Se confirma la compra de periodistas por los rusos

1.000 euros y una orden: captar a más periodistas

La tesis de la compra de periodistas por Moscú gana un vídeo​

Un vídeo en el que un supuesto agente ruso entrega 1.000 euros en efectivo a un periodista para que empiece a trabajar y, a su vez, compre a otros colaboradores ha reavivado la tesis de la compra de periodistas por parte de Moscú. El guion que acompaña al pago se repite: primero se soborna para que el informador dé lo que interesa, después se intenta captarlo como colaborador directo. Mil euros no compran una conciencia. Compran el arranque de una red.

Qué muestra el vídeo y qué se pide a cambio del dinero​

En las imágenes, el intermediario entrega el dinero en mano y fija las condiciones: mil euros para ir empezando. La instrucción no termina en quien recibe el sobre. El periodista debe emplear esa cantidad en comprar a otros periodistas, de forma que la red crezca sola, sin que cada nuevo fichaje dependa de una orden desde fuera. Es lo que se ha descrito como subversión en cadena: el dinero circula hacia abajo y el mensaje hacia arriba.

Ese esquema explica por qué el caso se lee como algo más que un soborno puntual. No se paga una noticia concreta: se financia una infraestructura. Y la infraestructura tiene una virtud para quien la monta. Es barata, es replicable y no deja más rastro documental que el efectivo físico.

¿Cómo se detecta a un periodista a sueldo de un gobierno extranjero?​

No existe un registro público de pagos de servicios extranjeros a informadores, así que la detección se hace por indicios. Para uno de los participantes, el criterio es de manual: quien cubre una guerra sin mencionar a la población civil atrapada y sin pedir el fin del conflicto está, como mínimo, alineado con alguien. Añade que lo primero que debería hacer un analista razonable es exigir que se detenga una guerra iniciada por una potencia nuclear, sea la de Irak o la de Ucrania, y que quien se salta ese paso y solo discute de mapas y de bajas del otro bando levanta sospechas.

Hay indicios de tipo biográfico. Se ha puesto el foco en perfiles que presumen de un empleo estable en España pero pasan temporadas fuera sin que ese trabajo se resienta. El caso que más se ha comentado es el de una creadora de contenido que se pasó prácticamente todo el verano en Donbass, con el primer vídeo el 29 de junio y el último el 25 de agosto, y que nunca detalla de qué vive. La pregunta es elemental: ¿en qué empleo español se conceden dos meses seguidos de vacaciones en verano?

Conviene decirlo: ninguno de esos criterios es una prueba. Son filtros de sospecha, y como tales funcionan mejor para ordenar la conversación que para cerrarla.

Del efectivo al publirreportaje: las otras vías de pago​

El sobre con dinero es la forma tosca. La fina es la publicidad y el favor. Los ejemplos que se manejan incluyen campañas de imagen encargadas por grandes empresas y acuerdos con sectores regulados: un publirreportaje a un banco, contratos con eléctricas y toda la gama intermedia de patrocinios y colaboraciones que no figuran en ninguna contabilidad pública.

Debajo de eso está el suelo del sistema: la propiedad. Buena parte de los medios de comunicación está en manos de dos o tres fondos de inversión —los nombres que más suenan son BlackRock y Vanguard—, lo que convierte la independencia editorial en una hipótesis de trabajo más que en un punto de partida. A eso se suma, según otra de las líneas que atraviesan la discusión, la existencia de estructuras privadas de verificación que operan como un ministerio validador de la verdad.

El contragolpe: «también lo hacen los estadounidenses»​

Contra el marco de «Rusia compra periodistas» se levanta el argumento simétrico. Estados Unidos interviene en guerras y derriba gobiernos de forma sostenida desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y esa lista se recita de memoria: Corea, Vietnam, Bahía de Cochinos, Granada, Panamá, el Golfo Pérsico, Bosnia, Afganistán, Libia, Siria, Yemen, Somalia, Pakistán. A la que se añaden los cambios de gobierno en Irán, Guatemala, el Congo, República Dominicana, Brasil o Chile. Desde 2001, sostiene esta corriente, la guerra de seguridad impuesta en Europa no era defensa: era negocio y control. En la enumeración asoma también el 11M, con una tesis que se formula sin respaldo probatorio: que el atentado beneficiaba a Washington y no a Moscú.

Hay además una teoría sobre la coordinación del mensaje. Cuando el mismo asunto aparece la misma semana en boca de presentadores, humoristas y hasta un cocinero televisivo, el tema acaba imponiéndose como si hubiera nacido de la nada. La repetición por canales distintos es, en sí misma, el mensaje.
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