aérea total. Ucrania, en cambio, llevaba años recibiendo equipo y entrenamiento, lo que cambia por completo el problema táctico: los sistemas antitanque portátiles han hecho que el movimiento blindado se pague caro.
También hay quien añade la geografía: frente a un Bagdad situado a unos 11.000 kilómetros de Estados Unidos, Járkov queda a pocas decenas de kilómetros de la frontera rusa. Ganar en casa sigue siendo ganar en casa, pero perder a esa distancia del propio territorio deja poco margen para el relato.
El coste humano que ninguna comparación neutraliza
Frente a las cifras de material, las de personas se leen de otra manera. En la discusión se recuerda que en Irak murieron cientos de miles de civiles por bombardeos, hambre y enfermedades —se citan medio millón por hambre y epidemias tras 1991 y más de 900.000 muertos en el conjunto de las guerras del país— como recordatorio de que una invasión relámpago no es una invasión barata. La contraposición con la cautela rusa respecto a las víctimas civiles es, cuanto menos, discutida: quien defiende a Moscú habla de contención; quien lo niega recuerda escenarios como el sirio.
En paralelo circula otro cálculo incómodo. Comparado con Vietnam, donde el pico semanal de bajas estadounidenses fue de 600 muertos en mayo de 1968 según el dato que se cita, algunos sostienen que en Ucrania se estaría hablando de más de 2.000 soldados rusos muertos por semana. El dato no está verificado y se maneja como estimación de guerra, pero sirve para situar la escala.
De la doctrina sin contacto a la guerra mosaico
El fondo del asunto es doctrinal. Una lectura sostiene que
la doctrina rusa, con su énfasis en los medios no militares y la guerra sin contacto, ha quedado en evidencia: la superioridad teórica en fuego de largo alcance no basta si el adversario dispersa, se cubre y responde con enjambres baratos. Misiles antitanque, drones suicidas merodeadores y aparatos como el TB2 apuntan, según esta corriente, a una versión inevitable de la llamada guerra mosaico.
No es una novedad de esta guerra, pero sí la primera vez que se ve funcionar a esta escala contra un ejército que se presumía convencional y moderno. Esa es, quizá, la conclusión menos discutida de todo el asunto.
Dónde se atasca la comparación
Si la analogía con Bagdad sirve para medir el fracaso del calendario ruso, no sirve para predecir el final. La batalla de Stalingrado duró 200 días, de agosto a febrero, y en Ucrania apenas se llevaban veinte. Quien esperaba un desenlace rápido, en cualquier dirección, sigue sin fecha.