Rusia entra en suspensión de pagos: 100 millones sin cobrador
Rusia tiene el dinero. Lo que no tiene es un banco occidental dispuesto a aceptarlo. La paradoja recorre todo el asunto: el vencimiento del plazo de pago de un bono ruso llevó a los titulares a anunciar la primera suspensión de pagos del país desde la Revolución bolchevique, mientras una parte del análisis sostiene que el impago no responde a la falta de fondos. La pieza que abrió el tema fue un mensaje de
The Irish Times —«Russia heads for default as bond payment deadline passes»— que en español se tradujo con una frase bastante más contundente.
La cifra que se repite es modesta:
unos 100 millones de dólares que vencían y que, sobre el papel, Rusia estaba en condiciones de abonar. La cuestión no es si hay caja, sino quién tiene la llave de la cuenta.
¿Qué ha pasado exactamente con el pago de la deuda rusa?
El planteamiento es sencillo de enunciar y endiablado de resolver. Rusia debía atender el pago de un bono antes de una fecha límite; las sanciones han dejado sus cuentas en el exterior bloqueadas o limitadas, y las entidades que actúan como intermediarias no ejecutan la transferencia sin arriesgarse a incumplir las restricciones. Resultado: una operación que se queda a medio camino, con el ordenante llamando a una ventanilla que no abre.
Una de las descripciones que más ha circulado detalla el mecanismo. Moscú ofrece saldar la deuda en
rublos u oro, o dejar el dinero depositado en Rusia para que el acreedor lo recoja cuando pueda. Es decir, el deudor pone el dinero sobre la mesa, pero no en la divisa ni en la plaza que el contrato exige. Y quien atribuye el impago al sistema financiero añade un matiz incómodo: si la banca no permite ejecutar el cobro, el problema no está en quien debe.
¿Por qué se discute si el impago es realmente de Rusia?
El argumento de que no es Moscú quien rompe el contrato se apoya en la letra pequeña. La deuda se paga en dólares y a través de intermediarios; si esos intermediarios están sujetos a restricciones y eligen no operar, el pago se frustra aunque el dinero exista. Un
default técnico en el sentido más literal: incumplimiento sin insolvencia.
La lectura contraria no es menos razonable. Un acreedor que no cobra tiene un problema real, con independencia de quién lo haya provocado, y la confianza de los inversores no distingue entre moroso voluntarioso y moroso empujado. Hay quien resume el episodio como un fallo del propio sistema bancario occidental, manipulable por las ocurrencias del político de turno, y quien ve ahí una advertencia seria sobre la fiabilidad de la banca como infraestructura. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
¿Cuánto dinero ingresa Rusia cada mes?
Aquí los números descolocan. Según la agencia vinculada a la OCDE que recoge
El Confidencial, las ventas mensuales de petróleo y derivados habrían reportado a Rusia
unos 20.000 millones de dólares de media al mes, equivalentes a 18.978 millones de euros. Con esa entrada de caja, la imagen de un país incapaz de atender 100 millones chirría.
La otra cara es el desembolso. Un cálculo apoyado en datos del banco central ruso estima que financiar la guerra con deuda habría supuesto un coste del orden de
100.000 millones. Tres órdenes de magnitud por encima del bono que ha desatado los titulares, y una pista sobre lo que de verdad pesa en las cuentas públicas: no el vencimiento concreto, sino el ritmo al que se acumula la factura.
El rublo se recupera y el Banco Central baja los tipos al 9,50%
Poco después, el relato cambió de tercio. El Banco Central de Rusia anunció una bajada de tipos que los devolvía a niveles previos a la guerra, hasta situarlos en el
9,50%, y no descartó nuevos recortes en las reuniones siguientes. El movimiento se presentó como una normalización de la política monetaria tras la recuperación del
rublo.
El contraste con el cuadro inicial no puede ser mayor. De la moneda en caída libre se pasó a discutir si el país estaba sobreactuando sus defensas. La secuencia desmiente, al menos, una parte del pronóstico: la economía rusa no se estaba desintegrando en cuestión de semanas.
China, India y el comprador que no quiere líos
El otro frente es comercial. La tesis de que Moscú puede girar hacia Asia descansa en un supuesto: que habrá quien compre sus materias primas y quien le preste dinero. La primera parte se cumple con holgura; la segunda genera más dudas.
Quien mira el mapa con frialdad señala un detalle incómodo para todos: a China le interesa que la economía occidental siga en pie porque son sus compradores, y a la vez le conviene un suministrador de materias primas baratas y apurado. Tener materia prima barata para fabricar productos que luego no puedes colocar en ningún mercado es un mal negocio. Los intermediarios asiáticos no están para dar lecciones de solidaridad: están para no quedarse con el papel en la mano.
Con
20.000 millones entrando cada mes, una factura de guerra que se mide en centenares de miles de millones y un banco central ya recortando tipos, la pregunta no es si Rusia puede pagar 100 millones. La pregunta es cuánto tarda el sistema financiero internacional en decidir si le interesa cobrarlos.