Susanna Griso y su plató, a carcajadas con los funerales de Parada
Un plató de máxima audiencia, un titular que juega con el apellido de un veterano presentador y una carcajada coral cuando lo que hay sobre la mesa son los funerales a los que ese presentador ha acudido en poco tiempo. Un mensaje difundido en redes recoge el momento atribuido a
Susanna Griso y sus contertulios, partiéndose de risa mientras el rótulo remata la gracia: «última
parada: JM Parada no se pierde un funeral». La broma, en frío, es de mal gusto. El problema nunca es el chiste. El problema es quién lo firma.
Qué se le reprocha al plató de Susanna Griso
El reproche no es que exista el chiste, sino dónde y con qué cara se cuenta. Hay quien sostiene que la risa respondía al tono del reportaje y no a las muertes en sí, y que el fragmento, sacado de su contexto, se presta a la lapidación fácil. La defensa del
humor negro como género legítimo aparece en varias réplicas: se ríe uno de lo que da miedo, no de quien lo sufre.
Enfrente, otra lectura. El humor negro tiene un marco y ese marco se rompe cuando el chiste se emite en un magacín matinal, sin aviso previo y ante una audiencia que no ha ido a buscar transgresión. Quien se declara aficionado al género pero separa la ironía de la crueldad lo formula con una idea repetida en distintas versiones: no es lo mismo reírse de la muerte que reírse de los muertos de otro.
Quién puede usar el humor negro: la doble vara
Otra corriente sostiene que la sorna y el humor negro funcionan como patente de corso para un lado del espectro televisivo, y que bastaría que el chiste lo hubiera firmado alguien del otro lado para que se activara automáticamente la etiqueta de delito de odio. No se discute el contenido; se discute el carné que lo autoriza.
El argumento tiene su miga, porque desplaza el foco del chiste al emisor. El mismo rótulo leído por otra boca habría provocado la misma carcajada. Lo que cambia, según esta lectura, es el permiso, no el texto.
El eco de las vacunas y del 5G en la polémica
Parte de la conversación deriva hacia el terreno sanitario. Se mezclan las risas con referencias a mensajes anteriores de la presentadora sobre las vacunas, atribuyéndole haber defendido su eficacia mientras criticaba a quienes no se pinchaban. Son afirmaciones lanzadas al calor del cabreo, sin documentación que las sostenga, y conviene tratarlas como lo que son: opinión de quien escribe, no dato.
Aparece también el repertorio conspiranoico de siempre. Una réplica se pregunta, medio en broma, si Parada es un receptor de 5G; otra ironiza con que la presentadora debe vivir bien alejada de las antenas. Es la guinda absurda de un enfado que, en realidad, no va de pinchazos ni de telefonía, sino de clase televisiva.
La ironía devuelta: las esquelas de la propia familia
El contragolpe más repetido es la simetría. Varios mensajes reproducen enlaces a esquelas publicadas por medios como
Hola,
El Mundo o
El Español para recordar fallecimientos en la familia de la propia presentadora —su madre en
2017 y su hermana en
2019— y devolverle así la broma. La idea, formulada de mil maneras: si el humor negro vale para todos, valdrá también cuando el funeral sea el tuyo.
Ahí es donde la discusión se envenena de verdad. Ya no hay debate sobre los límites del humor; hay un intercambio de golpes en el que cada lado espera a que al otro le toque la desgracia personal para cobrarse la gracia pendiente. Exigir que uno se ría de su propia muerte antes de reírse de la ajena es, en el fondo, un deseo.
Por qué Parada salió de la televisión, según el relato que circula
En medio del ruido aparece una hipótesis sobre el origen del rencor. Se argumenta que el presentador fue apartado de la pequeña pantalla después de recordarle a otro rostro conocido sus antecedentes, y que de ahí vendría el ajuste de cuentas. Es una explicación que circula sin pruebas y que, por ahora, se queda en eso: en una teoría que encaja demasiado bien con el relato de los agraviados.
Lo que sí puede afirmarse es que el rótulo y la risa existen, y que la reacción no fue fruto de un malentendido técnico. Alguien decidió que aquello era gracioso y salió en directo.
Un punto de audiencia y ningún cadáver en el plató
La lectura más cínica es también la más simple:
un 1% más de audiencia justifica cualquier exceso, y el escándalo posterior alimenta el mismo negocio que lo produjo. Reírse de los muertos ajenos sale barato. El perdón, en
televisión, también.
Queda una pregunta que nadie del plató respondió y que el fragmento deja colgando: cuántos funerales hacen falta para que deje de ser gracioso.