F-16 y F-15 para Ucrania: el anuncio no resuelve el entrenamiento
Ucrania va a recibir cazas F-16, con el F-15 asomando en el seguimiento del asunto como principal caza aire-aire de la Fuerza Aérea estadounidense, y el anuncio dejó en pie la misma pregunta que ninguna nota oficial contesta: cuántos pilotos pueden volarlos y en cuánto tiempo. Las cifras que circulan van de los cuatro meses a un año entero. El aparato importa menos que lo que arrastra detrás —simuladores, instructores, repuestos y bases que no reciban bombas encima—, y mientras eso se resuelve, lo de
aniquilar se queda en titular.
¿Cuánto tarda en formarse un piloto de F-16?
Entre seis y ocho meses de curso básico para alguien que ya vuela, y alrededor de un año si se suma todo lo necesario para operar el aparato en condiciones de combate. Ese es el calendario que se repite cuando se pregunta por los plazos. El matiz importa: quien llega con horas acumuladas en otros cazas y pasa por simuladores recorta semanas; quien sale al frente con menos, multiplica las papeletas de acabar mal. La comparación con sacarse el carné de conducir, que también aparece, no aclara gran cosa. Y la cuenta no cuadra: cada hornada exige instructores que también hacen falta en el frente.
El F-15 no es un avión, es una cadena de mantenimiento
Un escuadrón no cabe en un avión de carga. Hay que trasladar
la logística para operar desde bases ucranianas, y eso son uno o dos meses en tiempos de paz, quizá menos por la urgencia o quizá mucho más si llueve artillería sobre la pista. El F-15 agrava el problema: a efectos prácticos funciona como interceptor y exige un mantenimiento muy intenso. De ahí que una parte del análisis lo considere una decisión poco acertada y proponga seguir sumando aparatos de origen soviético, que las tripulaciones ya conocen y que están construidos para operar en condiciones malas.
¿Por qué no se enviaron cazas en 2014?
Porque entonces el problema no era el aire, era el suelo. La prioridad era reconstruir un ejército entero: sin él,
un F-16 no significa nada en una guerra terrestre. La tesis que se sostiene es que empujar demasiado rápido habría precipitado la reacción de Moscú, y que el camino elegido fue abrirse paso poco a poco hasta los cazas. Ocho años después, la sensación es la contraria: que el tiempo se ha ido en tandas de formación —se habla de 10.000 efectivos cada cuatro meses en Inglaterra— mientras el frente apenas se movía. Es decir, que ocho años de adiestramiento previo no habrían servido para tener pilotos listos.
Del Javelin al HIMARS: el historial de los anuncios decisivos
Los Javelin iban a dar la vuelta a la guerra. Después, los drones de combate turcos. Luego, las sanciones económicas. Más tarde, los HIMARS. La secuencia se repite con cada paquete de ayuda y, cuando uno se agota, llega el siguiente a ocupar el hueco. Con los cazas pasa lo mismo, y el guiño cinematográfico del anuncio no ayuda. Tampoco ayuda que los drones de mayor autonomía se hayan retenido por miedo a que sus restos acaben en manos rusas mientras se discute el envío de un aparato de superioridad aérea: la pieza más cara y más delicada de todo el catálogo.
Las armas que llevaban décadas esperando esta guerra
El argumento más repetido es que por fin llegó la ocasión para doctrinas y sistemas diseñados para un choque de alta intensidad en Europa, en lugar de adaptarlos a disparar contra insurgentes en el desierto. Subfusiles pensados para perforar protecciones, aviones concebidos para cazar otros aviones: todo encaja sobre el papel. La afirmación de que un subfusil compacto puede atravesar el blindaje de un vehículo fue despachada con sorna, y con razón: entre el folleto comercial y el frente hay un trecho.
La credulidad también se entrena.¿Quién va a pilotarlos?
Hay quien sostiene que las hornadas de pilotos no dan para tanto y que estos aparatos acabarán en manos de personal extranjero contratado. En Turquía,
más de 300 pilotos de F-16 fueron expulsados del ejército en su día, y se especula con que una parte estaría dispuesta a volar a cambio de un sueldo jugoso. Son hipótesis, no certezas: nadie ha documentado un contrato ni un nombre.
Queda el dato que descoloca. De todo el paquete, lo que se retiene son los drones MQ-1 y MQ-9, considerados demasiado sensibles para exponerlos a una captura. Se prefiere no arriesgar un aparato barato y sí discutir el envío de un caza de superioridad aérea. Si la lógica existe, no la ha explicado nadie.