The Economist compara a Putin con Stalin y el eco llega a España
¿Se puede confiar en un solo medio para entender una guerra? El semanario británico
The Economist publicó su veredicto bajo el título «The Stalinisation of Russia»: Vladímir Putin soñaba con restaurar la gloria del imperio ruso y ha terminado, según el texto, restaurando el terror de Josef Stalin. La pieza lo describe como un dictador en casa, un Stalin del siglo XXI que recurre «como nunca antes a la mentira, la violencia y la paranoia», y califica la invasión de Ucrania como el acto de agresión no provocada más violento en Europa desde 1939.
La afirmación es rotunda y ha dividido a quien la lee. Porque detrás del artículo no hay solo una tesis sobre Moscú: hay una pelea abierta sobre quién tiene derecho a contarla.
Qué sostiene el artículo que llama dictador a Putin
El núcleo del texto es una comparación histórica incómoda. Según el semanario, Putin pensaba que Ucrania se derrumbaría rápidamente; al no ocurrir, se habría replegado hacia dentro recurriendo, como nunca antes, a la mentira, la violencia y la paranoia. La tesis no es que Rusia sea la Unión Soviética, sino que su dirigente ha recuperado los métodos que el Kremlin ya usó en otro siglo.
El texto circuló traducido en el propio hilo. Hay quien lo consideró un exabrupto y quien lo dio por bueno sin leerlo entero. Frente a ambos, hay quien sostiene que conviene contrastarlo con la versión rusa antes de firmar cualquier conclusión.
«The Stalinisation of Russia» no regala matices: es un retrato de un líder al que, según el artículo, la guerra le ha salido por el lado contrario al que planeó.
¿Es The Economist un medio imparcial?
Aquí empieza el ruido. Una corriente de opinión despacha el semanario como «panfleto» al servicio de intereses financieros con sede en Londres y Nueva York. Se argumenta que repite el mismo guion que otras cabeceras anglosajonas y que su perspectiva no es global, sino la de un bloque concreto. A esas críticas se suma otra: que los medios generalistas españoles tampoco sirven de contrapeso.
El contraargumento que se lanza en el hilo es difícil de esquivar. Si esa prensa fuera un panfleto cerrado, el
Financial Times, situado por algunos en la misma lista negra, no habría entrevistado a Putin durante una hora y media ni habría difundido la conversación en abierto, donde, según un participante, acumula más de
4 millones de visualizaciones. La cuestión no es si un medio tiene línea editorial —todos la tienen—, sino si se le exige el mismo escepticismo que a los demás.
Hay además una barrera práctica: el muro de pago.
The Economist permite leer gratis tres artículos al mes, y existen trucos —guardar los enlaces en aplicaciones de lectura— para saltárselo. Quien no lo salva, opina sobre lo que no ha leído.
La portada que mezcló vacunas y geopolítica
No fue la única pieza del semanario que levantó ampollas. Una portada con el reclamo «
10 million reasons to vaccinate the world» fue señalada en el hilo como ejemplo de un medio que empuja agendas sanitarias globales. El reproche se mezcló con descalificaciones hacia las vacunas, planteadas por un usuario sin aportar pruebas, y sirvió para reforzar la sospecha general sobre la cabecera.
El futuro de Rusia cuando Putin no esté
Bajo el ruido hay un debate más serio. Hay quien sostiene que Putin será lo que sea, pero que su salida plantea un problema de sucesión. El escenario que plantea ese participante es el desmembramiento: la balcanización que, dice, ya se vivió a comienzos de los noventa, cuando la URSS se deshizo y el país quedó a la deriva. Según su relato, Putin llegó al poder unos diez años después de aquello, y ese recuerdo explica en parte el apoyo interno que mantiene.
El partido Rusia Unida, se recuerda en el hilo, no nació con Putin: fue la formación de Borís Yeltsin. Para unos, es la prueba de que el sistema sobrevive a su fundador; para otros, de que sin él se parte en pedazos.
Zelenski, la zona de exclusión aérea y el enfriamiento del ardor
Un segundo frente toca la gestión de la guerra en el lado ucraniano. Circulan análisis que frenan la idea de una zona de exclusión aérea: se sostiene que no es necesaria porque Rusia ya estaría derrotada en el terreno, y que aprobarla le daría a Putin la excusa perfecta para ampliar el conflicto.
Ese argumento enfriaba, según esa lectura, el ardor de quienes pedían intervención directa, incluidos sectores del Congreso. Y dejaba a Kiev con un mensaje incómodo: lo que hay es lo que hay.
Al final, el hilo deja un debate abierto sobre qué fuentes merecen crédito y ninguna conclusión cerrada.